Suscribirse

administraciondigital.es

8 - SUPERVIVENCIA Y GRADOS DE CONSERVACIÓN EN LOS 8 REALES PENINSULARES DE LA CASA DE BORBÓN

Indudablemente una moneda es en cierta medida un objeto artístico. Quizá esta dimensión de la moneda nos pasa desapercibida para las monedas que manejamos continuamente en nuestra vida diaria para pagar nuestras pequeñas compras como un periódico o una consumición en un bar. Pero esta dimensión artística no está ausente ni siquiera de la mas modesta de las monedas que manejamos diariamente. El material de que está hecha la moneda y el diseño que incorpora en su anverso y reverso, no son el resultado de un proceso caprichoso o aleatorio.

En algunos casos desde el Renacimiento, y en otros desde que conservamos documentación escrita sobre el procedimiento que llevó a la elección de los diseños a incorporar a los cuños a emplear en la acuñación de las monedas, conocemos que generalmente la elección de los diseños se lleva a cabo tras una competición, frecuentemente reñida, entre los mas significados artesanos o artistas de un país o de una Casa de la Moneda que presentan sus propuestas en base a una condiciones fijas por la regulación legal que rige cada emisión y por las prescripciones particulares de carácter industrial que permiten la aplicación práctica y eficiente de esta regulación.

Todo ello conduce a que cualquier moneda, en un estado de conservación no excesivamente deteriorado, sea en general un objeto que aparte de cumplir con las condiciones de: poca alterabilidad con el uso, facilidad de manejo y seguridad frente a falsificación, sea un objeto bello, y como tal tenga el atractivo suficiente para que, aparte de su valor práctico, puede ser objeto de deseo para los coleccionistas; en especial respecto a aquellas monedas que además de su belleza reúnen también el requisito de su escasez, cualidad que se da en cierta medida, a partir del momento en que la moneda queda fuera de la circulación, por haberse dictado una disposición que elimina su valor liberatorio para ser entregada o recibida como medio de pago entre particulares o entre ellos y el Estado.

La medida de esta escasez, como la de todo bien económico, es su precio. La moneda como objeto de colección queda de plano incluida bajo la tópica ley de la oferta y de la demanda. Conforme mayor sea la escasez de un tipo de moneda o de un tipo de pieza determinado, mayor será el precio que los coleccionistas estén dispuestos a pagar por ella, con cierta independencia de lo bonito que sea su diseño. Esta característica es la que diferencia esencialmente a la moneda de cualquier otro tipo de creación artística como pudiera ser la pintura o la escultura, pese a los fuertes contactos que el arte de acuñación de monedas tiene en relación con ellas. Esta circunstancia se debe a que la moneda es un objeto artístico, sí, pero fabricado en serie como pudiera ser un tipo determinado de modelo industrial para la fabricación de sillas de diseño, realizado por artistas de cierto renombre.

Es esta característica de la fabricación en serie, consustancial con la moneda, lo que permite su accesibilidad a un gran número de personas que sienten el impulso de coleccionarlas. En el caso de la pintura, cada obra de un artista, por modesto que sea éste, es un objeto individualizado, de tal manera que aunque el mismo artista aborde el reflejar el mismo tema con un mismo modelo, el resultado de la obra será diferente, en mayor o menor medida, cada vez. Esta diferencia entre un tipo u otro de creación artística también se da en otros campos como puede reflejarse en la diferencia entre la producción de ropa de alta costura, con modelos individualizados para cada persona especifica o en el pret a porter con modelos de tallas normalizadas cada una de ellas reproducidas para un número determinado de prendas, según las previsiones de mercado.

Este aumento del número de ejemplares disponibles de cualquier bien manofacturado no disminuye un ápice el mérito de su diseño ni niega valor artístico al bien, pero sí lo hace accesible a un mayor o menor número de personas, en función de su escasez. Quizá el ejemplo mas próximo a la producción de monedas, sea el de las litografías o aguafuertes. En ellos, el artista que los suscribe ha efectuado un diseño, entendido como una composición plástica, que a través de procedimientos industriales, es capaz de ser reproducido en forma absolutamente idéntica para un número determinado de ejemplares, cuya cuantía no viene condicionada por el procedimiento de estampación, sino por consideraciones de otro tipo, que valora el artista, de cara a ponderar si es oportuno estampar pocos o muchos ejemplares de cada obra, ya que para un mismo artista y diseño especifico, a mayor tirada corresponderá un menor precio de mercado, y a menor tirada, en principio, mayor precio de mercado.

Esta relación entre tirada y precio también se da en el campo de coleccionismo de monedas. Todos sabemos, en principio, que una moneda de la cual se ha emitido un número de ejemplares alto (lo que llamamos tirada) será una moneda que alcanzará un precio de mercado bajo (fuera del valor intrínseco que pueda llegar a alcanzar la moneda por su posible contenido en metal precioso), mientras que una moneda con una tirada baja, será un bien escaso, muchos coleccionistas desearan adquirirla y por tanto es probable que llegue a alcanzar un valor de mercado alto. En este caso, como en el de las litografías o aguafuertes, con independencia de que los coleccionistas, o simplemente quienes utilicen los ejemplares como objeto de decoración, además del sentimiento de abundancia o escasez que tiene toda persona iniciada en el campo, respecto a un tipo determinado de piezas, se dispone, al menos para las creaciones mas recientes, de un registro, mas o menos oficial, del número de ejemplares producidos, lo que de alguna manera certifica las cifras de producción de cada diseño, dentro de una emisión determinada.

En el caso de las litografías o aguafuertes, la autoridad certificante es el propio artista respaldado por su editor o el responsable del proceso industrial de producción de las copias. En el caso de las monedas, la autoridad certificante es el propio Estado que levanta acta pormenorizada de las cantidades acuñadas, estando obligado por sus propias normas a dar publicidad a las mismas, con controles adicionales, en el caso de la Europa del Euro, por parte entidades supranacionales como el Banco Central Europeo.

Estas cantidades, por tanto, actúan como una guía segura para los coleccionistas, si bien con las importantes quiebras de no conocer exactamente, en muchos casos, si las cantidades acuñadas en un año, corresponden a tipos de piezas que realmente llevan sobre ellas la fecha del año al cual corresponde el tiraje, o bien continúan llevando la fecha correspondiente al año anterior, aunque hubiera sido acuñadas en el siguiente, así como el desconocimiento de cuál ha sido la proporción de la tirada de cada año que posteriormente ha sido fundida o retenida por los Bancos Centrales, sin que haya alcanzado circulación.

La cifras anteriores nos proporcionan una pista sobre la rareza relativa de unos tipos de moneda o de tipos de pieza (moneda del mismo tipo, pero de diferente año) respecto de otros, pero no nos permiten tener una idea del número de lo que viene en llamarse, ejemplares supervivientes, ésto es los que aproximadamente han llegado a manos de los coleccionistas, inversores o simplemente acumuladores de monedas (que siempre han existido, por lo que se refiere a las fabricadas con metales preciosos).

En estos casos, el único camino que puede permitir tener un orden de magnitud del número de piezas realmente existentes (mucho tiempo después de que estos tipos dejaran de circular) es la utilización de procedimientos de muestreo, en función de la correlación entre tirada y número de ejemplares en colecciones conocidas, y presencia de cantidades de este tipo de piezas en mercadillos y ventas públicas. Basándonos en este tipo de procedimientos, farragosos y de poca exactitud, hemos deducido que aproximadamente, el número de piezas supervivientes respecto a las monedas de plata emitidas en pesetas por España de 1869 a 1926, es del orden de: 1 a 10. Pues bien, en el caso de las monedas que estamos analizando en estas entradas, los 8 Reales peninsulares de los Borbones, en base a la comparación de aparición de estas piezas con las correspondientes a las monedas de 5 Pesetas de plata (los populares duros) nos atrevemos a formular la hipótesis de que el orden de magnitud del número de piezas supervivientes respecto a las emitidas, es del orden de 1 a 100, lo cual unido a la diferencia de tirajes, nos explica la radical distancia de precios que separa a este tipo de 8 Reales peninsulares, de las monedas posteriores de 5 Pesetas, aunque su contenido en plata no sea muy distinto (24 gramos de plata pura, frente a 22,5 gramos).

Teniendo en cuenta el tiempo, mas o menos equivalente en que se mantuvo la circulación de ambos tipos de monedas, resulta extraño que la diferencia del ratio de fundición sea tan exagerado. Creemos que una de las razones que puede explicar este fenómeno es el hecho de que una vez suspendido el uso de los 8 Reales, el Tesoro y los particulares necesitaban metal para sufragar nuevas acuñaciones que en cantidades crecientes se continuaban produciendo en plata con una ley semejante (pasando solo de 916 milésimas a 900 milésimas). Mientras que en el caso de las monedas de 5 Pesetas, retiradas de la circulación con ocasión de la Guerra Civil (1936-1939), éstas eran acaparadas por los particulares, conscientes de que en adelante ya no iban a darse nuevas acuñaciones en plata, al menos no con carácter inmediato. Recordemos que la primera edición de 100 Pesetas de plata, solo tuvo lugar a partir de 1966, 30 años mas tarde del comienzo de la Guerra Civil.

Siendo así que a partir de los datos de HERRERA 1914 podemos estimar en unas 350.000 piezas las tiradas medias anuales de piezas de 8 Reales de Carlos III acuñadas en Madrid, de acuerdo con la hipótesis anterior, el número de ejemplares supervivientes de una determinada fecha, sería de unos 3.500. Pues bien, si queremos tener una cierta aproximación al número de ejemplares existentes correspondiente a cada grado de conservación, si repartimos este número de 3.500 piezas, en forma inversamente proporcional a la rareza relativa de cada fecha en cada grado de conservación (expresada por su precio), tenemos una estimación de unas: 50 piezas en AV, 100 en XF, 200 en VF, 400 en F, 900 en VG y 1.800 en G. Cáculo semejante podemos hacer para las piezas de Carlos IV y de Fernando VII. Es evidente que estas cifras carecen de toda exactitud, pero nos dan una idea de la escasez, justificando el del elevado precio que alcanzan estas piezas, en especial las de Carlos III en altas conservaciones.

  

                                               

                                                          FIGURA 128.1

 

Teniendo en cuenta que suele estimarse en unos 30 años el periodo transcurrido entre la adquisición de una moneda de cierto precio, y su venta, ocurrida normalmente en pública subasta tras el fallecimiento de su propietario, en el caso de las altas conservaciones, existe una correlación muy clara entre las cifras de ejemplares de este tipo de piezas subastadas en cada grado de conservación, y las cifras anteriores. Lo que confiere un cierto grado de verosimilitud a las hipótesis formuladas respecto a la supervivencia de ejemplares.

La pieza mostrada en la FIGURA 128.1 es un 8 Reales acuñado a nombre de Carlos IV en Sevilla en 1793 con los ensayadores Carlos Tiburcio de Roxas y Nicolás Lamas. Este tipo de piezas de Sevilla correspondientes a los últimos años del siglo XVIII aparecen, en nuestra opinión, supervaloradas en CAYÓN 1998. Así, para esta fecha, CAYÓN  da un precio de 80.000P, debemos suponer que en una conservación F, consistente con la que estamos atribuyendo al resto de las piezas que valora en la edición 1998 de su catálogo. Este precio pudo ser el de estas piezas bastantes años atrás, pero creemos que no se ajusta a la actual minusvaloración de este tipo de piezas en el mercado.

Mas ajustada nos parece la valoración de CALICÓ 2008, 300€ en VF que ya refleja la disminución de precios para estas piezas en el mercado actual. Muestra de la supervaloración que alcanzó esta fecha (como la de la mayoría de los 8 Reales peninsulares de los Borbones) es el precio de salida de esta pieza en la subasta, tantas veces citada, de la colección CALBETÓ, en Ginebra en el 4 de diciembre de 1974: 1.500VS en VG.

 

                                               

                                                        FIGURA 128.2

 

La conservación de esta pieza no llega a VF como consecuencia del escaso marcaje de la onda lateral del pelo y la poca definición de la silueta de la coleta del rey. También en el reverso se observa una melena muy corta para los leones del escudo. Por ello, nos quedaremos con el grado VF-, al cual corresponde de acuerdo con la escala que venimos empleando, un valor de 300€ (350€ en VF). No obstante, el precio de mercado sería aproximadamente un 20% inferior, como consecuencia del descentraje de la pieza y al hecho de haber sido limpiada.

La pieza cuya fotografía se muestra en la FIGURA 128.2 es un 8 Reales de Carlos IV acuñado en Sevilla en 1795 con los mismos ensayadores anteriores representados por las letras CN. Aunque CAYÓN  1998 baja algo la valoración de esta pieza respecto a la anterior, creemos que 65.000P es aún un valor excesivamente alto en la actualidad para una conservación que venimos considerando como F. Nuevamente volvemos a estar mas de acuerdo con la valoración de CALICÓ 2008: 300€ en VF. En la subasta mencionada anteriormente esta fecha en F tuvo un precio de salida de 1.500FS.

La conservación de esta pieza es ciertamente mas alta que la de la anterior, afectando solamente a las partes mas altas del relieve como son la coleta y la onda lateral del rey en el anverso y un leve gastaje del pie del castillo del primer cuartel de escudo del reverso. En estas condiciones el valor y precio de mercado de la pieza es de 400€ en VF+ (400€ en VF).

 

                                                

                                                          FIGURA 128.3

 

La pieza mostrada en la FIGURA 128.3 es un 8 Reales acuñado en Sevilla a nombre de Carlos IV en 1802 con los mismos Ensayadores anteriores. En este caso la valoración de CAYÓN 1998 es ya mas ajustada al precio real de la pieza hoy en día. También CALICÓ disminuye el valor de la pieza respecto al de las de los últimos años del siglo anterior: 250€ en VF. En la subasta que venimos mencionando, el precio de salida de esta fecha en VF fue de 2.000FS, lo que evidencia su tremenda desvalorización desde 1974 (el FS cambiaba por 40 pesetas en 1974).

La conservación de la pieza es notoriamente superior al de  las dos anteriores, afectando solamente en forma muy ligera al ojo de los leones del escudo del reverso y a la raya mas a la derecha de la onda lateral del pelo. Por lo demás la pieza conserva la práctica totalidad de su brillo original no mostrando otra huella de castage, lo que la hace merecer el grado XF, al que corresponde un valor de, en nuestro criterio, de 500€. No obstante, como un ocurre con frecuencia en este tipo de moneda, en el cuello del rey se aprecian señales de la llamada “plata agria”, lo que llega a disminuir nuestra valoración hasta un 20%, llegando a un precio de mercado de 400€.

La pieza de la FIGURA 128.4 es un 8 Reales de Carlos IV acuñado en Sevilla en 1803 con los mismos Ensayadores anteriores. Nuevamente la valoración de CAYÓN 1998, 70.000P, nos parece excesivamente alta ya que creemos que la rareza de esta fecha no es suficientemente mas alta que la de la anterior. CALICÓ por su parte no establece distinción en valor entre esta fecha y la anterior. En la subasta de la colección CALBETÓ, el precio de salida de esta pieza en F fue de 1.750FS.

 

                                                    

                                                            FIGURA 128.4

 

Existe una notoria diferencia entre el grado que merece al anverso de esta pieza y su reverso. El gastaje de la pieza en su anverso afecta decisivamente a la casi totalidad de la peluca y las coleta del rey por lo que no puede decirse que su conservación exceda al grado F. Sin embargo, el reverso merecería un grado superior, con gastaje solamente en sus partes mas altas y la persistencia de gran parte de su brillo original. Por tanto, teniendo en cuenta la prevalencia del grado del anverso sobre el del reverso a la hora de valorar, pero teniendo en cuenta la influencia de éste, daríamos a la pieza en su conjunto, un grado F+, al que correspondería un valor y precio de mercado de 260€ (225€ en F).

La pieza de la FIGURA 128.5 es un 20 Reales acuñado en Madrid a nombre de José Napoleón realmente acuñado en 1809 con posterioridad al decreto de 18 de abril de 1809, pero datado en el año anterior para, según HERRERA, acreditar que el comienzo real del reinado de José Napoleón fue en 1808. El anverso es similar en cuento a su composición al d de los dos reyes anteriores de la Casa de Borbón, substituyendo sus nombre por el de IOSEPH NAP. En cuanto al reverso, si bien la forma del contorno del escudo es similar al del empleado en las piezas de los reyes anteriores, su contenido es bien diferente, distribuyendo en tres filas cada una con dos cuartele, las armas de, n solamente Castilla y León, sino además las de Aragón, Navarra, Granada y las de los dos mundos entre columnas de Hércules. En cuanto a la leyenda se añade al título de rey España, el de las Indias, tal como ya venía figurando en las piezas hispanoamericanas.

 

                                            

                                                      FIGURA 128.5

 

 La presente pieza fue acuñada en 1809, una vez que el decreto de 18 de abril de 1809 prescribió que las monedas de 8 Reales fueran, con el mismo peso y ley, denominadas a partir de este momento como 20 Reales de Vellón. La rareza de estas piezas como analizaremos en la entrada siguiente es mayor que la de la mayoría de las de los años posteriores, por lo que las consideraremos como Raras, con un valor por tanto, del doble del de las piezas ordinarias de José Napoleón como son las de 1809-1811. La conservación de esta pieza es VF ya que solo muestra desgaste en las partes mas altas del pelo del rey, de las melenas de los leones y del pie de los castillos; por tanto su valor en VF sería del doble de los 350 euros en VF de las piezas normales (similar a las de Carlos IV), ésto es 700€ en VF. Sin embargo su precio de mercado deberemos reducirlo a 450€ (35% de disminución) por estar la pieza notoriamente limpiada.

 

 

Leer más...

OBJETIVO 72

En el Congreso de los Diputados se tramita actualmente el proyecto de Ley de la Función Pública de la Administración del Estado.

Se han presentado diversas enmiendas parlamentarias al texto de este proyecto, de las cuales nos interesan las relativas a la edad de jubilación forzosa de los funcionarios públicos.

El Grupo Parlamentario Socialista ha presentado la enmienda número 323, dirigida a modificar el texto refundido de la Ley del Estatuto Básico del Empleado Público (TREBEP) en concreto su artículo 67. El sentido de la modificación consiste en permitir que la situación de servicio activo de los funcionarios pueda prolongarse hasta los 72 años de edad.

En concordancia con ello, la enmienda número 296 del mismo grupo parlamentario se dirige a incorporar en la futura Ley de la Función Pública de la Administración del Estado la posibilidad de que los funcionarios públicos puedan prolongar su permanencia voluntaria en el servicio activo hasta los 72 años de edad como máximo.

¿Es razonable esta medida propuesta por el Grupo Socialista para su debate parlamentario? Nosotros pensamos que sí.

Nuestra Constitución reconoce el derecho al trabajo. También reconoce el derecho de los ciudadanos, en condiciones de igualdad, para acceder y desempeñar los empleos públicos.

Sin embargo, los funcionarios públicos tenemos fecha de caducidad. Llegados a cierta edad, se produce la jubilación forzosa.

Si buceamos en el pasado, veremos que, con la legislación de 1964, la jubilación forzosa de los funcionarios estaba fijada en los 70 años, aunque era posible jubilarse antes si se contaba con determinados años de servicios prestados.

El cambio importante sucedió en 1984. A partir de entonces la jubilación forzosa se declararía de oficio para todos los funcionarios al cumplir los sesenta y cinco años de edad. No se contemplaba ninguna excepción a esta regla. Este cambio legal provocó una oleada de recursos. Muchos empleados públicos, que contaban con poder trabajar hasta los 70 años, se vieron obligados a jubilarse con 65 años. Alegaron que debían respetarse las condiciones con las que accedieron en su momento a la función pública. Sin embargo el Tribunal Constitucional rechazó estos recursos cuando sentenció que la ley prevalecía siempre sobre los pretendidos derechos adquiridos de los funcionarios.

A partir del año 1997 la situación se dulcificó. Un nuevo cambio legal permitió que los funcionarios pudieran prolongar su servicio activo hasta los 70 años de edad. Este sistema se consolidó después en el Estatuto Básico del Empleado Público (TREBEP, art. 67.3) y es el actualmente vigente. Se basa en un acuerdo de voluntades por ambas partes. El funcionario debe solicitar voluntariamente prolongar su servicio activo más allá de los 65 años de edad, hasta el límite de los 70 años. Por su parte, la administración pública puede aceptar o denegar esta prolongación. Como todas las decisiones administrativas debe motivarse, y los tribunales pueden revisarla.

Vivimos ahora en España una situación en que diversos colectivos de empleados públicos han reclamado y conseguido poder prolongar hasta los 72 años el límite de edad del servicio activo.

Desde el año 2022, los Notarios y Registradores de la propiedad pueden jubilarse voluntariamente a los 65 años, su jubilación forzosa se produce a los 70 años, y pueden solicitar la prolongación del servicio activo hasta cumplir 72 años.

Igual sucede en la Administración de Justicia. Los jueces, magistrados y fiscales se jubilan forzosamente a los 70 años, pero pueden solicitar voluntariamente permanecer en activo hasta cumplir como máximo 72 años. También los letrados de la Administración de Justicia, los antiguos secretarios judiciales, pueden continuar en activo hasta los 72 años.

También el personal al servicio de las Cortes Generales puede solicitar continuar en el servicio activo hasta los 72 años, pudiendo concederlo o no la Mesa de la Cámara (Congreso o Senado) en la que preste sus servicios el funcionario.

En el ámbito de las universidades públicas españolas, la existencia de múltiples figuras de profesorado, así como la propia autonomía de las universidades, hace difícil llegar a conclusiones generales sobre la edad de jubilación, pero la posibilidad de prestar servicios docentes e investigadores más allá de los 70 años es real, como demuestra la figura del profesor emérito.

Finalmente, aunque tenga una incidencia colateral, hay que referirse a la reciente reforma legal que permite a funcionarios ya jubilados desempeñar altos cargos reservados precisamente a funcionarios de carrera. Como es sabido, por imperativo legal muchos altos cargos de la Administración General del Estado (subsecretarios, directores generales, etc) deben ser desempeñados por quienes sean funcionarios de carrera. Al producirse la jubilación forzosa por alcanzar los 70 años de edad y con ella la pérdida de la condición de funcionario, el alto cargo debía ser cesado de manera inmediata. Una oportuna reforma legal permite a los funcionarios de carrera jubilados ser nombrados para esos puestos, sin límite de edad.

En conclusión, lo que llamamos Objetivo 72 es una realidad que no puede desconocerse. El aumento de la esperanza de vida de las personas (alrededor de 84 años hoy en España), así como la mejora de las condiciones físicas y ambientales de todo tipo con las que se desarrolla hoy el trabajo en las administraciones públicas, hace que prolongar la vida activa de los empleados públicos sea una opción muy razonable.

Quede claro que defendemos una prolongación de naturaleza voluntaria del servicio activo hasta los 72 años. Las personas que deseen jubilarse antes siempre podrán hacerlo. Nadie está obligado a trabajar cuando reúne ya los requisitos legales para poder jubilarse y percibir su pensión. Sin embargo, no cabe desconocer que hay personas con un alto espíritu de servicio público que desean seguir en activo unos años más.

Por parte de las administraciones públicas, también es lógico que se valore cada petición de forma individual y que se acuerde en cada caso si está justificada o no la prolongación el servicio.

Pero la petición actual consiste en que la legislación permita a todas las administraciones públicas el poder prolongar la situación de servicio de sus empleados hasta los 72 años.

Ya hemos visto que algunos colectivos de funcionarios han accedido a esa posibilidad de solicitar la prolongación. Resulta totalmente contrario a la equidad que aparezcan y se consoliden situaciones de privilegio no justificadas. Un funcionario de las Cortes Generales o un letrado de la Administración de Justicia pueden solicitar la prolongación del servicio activo hasta los 72 años. ¿Por qué negar esa posibilidad a un diplomático, a un auditor del Tribunal de Cuentas o a un administrador civil del Estado?

El Objetivo 72 es una reivindicación que los empleados públicos tenemos que hacer y que deberíamos conseguir.

 

Autor: Luis Villameriel (Administrador Civil del Estado)

Fecha de publicación: 23.06.2025

Contacto: Esta dirección electrónica esta protegida contra spambots. Es necesario activar Javascript para visualizarla

HOMENAJE A JUAN ALARCÓN, POR FÉLIX MURIEL

 

 

Cuando me dijo Paco Velazquez que hiciera una primera intervención, después de la suya, para romper el silencio liminal de todo inicio de acto, recordé que después de terminar Periodismo, y andando en búsqueda de posibles salidas ‘profesionales’ (a pesar de ser ya en aquellos momentos TAC, y trabajar a las órdenes de mi querido Jorge Souto en la esquina de Marqués de Valdeiglesias), un amigo, paisano y compañero de estudios de Filosofía y Letras, que con el tiempo ha llegado a ser un autor de renombre como novelista, Juan Madrid, que estaba a la sazón haciendo sus primeros pinitos periodísticos en el Grupo 16 como reportero free lance de sucesos, crónicas policiales y decesos, me propuso colaborar con él redactando obituarios. Nunca me gustaron las necrológicas; siempre me parecieron como un cheque en blanco para la hipérbole huera y forzada de las virtudes del finado en cuestión. En fin, un acto de cierto cinismo cultural y literario, salvándose las distancias a que hubiera lugar, que siempre habrá sin duda.

Pero en este caso, todo es diferente. Estamos aquí para celebrar un acto de homenaje a Juan Alarcón, con ocasión de su fallecimiento. Recalco que es una celebración porque celebrar es alabar o elogiar en público a alguien que lo merece, pero también es alegrarse, congratularse, complacerse. Festejar, en definitiva. En los rituales católicos de la muerte, el fallecimiento es un acto de alegría porque es el acto limial que nos pone en trance hacia la verdadera vida. No en valde, Cristo se presenta ante los hombres diciéndoles que Él es el camino, la verdad y la vida. También en los rituales paganos, se celebra la muerte con actos de alegría porque el finado por el acto de “dar” su espíritu pasa de ser algo corpóreo a convertirse en recuerdo, en memoria, de ahí que lo celebremos porque celebrar es también conmemoración, memorar con, recordar en común.

Por eso, los humanos somos los únicos animales que enterramos a nuestros muertos, que celebramos la muerte, que recordamos a nuestros muertos [bueno, no quiero aparecer como un poco au-dessus de la mêlée, porque he leído hace un tiempo que también los elefantes entierran a sus crías fallecidas, y algunos otros animales, muy pocos; aunque son solo conjeturas que no desacreditan lo que digo]. En ese sentido podemos decir que la muerte se constituye en uno de los rasgos fundantes de nuestro ser como tales humanos. Y lo celebramos a todos los niveles, personales, grupales o colectivos y en todos los sentidos, religiosos, laicos, institucionales… De ahí que sea un gesto de dignidad, de ‘humanidad’ que la Academia nos haya reunido hoy aquí para homenajear y honrar la memoria de uno de los académicos fundadores y miembro de las primeras directivas de la misma.

Nacimiento y muerte son así como los dos polos que limitan nuestra vida, el alfa y el omega de los clásicos, como cantaba Jorge Manrique en las “Coplas por la muerte de su padre”, “partimos cuando nascemos,/ andamos mientra vivimos,/ e llegamos al tiempo que feneçemos;/ assí que cuando morimos, descansamos”. Y lo decía Cervantes, en el último capítulo de su obra inmortal: “Como las cosas humanas no sean eternas, yendo siempre en declinación de sus principios hasta llegar a su último fin, especialmente las vidas de los hombres, y como la de don Quijote no tuviese privilegio del cielo para detener el curso de la suya, llegó su fin y acabamiento cuando él menos lo pensaba; porque, o ya fuese de la melancolía que le causaba el verse vencido, o ya por la disposición del cielo, que así lo ordenaba, se le arraigó una calentura que le tuvo seis días en la cama (…) [hasta que] dio su espíritu: quiero decir que se murió”. Es, pues, una irrefutable certeza que todos morimos. El abuelo Dionisio, el alaricano socarrón, solía repetir que “novos morren moitos, mais vellos non queda ningún” (“jóvenes mueren muchos, pero viejos no queda ninguno”). Porque, en definitiva, acudiendo de nuevo a Jorge Manrique: “nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar,/ qu'es el morir”. Y eso es inexorable.

Si eso es así, si los hombres somos mortales por naturaleza, deberíamos ser los primeros interesados en aprender a convivir con la ‘sombra’ de la muerte pegada a nosotros, deberíamos ser los más preparados para la transición final, incluso que fuéramos mejor preparados para la muerte que para la vida, como le escribía en sus famosas ‘Epístolas’ Lucio Anneo Séneca a su amigo Lucillo, con ocasión de la muerte del hijo de éste, intentando consolarlo: “Hagamos que sea alegre el recuerdo de nuestros difuntos. Nadie vuelve con agrado a aquello en lo que no puede sin sufrimiento; igual que es preciso que también suceda esto: el nombre de los seres que hemos perdido y amábamos vendrá acompañado de una punzada, pero esta punzada tiene también un lado placentero.(…) Así pues, mi querido Lucilo actúa como conviene a tu equidad, deja de interpretar mal el obsequio de la fortuna: te lo ha arrebatado, pero te lo dio”. Por eso el maestro estoico del “vivere secundum naturae” termina aconsejando a Lucillo que “disfrute[mos] ávidamente de los amigos, puesto que es incierto cuanto tiempo podremos hacerlo”.

En esa misma línea le recomendaba yo a Alejandra, en una de las conversaciones que en los últimos días hemos tenido, que leyera un librito tierno y reconfortante de una rabina francesa, Delphine Horvilleur, “Vivir con nuestros muertos”, que aconseja adoptar una actitud asertiva, positiva ante la muerte, procurando convertirla en una lección de vida.

¿Qué lección de vida nos deja nuestro amigo Juan? No voy a hacer un panegírico de los cargos y logros profesionales de Juan, que ya otros se han encargado de poner en valor, y que él mismo ha relatado con minuciosidad en su “A modo de Memorias”, publicado en fascículos periódicos en la página web de administracidigital.com (AEINAPE) durante los últimos años, y que el propio Paco acaba de sintetizar en la introducción a este acto. No. Voy a fijarme en su faceta personal, en sus valores humanos, en aquellos que van a ser más recordados por su familia y por sus amigos y de los que su partida nos ha dejado más huérfanos. Bien lo sabía Manuel Garrido, cuando tuvo que despedir a un amigo que falleció en el Rocío y compuso para Los Amigos de Gines, la ‘famosa sevillana del adiós’: “Algo se muere en el alma / cuando un amigo se va / y va dejando una huella / que no se puede borrar“. Desde luego, esa huella no son los logros materiales o profesionales sino las cualidades humanas que rellenaron la convivencia de Juan con su familia, con sus amigos, con sus compañeros…, y que tras su adiós ha dejado una oquedad que pretendemos llenar con el recuerdo, porque es en el recuerdo donde habitan realmente nuestros queridos difuntos.

Lo primero que resaltaba de Juan era su cercanía. Era una persona cercana, de ahí que se le conociera como Juanito, porque más allá de que sea una costumbre más o menos extendida en las regiones mediterráneas, el uso del diminutivo denota amabilidad y transmite cariño. Esa cercanía era la que se escondía detrás de su corpulenta campechanía y de su facilidad para las relaciones personales.

Juanito era afectivo, entrañable, familiar. Sintió mucho la muerte de su hermano Antonio, dos años menor que él, y cuando falleció este en agosto de 2017, dijo de él que “era una persona honesta, trabajadora, valiente, simpática, generosa, participativa socialmente (…), no tenía enemigos y sus amigos lo eran de forma entrañable”. En esa breve descripción estaban retratándose los valores que el propio Juan encarnaba.

Juanito era mediterráneo, y como verdadero sureño, estoico y epicúreo a partes iguales, o en la combinación particular en la que cada cual conforma su personalidad (que los porcentajes tampoco son tan determinantes). Como estoico procuraba vivir según la naturaleza, a caballo de la naturaleza, o mejor traqueteado en la carriolé, cantando a lo Luis Mariano, ‘qué bien se siente al estar sacudido y golpeado, en el carro qué bien nos va, arriba y abajo, a pesar de los baches’, en la que se hacían los viajes desde la pedanía de El Palmar (de apenas seis o siete quilómetros) a Murcia o en la burra que les compró su padre para ir a diario a los Maristas.

Con ese mismo estoicismo aceptaba su relación con los estudios, que siempre fue consciente que eran tensas y desiguales, pero que al final sabía sacar pecho a pesar de los magros resultados de algunas ocasiones. Así cuando aprobó el ingreso en el Alfonso X, reconoció “que no sabía cómo”, y cuando inició los estudios de derecho se llenó de buenos propósitos, reconociendo que era “consciente de la irregularidad de sus estudios” y al terminar un buen primer curso de universidad, reconoció que “el resultado fue espléndido y con esos resultados di[ó] por superados mis complejos de inferioridad en materia de educación”. Pero cuando su padre no aceptó los fervorosos propósitos para estudiar en Madrid, “perdí[ó] el interés por dedicarme[se] exclusivamente al estudio”.

Y decidió pasar al activismo. Había descubierto su verdadera naturaleza. Juan ha sido un hombre de acción, en el fondo y en la forma. En la forma porque era directo, tan directo que a veces no contaba ni tres para decir o actuar. Hay una anécdota que lo retrata bien: cuando era Director del PMM, subió una vez al famoso ascensor circular movido por poleas y de puertas abiertas que funcionaba con un letrero que decía: “No hay peligro de accidente”, pero que, debido al clima de conflictividad laboral que se vivía en aquellos momento en la empresa, alguien debió manipular borrando el ‘no’ inicial para dejarlo en “Hay peligro de accidente” poco antes de que Juan se subiera al elevador. Al ver el letrero, ni corto ni perezoso se lanzó fuera del mismo en plena marcha lesionándose un tobillo. O en aquella otra ocasión, después de aprobar la oposición de TAC, que tanto esfuerzo le había costado y de la que se sentía tan orgulloso, haciendo el Cuso de perfeccionamiento, entre clase y clase, se le ocurrió fabricar una pelota de papel y ponerse a jugar en el amplio pasillo del primer piso del claustro alcalaíno con unos compañeros que estuvo a punto de provocar un incidente de mayores y graves consecuencias. Así de directo era Juan.

Pero su activismo era ontológico. Por eso, cuando aprobó la oposición a la quinta intentona lo saludó como un “éxito colosal”, consciente de que había encontrado su camino. Resolvió el dilema que le inquietaba en el fondo: o tesis y docencia universitaria con el catedrático Rodrigo Fernández-Carvajal o gestión administrativa. Eligió la gestión pública, declinando los cantos de sirena de la docencia con los que le apremiaba el profesor al que contestó que: “se lo agradecía pero que dado que se me había abierto la puerta de la Administración, iba a seguir esta vía, donde creía que podía aportar más para la transición que se avecinaba, que encerrándome de nuevo en la preparación de la tesis. Ahí acabaron mis contactos con el maestro”.

Pero aun así y todo, me vais a permitir que os diga que a pesar de estar como pez en el agua en la gestión pública, la verdadera vocación de Juanito (no sé si me equivoco, Alejandra, tú me dirás, que tú sí que lo conocías a fondo), su verdadera vocación era la de activista social, activista cultural, lo que podríamos llamar hoy ‘emprendedor social’. Así hay que entender su dedicación a USTAC-USO, su actividad en la Asociación Profesional de los TAC, su actuación impulsando las actividades de AEINAPE, su magnífica actividad al frente de la ACPAMAN -en la que por cierto formaba un eficiente y arrollador tándem contigo- , la vinculación con esta Academia, o su última empresa sociocultural, ya retirado, de las Tertulias de la Asomada de El Palmar.

Pero dije antes que como mediterráneo era bastante epicúreo, era en el amplio sentido de la palabra un disfrutón de la vida. Le gustaba comer bien, y lo hacía en abundancia. No conozco Autobiografía o Memoria, y confieso que he leído algunas, en que el autor incluya dos capítulos para hablar de “Mis restaurantes preferidos”. Juanito lo hizo en sus Memorias. Y, como anécdota, haré mención de las comidas periódicas que un grupo de amigos, algunos aquí presente, los llamados “Pitufos”, venimos celebrando desde hace varias décadas, en las que el mesero ponía un impresionante postre mixto al que denominábamos ‘un Alarcón’, que no todos podíamos con él por lo que había la opción de tomar un ‘medio Alarcón’ (para el que también se precisaba tener buen saque para abordarlo).

Incansable conversador, no regateaba tiempo para estar con los amigos y compañeros. Esta potencial y vitalista persona es la que acabamos de perder. Nos consuela saber que como cantaba su admirado Joan Manuel Serrat, será más fácil que desde La Zenia, donde la parca ha ido a buscarlo será más fácil que se pueda “empuja[r]d al mar mi barca con un levante otoñal y deja[r]d que el temporal desguace sus alas blancas y a mí enterradme sin duelo entre la playa y el cielo”.

No sé, amigo Juanito, si entre las innumerables piezas de la colección de tu querido MAN habrá algún psicopompo en forma de Hermes o de Mercurio alado, o de Anubis con cabeza de chacal (seguro que en la vasta colección de arte egipcio habrá alguno escondido que tu conocieras de sobra), que te acompañe, que te guie en tu viaje terminal; o incluso es posible que tu querido y admirado Viejo Profesor, Enrique Tierno, desde la paz del más allá se preste a ser tu psicopompo para guiarte a tu morada final en el mundo sin límite del que habla el poeta chileno José Donoso e incluso -en un rasgo de generosidad celestial- te ceda el epitafio que él deseó como epítome de su propia vida, como le confesó al cuerdo Jesús Quintero, el Loco de la Colina, en una celebrada entrevista cuando era Alcalde de Madrid: “AQUÍ YACE UN HOMBRE QUE HIZO CUANTO PUDO POR SER HONRADO”.

Quiero terminar con la última palabra del Quijote: querido amigo Juanito, vale. Que te vaya bien.

(Discurso leído por Félix Muriel Rodríguez en la Academia Española de Administración Pública. Madrid 26 de febrero de 2026)

 

ENTREGA DE LOS PREMIOS BENITO RAMOS

Un gran motivo de orgullo ha sido para la Asociación Española de Antiguos Alumnos del INAP la convocatoria el pasado año de la I Edición del Premio Benito Ramos de Administraciones Públicas. La entrega del mismo ha tenido lugar el 19 de febrero de 2026 mediante un solemne acto celebrado en el Aula Magna del Instituto Nacional de Administración Pública, con la asistencia de numerosos miembros de AEINAPE y que fue seguido en directo por miembros de la Federación de Antiguos Alumnos Iberoamericanos del INAP de España, que participaron activamente compartiendo un animado chat.

El acto fue conducido por Dª Pilar Barrero García, Directora de Innovación Pública del INAP. La inauguración corrió a cargo de D. Manuel Pastor Sainz-Pardo Director del INAP, que dio la bienvenida a los asistentes, felicitó a los premiados y resaltó la importancia que estas iniciativas suponen como incentivo a la investigación y reflexión sobre los problemas a los que continuamente se enfrentan las administraciones públicas.

Seguidamente intervino Dª Mercedes Rubio Pascual, Presidenta de AEINAPE, que agradeció la presencia de la Secretaria de Estado, a pesar de su abultada agenda, y al Director del INAP por su decidido apoyo, y saludó a los premiados y resto de los asistentes, presentes o conectados por Internet.

En la sala se encontraban D. Francisco Javier Velázquez López, Presidente de la Academia Española de Administración Pública, y nuestro compañero Benito Ramos, tan querido por todos nosotros y cuyo papel fue fundamental en el nacimiento de nuestra Federación. La Presidenta resaltó su generosidad por dejarnos utilizar su nombre –a pesar de sus reiteradas resistencias iniciales- para la denominación de este Premio.

D. Luis Villameriel Presencio, habló en representación del Jurado, integrado por él, en calidad de presidente, por D. Fernando Martín Moreno, Dª Carmen Castañón Jiménez, Dª Carmen Toscano Ramiro, vocales, y por Dª Mª Angeles Viladrich García-Donas, secretaria con voz y voto. A continuación resaltó la calidad de todos los artículos presentados, objeto de detenidos análisis y encendidos debates, si bien por unanimidad se acordó la concesión de los siguientes:

Primer Premio a Dª Josefa Cantero Martínez, por su artículo “Los derechos digitales del empleado público”.

Segundo Premio a D. Guillermo Haro Bélchez, por su artículo “Justicia climática: 50 años de avances y desafíos globales”.

Tercer Premio a Dª Beatriz González Romera, por su artículo “Apertura y gobernanza de datos”.

Se procedió seguidamente a la entrega de premios, consistente en una placa, un diploma y un lote de libros editados por el INAP y los galardonados tuvieron unas interesantísimas intervenciones en las que resumieron el contenido de sus artículos.

En primer lugar se proyectó un vídeo enviado por Dª Beatriz Romera, que no pudo asistir personalmente. La autora, técnica jurídica del Banco de España, Licenciada en Derecho por la Universidad de Granada y especialista en Derecho Financiero, explicó el papel fundamental de las Administraciones Públicas en la recopilación y análisis de datos, los cuales deben constituir la base esencial  para la toma de decisiones.

El segundo premiado, D. Guillermo Haro Bélchez, de nacionalidad mexicana, ha ocupado importantes puestos en su país, entre ellos el de Secretario General del Congreso de los Diputados en México y Procurador Federal de Protección al Ambiente. En su exposición sobre justicia climática resaltó la importancia del cumplimiento de los compromisos internacionales en materia medioambiental, en peligro por el actual contexto geopolítico que ha supuesto un retroceso en la sustitución de los combustibles fósiles por alternativas menos contaminantes, y sus efectos sobre la sostenibilidad del planeta.

Muy interesante fue la exposición de Dª Josefa Cantero Martínez, de nacionalidad española, catedrática de Derecho Administrativo en la Universidad de Castilla-La Mancha, Doctora en Derecho, Diplomada por la Academy of European Public Law, y con una amplia trayectoria plasmada en numerosos artículos y monografías. Su tema, los derechos digitales de los empleados públicos, pone el acento en el riesgo que para los funcionarios puede suponer el uso incontrolado de las nuevas tecnologías, siendo especialmente vulnerable el derecho a la intimidad, pero también el derecho a la desconexión efectiva o a la libertad de expresión.

Clausuró el acto la Secretaria de Estado, Dª Consuelo Sánchez-Naranjo, que felicitó al Jurado por la acertada selección de los artículos premiados, que pasó a comentar brevemente, resaltando que todos ellos tienen como punto común la importancia del capital humano en las administraciones públicas, ya que son las personas, con su pensamiento crítico y su ética, las que deben impulsar, dirigir y controlar el uso de las nuevas tecnologías y, muy especialmente, de la inteligencia artificial. Finalmente resaltó el papel del INAP, de AEINAPE y de las demás Asociaciones que componen la Federación de Antiguos Alumnos del INAP, como centros de creación de redes humanas que impulsan el rigor en la divulgación del conocimiento, el apoyo a la innovación y la solidaridad entre sus miembros.

(Texto y fotografías de AEINAPE)

 

 

VISITA A LA CASA DE LA VILLA DE MADRID

 

El día 24 de febrero hemos disfrutado de una magnífica visita a la Casa de la Villa, situada en una de las más antiguas plazas madrileñas.

Es de todos conocida su fachada, de ladrillo visto y zócalo de granito, con dos puertas y torres chapiteles apizarradas. Pero su sobrio exterior contrasta con la magnificencia de sus estancias interiores, que ahora hemos podido recorrer.

El edificio se construyó específicamente para uso del Concejo de la Villa durante los reinados de Felipe IV y Carlos II. Inaugurado en 1693, ha sido sede del Ayuntamiento de Madrid hasta 2007, año en que se trasladó al Palacio de Cibeles, pero sigue siendo utilizado para actos oficiales de carácter solemne, como la entrega de las llaves de la ciudad a dignatarios extranjeros.

La visita tuvo un guía excepcional, D. Ricardo Iglesias García, Jefe del Servicio de Relaciones Externas, que nos ofreció interesantes explicaciones históricas, adornadas con divertidas anécdotas. Con tan agradable compañía conocimos el Salón de Cristales, con su deslumbrante vidriera, el Salón de Plenos, con sus bancos enfrentados, la escalera monumental, la Galería de Columnas y, muy especialmente, la Capilla, profusamente ornamentada en paredes y techos con frescos de Antonio Palomino, recientemente restaurados.

Tuvimos además el honor de ser saludados por el Excmo. Sr. D. Carlos Granados, magistrado jubilado del Tribunal Supremo que, desde su creación en el año 2018, dirige la Oficina Municipal contra el Fraude y la Corrupción, y que nos explicó la importante labor que este órgano realiza en favor de la integridad institucional.

El recorrido finalizó en el Salón Real, bajo una soberbia lámpara y con magníficos cuadros. Desde sus balcones, los Reyes contemplaban la salida de la custodia de plata que protagonizaba la procesión del Corpus. Actualmente se le denomina, sin embargo, Salón Goya, por estar presidido por La Alegoría de la Villa de Madrid, obra del genial pintor aragonés. Allí, nuestra compañera Carmen Toscano, que tan amablemente ha gestionado y organizado esta visita, tuvo un cariñosísimo gesto con nosotros, ofreciéndonos un vino español, durante el que comentamos los detalles que más nos habían llamado la atención. Muchas gracias, querida Carmen.

(Texto y fotos: AEINAPE)

 

Diseñado por:
Jaitek