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ASI VIVI YO…. LA INFORMATIZACIÓN DE LA ADMINISTRACIÓN PÚBLICA (I)

Cuando yo ingresé en la Administración Pública, a finales de los años setenta, los Ministerios disponían de centros de proceso de datos que consistían en una gran sala llena de equipos enormes, tan pesados que tenían que ubicarse en los sótanos de los edificios. El cableado discurría por un falso suelo, no había luz natural y las pocas personas que trabajaban en aquellas instalaciones pasaban un frío horroroso, ya que la temperatura no podía sobrepasar los 18 grados.

 

La principal misión de esos centros era la confección de las nóminas, que se imprimían con gran estruendo en largas sábanas de papel dobladas en forma de acordeón. Cada Ministerio tenía su propia aplicación informática y en mi primer destino -el Ministerio de Educación y Ciencia anterior al traspaso de competencias a las Comunidades Autónomas- se elaboraban las del personal de todos los centros docentes de España, es decir, cerca de medio millón de perceptores, de más de veinte cuerpos funcionariales, con diferentes sueldos y complementos según las categorías y situaciones administrativas.

 

Mis primeros contactos con la informática tuvieron lugar cuando yo era una modesta jefa de sección de nivel 24 de la Dirección General de Personal (los TAC comenzábamos con nivel de destino 18 y poco a poco íbamos ascendiendo por el escalafón). Por mi despacho iban pasando sucesivamente los recién nombrados subdirectores generales de informática y me asignaron la importante misión de desvelarles los arcanos de los regímenes retributivos de los diversos niveles educativos y, en el caso de los profesores de EGB, las sutiles diferencias entre los DCC, DSC y DSD (misteriosas códigos que escondían los puestos de Director con Curso, Director sin Curso y Director sin Función Docente). Gracias a eso conocí a entrañables compañeros, como Luis Felipe Paradela y Víctor Izquierdo, con los que después me reencontraría en los avatares de mi carrera administrativa.

En esta primera etapa, los funcionarios y los informáticos pertenecíamos a mundos distintos y nuestros lenguajes tan diferentes dieron lugar a bastantes problemas. Recuerdo este en concreto: Los profesores se pusieron en huelga porque los interinos no cobraban los meses de verano. El ministro correspondiente decidió darles lo que pedían y se dio la instrucción de que todos los contratos que terminaran el 30 de junio se prorrogaran hasta el 30 de septiembre. Los programadores la siguieron al pie de la letra y, a consecuencia de ello, profesores que solo habían trabajado durante el mes de junio cobraron el verano completo, mientras que los destinados en centros que, por estar en obras no habían podido comenzar el curso a su debido tiempo y terminaron las clases a mediados de julio, se quedaron los tres meses sin cobrar. Naturalmente hubo cientos de reclamaciones. El tema se resolvió gradualmente mediante nóminas extraordinarias, pero el lío fue monumental. Tras este y otros encontronazos parecidos, todos fuimos aprendiendo, pero todavía la informática era un campo restringido a los técnicos y los demás funcionarios nos limitábamos a pedirles listados o a formular peticiones de trabajo concretas.

La generalización de la informática en la Administración comenzó en la segunda mitad de los ochenta. En el recientemente creado Ministerio de Administraciones Públicas, la flamante Dirección General de Informática, ubicada en el edificio de la calle María de Molina, tenía por delante dos importantes misiones: conseguir que todos los Ministerios utilizaran la misma aplicación para las nóminas y crear el Registro Central de Personal donde se inscribiera la vida laboral de todos los funcionarios. Por aquel entonces yo estaba, como ya os conté, en la Dirección General de Servicios, situada el Paseo de la Castellana, y desde allí, obedeciendo las órdenes de Julián Álvarez, intentaba modernizar todo cuanto caía en mis manos. Y naturalmente a la informática, que era el colmo de la modernidad, había que introducirla fuera como fuese.

Afortunadamente para mí, en María de Molina aterrizó mi antiguo amigo Paradela y, ni corta ni perezosa, le llamé por teléfono pidiéndole ayuda:

- Pero exactamente ¿qué quieres hacer?

- Ni idea, pero el comercial que nos vende las máquinas de escribir está empeñado en colocarnos un ordenador de sobremesa y dice que eso es el futuro.

- Bueno, pues para empezar podrías familiarizarte con un paquete informático integrado que se llama Open Access y que consta de un tratamiento de textos, una hoja de cálculo, una base de datos y un sistema de gráficos. Así verás las distintas posibilidades y cómo aplicarlas a vuestros trabajos. Pero antes naturalmente tenéis que aprender MS-Dos.

A mí todo aquello me sonaba a chino pero, decidida como estaba, hice a mis jefes una propuesta por escrito con la correspondiente estimación de costes y, como estábamos en enero y teníamos presupuesto, me dieron carta blanca. ¡Todo lo que fuera preciso para la dichosa modernización!

Así que el comercial de Olivetti me presentó al compañero de su empresa que llevaba la división de ofimática y se tramitó la compra de dos ordenadores con procesadores Intel 80286, que era lo último de lo último, dos paquetes de Open Access y una impresora. Como extra se comprometió a montar gratis un curso de una semana para doce personas, especialmente diseñado para enseñarnos los rudimentos de MS-Dos y el uso del nuevo software. La Oficialía Mayor estaba repleta de jóvenes administrativas y auxiliares, deseosas de aprender cosas nuevas, y se apuntaron entusiasmadas. Naturalmente yo también asistí al curso y, movida por mi natural curiosidad, realizaba investigaciones por mi cuenta, con gran enfado del profesor como cuando se me ocurrió escribir DELETE *.*. Mi pantalla fundió instantáneamente en negro y el resto del día tuve que sentarme al lado de otra compañera para ver lo que hacía, pero con la prohibición absoluta de rozar siquiera al teclado.

Tiempo después, tras la tramitación del correspondiente expediente de contratación, llegaron los equipos. El despacho anterior al mío estaba ocupado por seis de las personas que habían hecho el famoso curso. Movimos los muebles, despejamos una mesa y allí, en un rincón, se colocaron los dos ordenadores y la impresora tapados con unas fundas marrones de plástico. Todos, cuando pasábamos junto a los aparatos, los mirábamos con aprensión sin atrevernos a tocarlos.

Llegó junio, el Oficial Mayor -Fernando Tarragato- se fue de vacaciones y me encargaron sustituirle. Un día su secretaria me pasó una nota interior reclamando la cumplimentación de un misterioso impreso titulado “PLAN DE MODERNIZACIÓN DE LA ADMINISTRACIÓN PÚBLICA: INFORME DE PROGRESO DE LA INFORMATIZACIÓN DE LA UNIDAD”. Debajo figuraba una columna con los nombres de todos los meses del año y un cuadradito al lado de cada uno de ellos:

- Conchi, ¿qué es esto?

- Nada, una tontería que nos llega todos los meses. Ahora mismo lo relleno. En Unidad pongo “Dirección General de Servicios”, una equis en el cuadradito de mayo, lo firmas P.A., y se lo envío a la secretaría del Subsecretario.

- ¿Y dices que esto lo vienes haciendo todos los meses?

- Claro. Desde enero. Pongo la equis del cuadradito que toca y ya está…….

- Pero, ¿qué pasa si al final de año nos preguntan qué hemos hecho exactamente para informatizar la Dirección?

- ¿Y yo que sé? A mí es lo que Fernando me ha dicho que haga……..

Me fui preocupadísima al despacho y me senté a reflexionar. El tema aún tenía arreglo. Empecé a redactar un INFORME DE ACTIVIDADES DE INFORMATIZACIÓN DE LA DIRECCIÓN GENERAL DE SERVICIOS. “ENERO: Diseño del plan para informatizar la unidad; FEBRERO: Tramitación de un expediente de contratación de adquisición centralizada para el suministro de hardware y software; MARZO: Ejecución del Plan de formación del personal; ABRIL: Recepción de los equipos informáticos. Hasta ahí todo bien, pero ¿en mayo……? ¿Qué habíamos hecho en mayo aparte de mirar los dichosos ordenadores cada vez que pasábamos a su lado?

Era preciso actuar inmediatamente. Hice llevar a mi mesa uno de los ordenadores y conectar la impresora. Veamos, pensé, si hago una hoja de cálculo con las direcciones de los edificios del Ministerio en filas, los meses en la cabecera de las columnas, y los importes de las facturas de luz en las cuadrículas…. Ya tenía la solución. MAYO: Informatización del gasto en energía eléctrica del Ministerio de Administraciones Públicas. Sonaba estupendo. Alguien podría creer que era el resultado de un programa informático complejísimo.

Me llevó más tiempo del que esperaba, pero la hoja de cálculo quedó preciosa. Ahora solo quedaba imprimirla, pero en el libro de instrucciones del software decía (Impr. Pant.) ¿cómo se hacía eso?

Fernando volvió de vacaciones y fui a contarle lo que había hecho en su ausencia.

- Ah muy bien. Enséñame la hoja.

- Pues ese es el problema, que no sé imprimirla. La tengo en la pantalla.

- ¿Y qué pretendes? ¿Qué le diga al Subsecretario que baje a tu despacho a verla?

Casi se me saltaron las lágrimas. ¿Tanto trabajo para nada? Volví a llamar a Paradela que me atendió con su habitual paciencia.

- No te preocupes, te mando a una técnica muy buena para que te ayude. Apunta su teléfono y llámala de parte mía.

 

La tal técnica era una auténtica borde:

- ¡¿Que pretendes que vaya a Castellana a haceros una hoja de cálculo?! ¿Que lo ha dicho mi Subdirector? ¡Cómo si lo dice el Papa! ¡Con todo el trabajo que tengo!

Apelé al compañerismo y todo eso, pero continuó en plan antipático. Yo estaba tan apurada que tuve que morderme la lengua para no soltarle unas cuantas frescas. Ella seguía hablando sin parar diciendo cuatro generalidades sobre cómo hacer una hoja de cálculo:

- ¡Pero si la hoja de cálculo ya está hecha! Si solo hay que imprimirla.

Ni siquiera me escuchaba. De pronto, en medio de su palabrería, escuché la frase mágica:

- ….Y pulsando la F-4……

Apreté la tecla F-4 y ¡maravilloso! La impresora empezó a hacer el mismo ruido que las carracas en Semana Santa. La interrumpí con un seco Gracias y colgué el teléfono dejándola con la palabra en la boca. A continuación fui corriendo al despacho de Fernando enarbolando mi maravillosa hoja de cálculo:

- Ah, bueno. Esto ya es otra cosa. Voy a subírsela al Director General.

A partir de entonces las cosas se precipitaron. Pronto hubo ordenadores en todas las mesas y usábamos diskettes para copiar los trabajos de uno a otro. A veces las pantallas mostraban extraños mensajes, como cuando una de las auxiliares, se equivocó de ranura: “Error. Violado por la puerta trasera”.

- Vaya, debería darte vergüenza. No solo violas al ordenador, sino que además lo sodomizas…..

Y la pobre, que era muy tímida se puso como la grana.

Yo con lo que más me divertía era con las bases de datos. Hice un listín telefónico –por apellidos y unidades- y un inventario de muebles con su ubicación, su antigüedad, su precio de compra y su valor tras aplicar el coeficiente de amortización. Aquello me encantó. También compramos un programa llamado Ventura para diseño de impresos, el Lotus para hojas de cálculo y gráficos, el Word Perfect para tratamiento de textos y, lo último de lo último, un artilugio llamado Disco Óptico, de Canon, que era un conjunto de pantalla, teclado, escáner e impresora, con una base de datos para almacenamiento virtual de documentos, a fin de ganar espacio eliminando los gigantescos armarios, cada vez más repletos de expedientes en papel.

El progreso continuó. Un año después se instaló una intranet, conectando por cable todos nuestros ordenadores y ya no teníamos que ir con los diskettes de acá para allá. Los equipos eran también más modernos. A los procesadores 286 les siguieron los 386 y después los 486. Algún avispado inscribió en el Registro de la Propiedad la denominación 586 y entonces lo denominaron Pentium. A ver si nos creemos que las empresas internacionales son tontas.

Como en Castellana cada vez éramos más los usuarios de la informática, se creó en la Subsecretaría una Unidad específica para darnos servicio a los usuarios y apoyarnos en la elaboración y explotación de bases de datos. Al frente de la Unidad estaba nuestro compañero Ignacio Martínez Arrieta, pero los técnicos informáticos allí destinados no estaban familiarizados con los programas que nosotros utilizábamos y a menudo, en la mitad de un trabajo, nos quedábamos atascados sin saber cómo continuar. Por ello Ignacio, que era amigo del Subdirector General de Informática del Ministerio de Cultura, le pidió como favor que nos enviara un experto en Open Access para que nos asistiera temporalmente.

¡Quién me iba a decir a mí que aquel experto, diez años después, se convertiría en mi marido…..!

Pero eso es ya otra historia………… (CONTINUARÁ)

 

Madrid, mayo de 2018.

Mª Angeles Viladrich García-Donas

Funcionaria jubilada del Cuerpo Superior de Administradores Civiles del Estado

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero eso es ya otra historia………… (CONTINUARÁ)

 

Madrid, marzo de 2018.

Mª Angeles Viladrich García-Donas

Funcionaria jubilada del Cuerpo Superior de Administradores Civiles del Estado

 

 

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