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 Mesa Verde National Park dista unos 15 kilómetros de Cortez, en  dirección  oeste.  Al  desviarnos  de la carretera para entrar en el parque, ascendemos un buen trecho hasta una mesa –o pequeña meseta alzada sobre el terreno circundante, como ya he dicho- poblada de bosques de coníferas y abedules. Vastas zonas boscosas han sido recientemente pasto de las llamas, que han dejado un siniestro y desolador escenario a su paso, como si los árboles  fueran figuras espectrales renegridas o blancuzcas, según cuál sea la especie, sin rastro de vida, salvo la vegetación del suelo que no tarda mucho en volver a brotar.

  

Bosque incendiado

 

  

Los incendios, la mayoría de las veces provocados por el aparato eléctrico que desatan las tormentas, son implacables en su avance descontrolado por estas enormes masas forestales. La meseta del Colorado -que abarca prácticamente el estado de Utah y partes de Arizona, Nevada, Colorado y Nuevo México- tiene un clima continental con muy marcados contrastes según las estaciones y entre el día y la noche: calor y frío, y sobre todo un régimen de lluvias muy desigual con estaciones muy secas. Entristece ver bosques tan imponentes calcinados por el fuego, pero a partir de aquí sería una constante durante casi todo nuestro periplo. ¡Ah! justo a la entrada del parque vimos un coyote, de aspecto escuálido a decir verdad, a orillas de la carretera; el pobre posó incluso un rato para nosotros, pero puso pies en polvorosa cuando intentamos acercarnos a él. Por cierto, una regla estricta de los parques nacionales es que hay que preservar la naturaleza y la vida animal, por lo que ni siquiera 

puede darse alimentos a las curiosas ardillas que se acercan a nosotros con sus patas delanteras plegadas en actitud suplicante.

 

Mesa Verde es el principal patrimonio arqueológico-cultural de EE.UU. Aquí vivieron durante unos 700 años los anasazi o pueblos ancestrales, abandonando la zona  a  principios  del  siglo XIV en el espacio de una a dos generaciones, para integrarse seguidamente entre los pueblos indígenas de la región (navajos, hopi, ute...). Se alegan diversas razones para explicar esta diáspora: un intenso ciclo de sequías, el agotamiento de los recursos de subsistencia, la presión ejercida por pueblos enemigos, etc. La falta de testimonios escritos abre las puertas a cualquier conjetura. Su desaparición en un breve plazo de tiempo recuerda, en cierto modo, la teoría de la extinción de los dinosaurios sobre la tierra. Por fortuna ambos nos han dejado un legado: sus esqueletos los dinosaurios y las cliff dwellings o viviendas de los cañones, en Mesa Verde, el Cañón de Chelly (al suroeste, en Arizona) y algún otro lugar de la región, los llamados pueblos ancestrales. Los anasazi construyeron edificaciones de piedra en los nichos excavados por el agua en las paredes del cañón, formadas por estratos de arenisca (piedra porosa) y esquisto (impermeable); el agua que se introduce por las capas de piedra se hiela en invierno y hace que la arenisca se fragmente, disolviéndose por la acción del viento y dando lugar así a los salientes o nichos donde los anasazi construyeron su habitat.

 

Cliff Palace

 

El lugar, una mesa rodeada por un cañón entre frondosos bosques, fue descubierto por vaqueros locales a finales del siglo XIX. Como hemos dicho, apenas se sabe nada sobre sus pobladores originales, pero a partir de los restos que han llegado hasta nosotros, al menos sabemos que  los anasazi eran buenos constructores, que vivían en casas de piedra, que elaboraban utensilios y armas para la caza y, sobre todo, que fueron capaces de vivir en ubicaciones dispersas y de difícil acceso.

 

 

Cliff Palace es el espacio habitado más grande que se conserva en Mesa Verde

 

Con la arenisca hacían una especie de ladrillos o bloques rectangulares que pegaban con una argamasa hecha a base de agua y arena. En las tres comunidades principales que se han preservado las habitaciones son pequeñas, de poco más de cuatro metros. Las estancias traseras, no expuestas a la luz solar, y superiores se utilizaban para el almacenamiento de las cosechas. Las habitaciones daban a una pequeña cámara circular o kiva en la que había un hogar para cocinar, practicar ceremonias, secar la atmósfera de las filtraciones de agua y calentar el ambiente en los días de frío.

 

Escalera de acceso a Balcony House

 

Cultivaban maíz, fríjoles, calabaza, etc. y practicaban la caza. Pero las condiciones de vida debían ser bastante duras, pues el agua había que subirla de los arroyos que había en la parte inferior del cañón o recogerla de las filtraciones a través de la roca, las superficies de cultivo eran pequeñas y dispersas, además de estar también unos 200 metros más abajo, en suma, que la vida era demasiado ardua en aquel escondite natural en que se instalaron los llamados pueblos ancestrales.

 

Balcony House y sus difíciles accesos

 

 

De algún modo, fueron precursores de la basura ecológica: arrojaban sus residuos por las laderas que se abrían frente a los hogares, dando lugar así a un compost en el que la vegetación crecía. Había una estricta organización del trabajo: los hombres se dedicaban a las labores de cultivo y la caza; las mujeres molían el maíz y elaboraban cestos y útiles de cerámica, y los ancianos contaban historias a los niños en las kivas. Pese a las grandes dimensiones de algunas de las cliff dwellings que se han preservado, el espacio siempre es reducido en ellas, por lo que la vida comunitaria debía estar forzosamente muy bien organizada.

 

Manolo saliendo de una angostura

 

Desde la entrada del parque hay unos 20 kilómetros hasta el extremo sur de Chapin Mesa en que se levantan las principales cliff dwellings o viviendas cuasi trogloditas de los cañones, a saber: Balcony House, Cliff Palace y Spruce Tree House. Todas ellas son comunidades con moradas de uno a tres pisos construidas en los nichos abiertos en la roca. El acceso a las dos primeras, enclavadas a una altura elevada en el borde del cañón, es un tanto difícil, y se hace por medio de escaleras y de estrechos túneles  abiertos en la roca o de angostas aberturas entre las paredes.

 

Nuestra solícita ranger

 

Las visitas son siempre guiadas por un guarda del parque. Balcony House tiene 40 habitaciones y está unos 200 metros por encima del Soda Canyon; de lejos, parece realmente que estuviera suspendida en el aire. Aunque se han acondicionado las vías de acceso, para llegar a ella hay que subir por una ancha escalera de madera de unos diez metros de alto y, luego, por otra más pequeña; además, hay que gatear por un pequeño túnel y pasar entre angostas paredes. Fue un auténtico placer escuchar las explicaciones que nos dio la guía que nos enseñó Cliff Palace, una joven grandullona, rubia y sonriente a más no poder; parecía que dominara cabalmente la situación, y lo cierto es que tan sólo llevaba una semana desempeñando el trabajo. Es la cliff dwelling más grande, pues tiene 150 habitaciones y 23 kivas, o cámaras ceremoniales, con tres alturas en algunos puntos. Para acceder a ella hay que descender por un camino empina- do y subir en total cuatro escaleras de mano. No dejó de resultarme curioso que todo el mundo subiera los empinados peldaños, ya fuesen niños o mayores. Parecía algo de lo más natural. Es muy posible que en España no se hubiera consentido algo así en un par- que público alegando motivos de seguridad, pero en EE.UU. la gente asume desde muy temprano una mayor cuota de responsabilidad sin problemas.

 

Spruce Tree House, en el fondo del barranco

 

A este respecto quiero recordar que en algunas piscinas de los moteles en que nos alojamos, no hay socorristas de servicio debido a sus pequeñas dimensiones, pero siempre se ven niños bañándose y un cartel en el que se advierte de que cualquier riesgo en que incurra el bañista es responsabilidad suya. Es una manera de hacer más responsables a las personas desde la tierna infancia. Lo cierto es que todos subimos por aquella escalera que al principio me pareció un obstáculo insalvable, nos introdujimos por las angostas oquedades de la roca y, en ocasiones, tuvimos que gatear por estrechos túneles. ¡Hay que ver cómo se resguardaban los anasazi de posibles enemigos! Convirtieron su hábitat natural en una fortaleza prácticamente inaccesible. Y aunque sea insistir, otra cosa que sorprende a un madrileño como yo es la limpieza absoluta que se aprecia en los parques americanos y en la naturaleza en general, y eso que la gente acampa al aire libre infinitamente más que en nuestro país. Todo ello no hace sino evidenciar un respeto entrañable por la naturaleza –otrora salvaje, indomable-, a la que se cuida como si fuera algo propio.

 

En otro lugar del parque se levanta la Spruce Tree House, una cliff dwelling de 90 metros de largo con algo más de 100 habitaciones y ocho kivas. A diferencia de las otras comunidades que habíamos visto, ésta se encuentra casi escondida en el fondo del cañón, por lo que es de fácil acceso. Desde el nivel de la mesa, hay que descender cerca de un kilómetro hasta el fondo del barranco, en donde, en un entorno cubierto de frondosa vegetación, se encuentra la mencionada morada comunitaria.

 

Reconstrucción en miniatura dentro del museo

 

En el camino de regreso, entre bosques calcinados por el fuego, nos detuvimos a ver unas viviendas excavadas en el suelo por los indígenas que poblaron originariamente la zona, un embalse para la recogida del agua de lluvia y kivas en las que realizaban ceremonias para hacer curaciones o pedir a los dioses que les trajeran lluvia, caza o buenas cosechas. Lo cierto es que los anasazi desarrollaron una arquitectura bien adaptada a su entorno como demuestran las más de 200 cliff dwellings esparcidas por todo el parque, algunas en oquedades remotas o aisladas. Pero los recursos eran limitados, y los esfuerzos que había que hacer para transportar los alimentos, la madera y el agua, demasiado arduos para garantizar la mera subsistencia. Realmente es un milagro que este pueblo pudiese crear una cultura propia y vivir durante siete siglos en semejante entorno, que si ofrecía alguna ventaja era la de defensa contra el enemigo exterior y resguardo contra las fuerzas de la naturaleza. Junto al centro de visitantes hay un pequeño museo en el que se explican los avatares de los indios anasazi y se exponen numerosos restos de su cultura – útiles y armas, tejidos, cerámicas, etc.- y de los pueblos indígenas que han vivido en la zona en el curso de los siglos.

 

 

Tormenta en el desierto

 

Al salir del parque regresamos a  Cortez,  en  donde  cogimos  la  carretera 491 en dirección sur, para desviarnos algo más adelante hacia el suroeste. No tardamos en llegar a Four Corners, un punto en donde se encuentran en ángulo recto los límites de los cuatro estados de la región: Colorado, Utah, Nuevo México y Arizona. Estamos en territorio administrado por los indios navajo y justo en la intersección se levanta un monumento conmemorativo al que se accede previo pago. Es una región despoblada, casi desértica, azotada por el viento y agostada por el sol. Proseguimos la marcha durante unos 125 kilómetros por una carretera de rectas interminables que se pierden en el horizonte, con matas resecas de mezquite que cruzan el asfalto arrastradas por el viento que a esa hora se está levantando. En unos instantes el cielo oscureció y, durante unos minutos, descargó un fenomenal chaparrón. En medio de la inmensa soledad de aquellos espacios sin fin, la tormenta vino a transformar la visión que teníamos de aquella planicie desolada, salpicada por algún que otro curioso promontorio rocoso que nos indicaba la proximidad de Monument Valley y por pequeñas agrupaciones de remolques vivienda de los indios navajo. Cómo sería la cosa para que Manolo, nuestro avezado fotógrafo, que en ese momento iba al volante del coche, se empeñase en coger la cámara de vídeo para grabar el desértico paisaje bajo la impresionante tormenta a la vez que conducía. Con la cámara en una mano y el volante en la otra, le dejamos continuar un rato mientras avanzábamos por aquella recta interminable, embriagados todos nosotros por aquella sensación mágica que nos producía ver una tormenta en semejante entorno.

 

Ya anochecía cuando llegamos a Kayenta, un pequeño pueblo en la intersección de las dos carreteras entre las que se encuentra Monument Valley. Es curioso, pero cuando uno ve un punto en el plano y decide que va a ser su próximo destino por cualquier razón más o menos válida, cree en principio que aquel lugar tendrá de seguro algo interesante. Pues bien, Kayenta está lejos de todo centro habitado y en medio de una planicie semidesértica sin encanto alguno... salvo que caiga una tormenta con profusión de aparato eléctrico, lo que no es habitual pero nos acaeció a nosotros en aquel atardecer crepuscular. En el pueblo sólo había moteles de primera categoría (el Holiday Inn, el Western y algún otro más cuyo nombre no recuerdo), pero aun así todos estaban llenos. ¿Quién iba a imaginárselo en un lugar tan remoto y desolado? Claro que por el pueblo pasan casi todos los viajeros que se dirigen a Monument Valley y apenas hay lugares en las cercanías donde pasar la noche. No cabe otra explicación lógica. Finalmente, tras dar muchas vueltas por el pueblo bajo un cielo encapotado, encontramos alojamiento en un bed & brekfast que a primera vista parecía cerrado a cal y canto y que regentaba un matrimonio navajo. El hombre –que hizo oídos sordos a mi regateo- era un indio grandullón, serio, poco hablador, con cara de pocos amigos (como el gigantón indio de Alguien voló sobre el nido del cuco) y un tanto holgazán, pues, repantigado en un sofá, veía un partido de béisbol en un televisor de gran pantalla, mientras que su mujer se afanaba en hacer las labores del hogar.

 

Entrando en Monument Valley 

 

Al día siguiente, y después de un frugal desayuno (la pretendida hospitalidad de los indios navajo se nos vino abajo al comprobar la escasez de las vituallas), salimos para Monument Valley a unos 30 kilómetros de allí y a cerca de 2.000 metros de altitud. La mañana era fresca y lloviznaba cuando llegamos a la entrada, donde hubimos de pagar el correspondiente peaje –cinco dólares por persona- a la sonriente indígena que estaba al acecho en la caseta. Se puede recorrer la zona en coche o apuntarse a un tour organizado por los indios navajo, a quienes el Gobierno ha cedido la administración del lugar en reconocimiento del expolio que sufrieron hace más de un siglo.

 

Puestos de venta de bisuteria en Monument Valley

 

A diferencia de lo que sucede en los parques nacionales, en todos los puntos de la zona donde hay atracciones orográficas hay indios vendiendo muestras de su artesanía, sobre todo bisutería confeccionada con piedras locales (de hecho, a una anciana le compré un precioso collar de piedras azules y negras para Arabella). El llamado valle, que no es tal al menos hoy día, es un territorio árido, seco y caluroso (aunque con grandes oscilaciones entre el día y la noche y según las estaciones). Los indios consiguen aprovechar la escasa lluvia que cae, cuya agua canalizan hacia sus pequeñas parcelas de cultivo; como una de las propiedades de la arenisca es que retiene el agua en las capas más profundas, el maíz puede finalmente germinar. Una vez más, como por doquier en la meseta del Colorado, parece que el lugar estuvo habitado por los insondables anasazi.

 

Artesania

 

Posteriormente, arraigaron en el lugar los indios navajo, que apacentaban ovejas y cultivaban maíz. De los 300.000 individuos en que se estima actualmente su población, tan sólo unos centenares viven en la zona, sobre todo en Kayenta y en pequeñas comunidades de remolques vivienda por lo general.

 

Silueta de cowboy

 

En Monument Valley pueden verse cañones, mesas, montículos, pináculos y otros muchos tipos de formaciones rocosas. En gran medida, se ha convertido en un símbolo del Oeste americano y en una de sus principales atracciones por sus peculiares promontorios, y sobre todo por los recuerdos que evocan en quien vio en sus años juveniles docenas de películas del Lejano Oeste y se considera un cinéfilo empedernido. El recorrido por los caminos arcillosos del interior del valle es de unos 25 kilómetros, y a lo largo de él hay varios momentos en que pueden verse paisajes sencillamente excepcionales. Todas las formaciones son de un color rojizo intenso que está matizado por la incidencia de la luz solar. Entre esos lugares que jamás olvidaré, debo citar los siguientes: el John Ford’s Point (llamado así porque era la panorámica favorita del inmortal director de La diligencia, en parte rodada aquí en 1938), mirador desde el que se divisa un espectacular paisaje formado por una mesa, un montículo y varios pináculos de piedra arenisca, todos ellos en diferentes planos; el Artist View Point, o panorámica del artista, mirador en el que se ven dos mesas y un montículo, con varios pináculos adosados a ambos; los montículos del Elefante y el Camello, el Tótem, los enormes farallones rocosos que se levantan sobre el Goulding’s Lodge, la célebre formación Three Sisters –o tres hermanas- que está compuesta por un frágil pináculo enmarcado entre dos más gruesos como si fuera un tridente, etc., etc.

 

Three Sister

 

Vimos Monument Valley en todos sus estados: bajo la fría llovizna del amanecer, que posterior- mente dio paso a un sol resplandeciente con un cielo intensamente azul surcado por nubes algodonosas. Nunca olvidaré la emoción que me embargó al contemplar semejante lugar, que tan grabado se me ha quedado en la retina gracias a los numerosos filmes del salvaje Oeste que vi en la infancia y la adolescencia... y que, siempre que puedo, vuelvo a ver en la pequeña pantalla con renovado placer (parece que el género no está ni mucho menos agotado como lo demuestran el reciente filme El tren de las 3:10 y una nueva serie de TV de gran éxito en EE.UU). Como ya he dicho, el valle en realidad no es tal. En un muy lejano día era una llanura que fue sobrealzada por movimientos del suelo que agrietaron la tierra; luego, por la acción de las fuerzas de la naturaleza, las grietas se ensancharon y se erosionaron hasta quedar tan sólo las actuales formaciones rocosas, que sobresalen majestuosamente en medio de la inmensa planicie. Aparte de la singular y extraordinaria belleza de la zona, realzada por los tamizados colores rojos de la arenisca, por la intensa luz solar y el vívido azul del cielo, Monument Valley es un lugar mágico para mí, como ya he dicho, por los recuerdos cinematográficos que me trae a la memoria. Para colmo, pude ver el valle en silencio, extasiarme ante la soledad y prodigiosa belleza de tan magna naturaleza, y bajo los distintos colores de un amanecer que, en pocas horas, pasó de amenazarnos con negros nubarrones hasta lucir un sol resplandeciente.

 

Hubimos de regresar a Kayenta –el mismo desierto pero ya sin encanto alguno-, en donde retomamos la carretera 160 en dirección oeste, que nos llevó por territorio navajo y hopi hasta Tuba City. Las condiciones de vida de los indios americanos no tienen nada de envidiable; en la región, viven en parajes desolados, sin un árbol bajo el que guarecerse y expuestos a las inclemencias del clima, que aquí pue- den llegar  a cotas extremas. Entre Kayenta y Tuba City hay unos 140 kilómetros y apenas cruzamos dos minúsculos poblachos en todo el camino; el paisaje es duro, calcinado por el sol, terroso, pero de vivos colores, por eso lo llaman el Desierto Pintado. Cuando a mediodía nos detuvimos a comer algo en una hamburguesería de Tuba City, pudimos comprobar que a esa hora casi todos los clientes eran indios navajo, de cierta edad y físico por lo general poco agraciado, que pasan las horas del día rumiando su suerte, a falta de algo mejor que hacer. Los indios no son muy expansivos que se diga y se muestran reticentes ante cualquier pregunta que les haga un forastero. Al menos, las cuotas de igualdad en el empleo hacen que algunos encuentren un trabajo remunerado en la zona y vean amortiguado así su infortunio.

 

Unos kilómetros más allá, en Cameron, nos desviamos hacia el oeste por una carretera que nos llevaría hasta la entrada sur del Gran Cañón. Durante un buen rato, la carretera discurría próxima al cañón del río Paria, y aquí o allá los indios navajo –que explotan el territorio hasta las lindes del parque- anunciaban panorámicas excepcionales del mismo, previo pago de un óbolo, o tenían puestos en los que vendían su original bisutería confeccionada a base de piedras locales. Debo confesar que por más que intenté que me rebajarán el precio de un vistoso collar, no conseguí nada. Intentar regatear a un indio de edad madura es un esfuerzo condenado al fracaso. O los aceptas como son o no hay nada que hacer; no cabe lamentarse al respecto. Te miran fijamente con sus inescrutables ojos, en silencio, dejándote en suspenso. Quizá opere en su relación con el forastero blanco la larga lista de agravios que puede exhibir su pueblo. Pero lo cierto es que estamos ya en el siglo XXI, casi 150 años después de la conquista del Oeste e, ineludiblemente, toca adaptarse a los cambios de la Historia.

Todo conflicto bélico lleva consigo una notable alteración de las condiciones en las que se desenvuelve la actividad económica. Esta alteración se caracteriza por su brusquedad, en relación con las variaciones que las crisis periódicas de las economías producen en la actividad de este tipo, las que pese a la intensidad que alcance, llegan y se van, en forma mas o menos gradual. Si ésto es cierto para todas las guerras, lo es mas aún, para el caso de las guerras civiles. Pensemos en los casos de la Guerra de Secesión Americana o la Guerra Civil española (1936-1939). En estos conflictos, por una parte la moneda circulante, especialmente cuando está constituida por metales preciosos, tiende a ser acaparada desapareciendo de su curso ordinario, y por otra parte el aislamiento en el que se encuentran determinadas zonas determina que, en algún caso, no la pueden recibir de los centros emisores piezas suficientes con las que atender a las necesidades del comercio.

  

Esta disminución del circulante, viene agravada en muchos casos por una mayor necesidad de numerario en circunstancias de guerra, para: afrontar el pago de haberes a los soldados, garantizar los suministros y adquirir el material necesario para hacer frentes a los requerimientos militares. Estas necesidades han sido históricamente afrontadas mediante la emisiones de las llamadas monedas obsidionales o de necesidad, acuñadas generalmente bajo Autoridades locales cuyo ámbito de actuación se limitaba a una provincia o a un municipio, como es el caso de las emisiones municipales realizadas por muchos ayuntamientos de pequeñas poblaciones ubicadas en ambas zonas durante la Guerra Civil española, siempre realizadas en metales viles y en pequeñas denominaciones.

  

Este tipo de emisiones de moneda, en realidad, fiduciaria, era muy problemático en los tiempos anteriores al siglo XX, cuando 25 siglos de circulación de moneda emitida con cantidades razonables de oro y plata habían acostumbrado a la población a no aceptar la moneda como un medio de pago alejado substancialmente de su valor intrínseco. Por ello, históricamente, las monedas de necesidad emitidas en ese tiempo, tenían necesariamente una alta proporción de metal precioso, aunque éste hubiera de ser obtenido mediante requisa de objetos preciosos a los particulares. Un ejemplo muy generalizado de ello lo constituyen las monedas de necesidad emitidas por las tropas de Carlos I de Inglaterra y por las del Parlamento, enfrentadas en la Guerra Civil inglesa que tuvo lugar durante los años centrales del siglo XVII, que convivieron con las acuñaciones de moneda con denominaciones, peso y ley regulares emitidas en las cecas provinciales como: Exeter o Oxford.

  

Las emisiones de necesidad obedecen también a este doble requerimiento. Por una parte, se emitieron piezas de 8 Reales que pudiéramos llamar convencionales a nombre de Fernando VII en Cecas como: Reus, Valencia o Cádiz, con tipos mas o menos semejantes a los de las emisiones regulares de Sevilla y Madrid, cecas que venían operando al  menos desde Felipe III, siempre acuñando piezas denominadas en Reales de Plata, con el peso y ley acostumbrados (26,7 gramos y aproximadamente 900 milésimas), y por otra parte, en aquellos lugares en los que no era posible la disposición de las compleja maquinaria necesaria para la producción de este tipo de acuñaciones, se emitieron piezas labradas en base a punzones con los que se abren los cuños, cuidando mas el peso y la ley de las monedas que lo esmerado de sus diseños. Éste sería el caso de las cecas catalanas de Gerona, Lérida, Tarragona y quizá, Tortosa, así como de la de Palma de Mallorca.

  

Ejemplos de las monedas del primer tipo se encuentran en las FIGURAS 134.1 (con el 8 Reales de 1811GS de Valencia) y 134.2 (con el 8 Reales de 1813 de Cádiz), mientras que en las FIGURAS 134.3 (con el 5 Pesetas de Tarragona de 1809) y 134.4 (con el 30 Sous de Mallorca de 1808) tenemos dos ejemplos de monedas propiamente de necesidad. Por último, en la FIGURA 134.5 tenemos una medalla de Sevilla de 1823 de Fernando VII que, aunque no es propiamente moneda de necesidad, muestra signos de haber circulado (suponemos que ha instancia de los partidarios del absolutismo, dada las características de sus leyendas como REPUESTO EN LA INTEGRIDAD DE SU SOBERANÍA) suponemos que con suficiente aceptación, dadas sus características de buena ley y peso algo superior al de las monedas de 8 Reales (28 gramos frente a los usuales 26,7 gramos del reto de las piezas).

  

En cuanto  a las emisiones de Cádiz, éstas fueron autorizadas por la Junta Central Suprema Gubernativa del Reino que establecida en Sevilla, hizo trasladar a Cádiz parte de los útiles necesarios para la fabricación de moneda, ante la posibilidad de que Sevilla fuera ocupada por los franceses,. Éste fue el caso, por lo que de 1809 a 1814 se interrumpió la acuñación de moneda a nombre de Fernando VII en Sevilla, donde solo se batieron monedas de 8 Reales a nombre de José Bonaparte en 1812. En ese mismo año, Cádiz recibió un segundo lote de maquinas de acuñación procedentes de la Ceca de Madrid cuando esa ciudad hubo de ser nuevamente evacuada por el ejército español. Toda la infraestructura de acuñación empleada en Cádiz de 1810 a 1815 fue devuelta a las Casas de Moneda de Madrid y Sevilla en 1815.

  

En Cádiz actuó siempre como Ensayador principal Carlos Tiburcio cuya inicial (C) aparece siempre en primer lugar, a la derecha del escudo del reverso. Como segundo Ensayador actuó primero, desde 1810 a 1812, Idelfonso Urquiza, señalado por la letra I tras la C de Carlos Tiburcio; y después de 1812 a 1815, Joaquín Delgado, identificado por la letra J en ese mismo lugar. La rareza de las piezas de Cádiz es muy variable, dependiendo tanto de la fecha como de las siglas del segundo Ensayador. Las piezas de: 1813 y 1814, todas ellas con CJ son bastante corrientes, por lo que las valoramos al mismo precio que el de las piezas comunes de Fernando VII de Madrid o Sevilla del periodo 1814 y 1820. Las piezas de: 1811CI y 1812CJ,  las consideramos como Raras, con un valor doble del de las piezas comunes; las de: 1810CI y 1811CJ, como Muy Raras, con un valor cuádruple, la de; 1814 como Rarísima, con un valor de 8 veces; y la de 1812CI como Extremadamente Rara, con un valor de dieciséis veces el de las piezas comunes.

  

 La emisión de Tarragona de 1809 se realizó después de la expulsión de los franceses de esta ciudad, tras el desastre del Bruch, primera derrota de las tropas napoleónicas en España, 44 días antes de la batalla de Bailén. Esta presencia de las  tropas españolas en Tarragona se prolongó hasta la toma de la ciudad por lo franceses el 28 de junio de 1811. Las monedas de necesidad de Tarragona tienen el mismo peso y ley que los 8 Reales ordinarios, aunque su denominación es de 5 Pesetas, en la misma forma de la empleada en las piezas grandes de José Napoleón acuñadas en Barcelona, lo que expresa que el término “Peseta” (pequeño peso) se encontraba mas generalizada en Cataluña que la de Real, fuera éste de Plata o de Vellón. El diseño de estas piezas es casi idéntico al de las 5 Pesetas de Lérida, siendo una cuestión debatible cual de los dos se acuñó primero,  y por tanto inspiró el diseño de la otra. Otra denominación de estas piezas, también popular en Cataluña, era la de Duro, nombre asignado como denominación a la moneda grande de necesidad de Gerona que aparece en esa moneda junto con el anagrama del nombre de la ciudad (GNA).

  

El procedimiento de grabación de cuños en base a punzones facilitó la acuñación de cantidades significativas de estas monedas (Bofarul evalúa que se emitieron un 80.000 ejemplares), lo que unido a la libertad con la que continuaron circulando hasta, al menos, el final del reinado de Fernando VII, hace que estas monedas no sean raras. Nosotros la evaluamos con un precio semejante al del resto de las piezas comunes de 8 Reales de Fernando VII, acuñadas en Madrid o Sevilla. El método de fabricación de carácter artesanal de estas monedas, hace que el número de variantes sea muy alto. Francesc Padró en su artículo sobre esta moneda, publicado en el número 39 de las Gaceta Numismática editado en Barcelona correspondiente a diciembre re de 1975, distingue hasta 12 grandes variedades que cataloga cuidadosamente.

  

También recomendamos a los interesados específicamente en este tipo de monedas que examinen cuidadosamente la curva de incremento de precio de esta pieza en el mercado publicada en este articulo( a través de sus apariciones en subasta) desde 1965 a 1975, con: 800P en 1965, 2.260P en 1971, 4.070P en 1973 y 8.780P en 1975, que es ilustrativa del extraordinario incremento de precio que experimentaron estas piezas (que se multiplicaron por 10 en 10 años) en ese periodo, al que no fueron tampoco ajenas las otras  piezas de 8 Reales peninsulares no macuquinas. Cuestión polémica también fue, en su momento, si el escudo mostrado en esta moneda, era el de Cataluña o el de Aragón, puesto que hubo autores que llegaron a atribuir este Duro a Zaragoza. E. Goig en la obra citada en entradas anteriores, aclaró completamente esta cuestión, estableciendo que el emblema del escudo es sin lugar a dudas, el de Cataluña, en base tanto a su diseño como a la intencionalidad de la Orden que aprobó su emisión.

  

La emisión de monedas de módulo de 8 Reales en Mallorca (FIGURA 134.4) se realizó en 1808, denominándola en Sous (30 Sous) pieza de origen francés que era utilizada como moneda de cuenta en las Islas Baleares. Su diseño es similar al de la moneda anterior, si bien en su anverso, la denominación y el año se encuentran intercambiados, mientras que en su reverso, aparece el escudo del Reino de Mallorca, en lugar del de Cataluña. Su rareza es similar a la de las piezas comunes de 8 Reales de Fernando VII. Una emisión de este mismo tipo con la misma denominación, pero con fecha y denominación intercambiadas, fue realizada en 1821. También, en 1823 se emiten monedas de necesidad de este módulo en Palma de Mallorca con punzón circular en su centro, en el que primero se inscribe la expresión de Rey Constitucional y después del restablecimiento del absolutismo en ese mismo año, el de Rey de España, con referencia a Fernando VII.

  

Figura 134.1

  

La pieza mostrada en la FIGURA 134.1 es un 8 Reales acuñado a nombre de Fernando VII en Valencia con las siglas de Ensayador G, correspondientes a Gregorio Lázaro y Sixto Giber. Este último Ensayador ya había actuado como único Ensayador en la emisión de las piezas de Valencia marcadas con SG. CALICÓ evalúa esta pieza en 2008 en 1.000€ en lugar de los 600€ asignados a la variante con GS. CAYÓN acorta la distancia entre ambas variantes con 250.000P, en este caso en 1998, frente a las 170.000P de la variante con SG, valoración que en ambos casos aunque se trate de piezas en conservación VF, creemos exagerada en relación con la cotización actual de estas piezas. Para hacernos idea de la caída del valor de estas piezas, como la de la mayoría de las semejantes, diremos que la cotización de ellas en VICENTI 1968 era de 35.000P el SG y 25.000P el GS, mientras que PEIRO 2007 los evalúa en VF en 1.000€ e y 1.400€ respectivamente, siendo el IPC de unas 20 veces menor que  el actual.

  

Esta pieza tiene un gastaje bastante generalizado, aunque conserva restos de brillo, especialmente entre las letras de la leyenda. Igual que en la mayoría de estas piezas, este ejemplar tiene grandes vanos de acuñación en anverso y reverso. Consideramos que su grado es F. En F, el grado de la variante con SG sería de  cuatro veces el de las piezas comunes de Fernando VII, ésto es 600€. En este caso al tratarse de la variante GS consideramos que su valor sería doble, 1.200€. El precio de mercado sería prácticamente la mitad, como consecuencia de la debilidad de la acuñación, lo que empobrece notablemente su aspecto, 650€ en F.

  

Figura 134.2

  

 La pieza mostrada en la fotografía de la FIGURA 134.2 es un 8 Reales de Fernando VII acuñado en Cádiz en 1813 con los Ensayadores Carlos Tiburcio y Joaquín Delgado (CJ). Esta pieza se evalúa en CALICÓ 2008 en 250€. CAYÓN 1998 la evalúa en conservación que consideramos como el mismo VF del CALICÓ, en 40.000P. VICENTI hace pasar a esta pieza de un precio de 3.000P en 1968 al de 25.000P en 1978; como vemos, un incremento muy notable, similar al de la pieza de Tarragona que antes hemos comentado.

  

El presente ejemplar se encuentra en conservación VF+ ya que tiene las hojas de la corona de laurel casi completas mostrando mas de la mitad de sus nervios. También en el reverso puede apreciarse una parte importante de la melena de los leones del escudo. Al tratarse de una pieza corriente de Cádiz la graduaremos en la misma forma que la de los 8 Reales comunes de Fernando VII, con un valor y precio de mercado de 200€ en VF+ (185€ en VF y 250€ en XF).

 

Figura 134.3

 

La pieza de la FIGURA 134.3 es un 5 Pesetas acuñado en Tarragona en 1809 a nombre de Fernando VII. Esta moneda alcanza un valor equivalente en las ediciones de 2008 de CALICÓ (150€ en VF) y de CAYÓN 1898 (20.000P en lo que suponemos VF). Igual que la pieza anterior VICENTI refleja un cambio muy importante de su precio entre 1968 a 1978, pasando de 2.500P a 17.500P. PEIRO 2007 expresa la estabilización del valor de esta pieza en los últimos años, con 240€ en VF y 320€ en XF. La presente pieza presenta un gastaje muy generalizado, evidenciado principalmente en las flores de la corona y en la parte alta de la denominación. Por ello, su grado de conservación es F, con un valor y precio de mercado como el de las piezas comunes de este Rey: 150€ en F.

 

Figura 134.4

 

La pieza fotografiada en la FIGURA 134.4 es un 30 Sous acuñado en Palma de Mallorca en 1808 a nombre de Fernando VII. Nuevamente CALICÓ y CAYÓN  coinciden en asignar un valor semejante en VF a esta pieza en las últimas ediciones de sus catálogos: 200€ y 30.000P respectivamente. VICENTI fijaba un valor comparativamente alto a esta pieza en 1968: 5.000P, pasando a 25.000P en 1978; PEIRO 2007, por el contrario fija esta pieza un valor prácticamente mitad del de la pieza equivalente de Tarragona: 120€ en VF y 170€ en XF. La presente pieza se encuentra en XF, distinguiéndose los detalles del castillos y las palmeras del escudo de Mallorca, así como los florones de las corona sobre este escudo. Nosotros consideramos que esta pieza tiene una rareza equivalente a la de Tarragona, siendo el mismo que el de las piezas comunes de 8 Reales de Fernando VII, con un valor y precio de mercado de 250€ en XF.

 

Figura 134.5

 

Por último la FIGURA 134.5 muestra una medalla de Fernando VII acuñada en 1823 en la Casa de Moneda de Sevilla con ocasión del restablecimiento del poder absoluto de Rey tras la entrada en España de los llamados Cien Mil hijos de San Luis como consecuencia de la petición formulada por el Monarca a la Santa Alianza que agrupaba a las potencias absolutistas de Europa. La medalla se encuentra en excelente conservación aunque muestra algún desgaste en la patilla y la mecha central del cabello del Rey, así como en el nervio central de las flores de lis del escudo de los Borbones, en el reverso, lo que evidencia que llegó a circular como moneda.  Por tanto, su conservación será XF y su precio, lo asignaremos, convencionalmente, como de 150€.

 

134, THE PENINSULAR 8 REALES FOR FERDINAND VII’S NEED

 

All conflict carries with it a noticeable change of the conditions in which economic activity unfolds. This alteration is characterized by its bluntly, compared with the variations that the regular economic crisis caused in this type of activity, which despite the intensity they reach, they come and go, more or less gradually. If this is a fact for every war, it is even more in the case of the civil wars. We can consider the case of the American Civil War or of the Spanish Civil War (1936-1939). In these conflicts, on the one hand the circulating currency, especially when it is composed of precious metals, it tends to be hoarded, disappearing from its ordinary course, and on the other hand the isolation in which certain areas are that, in some cases, they cannot receive from the issuing centres enough coins that meet the needs of the trade.

This decline of the current asset is aggravated in many cases by a greater need for cash in circumstances of war, to: deal with the payment of wages to soldiers, ensuring supplies and acquiring the necessary equipment to face the military requirements. These needs have been historically faced thanks to the issue of the so-called obsidional coins or in need, usually minted under Local Authorities whose scope was limited to a province or a municipality, as it is the case of municipal issues carried out by many Councils in villages located in both areas during the Spanish Civil War, always made of base metals and low denominations.

This type of issues of coins, in fact, fiduciary, was especially problematic in the times previous to the 20th century, when 25 centuries of circulation of currency issued with reasonable amounts of gold and silver made the population get used not to accept as a means of payment currency substantially away from its intrinsic value. Therefore, historically, the coins in need issued in that time had necessarily a high proportion of precious metal, although it had to be obtained through requisition of individuals’ precious objects. A well-known example of this are coins in need issued by the troops of Charles I of England and by those of the Parliament, confronted in the English Civil War that took place during the middle of the 17th century, when they lived with the coinages of coin with the regular denominations, weight and fineness cast in the provincial mints as: Exeter or Oxford.

The issues in need were also attributable to this double requirement. On the one hand, coins of 8 reales were issued which we can call conventional on behalf of Ferdinand VII in mints of: Reus, Valencia and Cadiz, with types more or less similar to the regular issues of Seville and Madrid. These mints were operating at least since Philip III, they always minted coins called Reales of silver with the usual weight and fineness (26.7 grams and approximately 900 thousandths). On the other hand, in those places where it was not possible the arrangement of the complex equipment for the production of this type of coinages, they minted coins carved out on the basis of hallmarks with which the stamps are opened, caring more about the weight and the fineness of the coins than about the careful of their designs. This would be the case of the Catalan mints of Girona, Lleida, Tarragona and maybe Tortosa, as well as Palma de Mallorca.

They are examples of the first type coins in the Figure 134.1 (with the 8 reales of 1811GS of Valencia) and in Figure 134.2 (with the 8 reales of 1813 of Cádiz), while in Figure 134.3 (with the 5 pesetas of Tarragona of 1809) and in Figure 134.4 (with the 30 Sous of Mallorca of 1808) we actually have two examples of coins in need. Finally, in Figure 134.5 we have a medal of Seville of 1823 of Ferdinand VII which, although it is not strictly coins in need, shows signs of having circulated (we assume that at the instance of the supporters of the absolutism, given the characteristics of its legend like REPLACEMENT IN THE INTEGRITY OF ITS SOVEREIGNTY) we assume that with enough acceptance, given its characteristics of good fineness and weighing slightly more than those of the eight-real coins (28 grams versus the usual 26.7 grams of the rest of the coins).

As regards the issues of Cádiz, these were authorized by the Supreme Central and Governmental Junta of Spain and the Indies which established in Seville move to Cádiz part of the necessary tools for the manufacture of currency, given the possibility that Seville was occupied by the French. This was the reason why from 1809 to 1814 the coinage in the name of Ferdinand VII in Seville stopped, where only eight-real coins were struck in the name of Joseph Bonaparte in 1812. In that same year, Cadiz received a second lot of machines for coinage from the Mint of Madrid, when that city had to be evacuated one more time by the Spanish army. The entire infrastructure of coinage used in Cadiz from 1810 to 1815 was returned to the Mints of Madrid and Seville in 1815.

In Cádiz who always worked as main Assayer was Carlos Tiburcio whose initial (C) always appears in the first place, on the right of the coat of arms of the back. In first place, from 1810 to 1812, Idelfonso Urquiza, worked as the second Assayer, identify by the letter I and after him, Carlos Tiburcio, C; and then, from 1812 to 1815, Joaquín Delgado, identified by the letter J in the same place. The rarity of the coins of Cádiz is especially variable, depending on both, the date and abbreviations of the second assayer. The coins of 1813 and 1814, all of them with CJ are quite common, so we value them at the same price as the common coins of Ferdinand VII of Madrid or Seville of the period 1814 and 1820. The coins of 1811CI and 1812CJ, we consider them as rare, with a double value of common coins; those of 1810CI and 1811CJ as very rare, with a quadruple value; the one of 1814, as quite rare, with a value of eight times; and that of 1812CI as extremely rare, with a value of sixteen times that of common coins.

The issue of Tarragona of 1809 was carried out after the expulsion of the French from this city, after the disaster of the Bruch, first defeat of the Napoleonic troops in Spain, 44 days before the Battle of Bailén. The presence of the Spanish troops in Tarragona lasted until the capture of the city by the French on 28 June 1811. The coins in need of Tarragona have the same weight and fineness than the common eight-real coins, although its denomination is of 5 pesetas, in the same way used in the large coins of Joseph Napoleon minted in Barcelona, what means that the term "Peseta" (small peso) was more generalized in Catalonia than the Real, whenever they were in silver or billon. The design of these pieces is almost identical to the one of 5 pesetas of Lleida, being a debatable issue which of them was coined first and therefore inspired the design of the other. Another denomination of these coins, also popular in Catalonia, was Duro, name assigned as denomination of the coins in need of Girona that appears in that coin with the anagram of the name of the city (GNA).

The procedure for engraving of stamps based on hallmarks provided significant amounts of these coins coinage (Bofarul evaluates that 80,000 copies were issued), what together with the freedom with which continued to circulate until at least the end of the reign of Ferdinand VII, makes these coins not to be rare. We evaluate it with a similar price to that of the rest of the common coins of 8 reales of Ferdinand VII, minted in Madrid or Seville. The method of manufacture of artisanal nature of these coins makes the number of variants to be high. Francesc Padró in his article about this coin, published in the number 39 of the Gaceta Numismática published in Barcelona corresponding to December 1975, distinguishes up to 12 large varieties which he catalogues carefully.

We also recommend to those interested specifically in this type of coins to examine carefully the curve of increase in price of this coins in the market published in this article (through its appearances at auction) from 1965 to 1975, at 800 pesetas, in 1965, at 2,260 pesetas, in 1971, at 4,070 pesetas, in 1973 and at 8,780 pesetas in 1975. This is illustrative of the extraordinary increase in price that experienced these coins (that they multiplied by 10 in 10 years) in that period, when peninsular coins of 8 reales, nor cobs, were not absent. A controversial issue also was, at the time, if the coat of arms shown in this coin was of Catalonia or of Aragón, since there were authors who came to attribute this Duro to Zaragoza. E Goig, in the work cited in previous posts, clarified completely this issue, stating that the coat of arms  is without any doubt the one of Catalonia, given its design and the intention of the order which approved its issuance.

The issuing of coins of module of 8 reales of Mallorca (Figure 134.4) was cast in 1808, denominating it in Sous (30 Sous) coin of French origin which was used as currency account in the Balearic Islands. Its design is similar to the previous coin, although on its front, the denomination and the year are exchanged, while on its back appears the coat of arms of the Kingdom of Majorca, rather than the one of Catalonia. Its rarity is similar to the common coins of 8 reales of Ferdinand VII. An issue of the same type with the same denomination, but with the date and denomination exchanged, was made in 1821. Also, in 1823 this coins are issued with module of Palma de Mallorca, with circular hallmark in its centre, in which first there is the expression of constitutional King and then the restoration of absolutism in the same year, the King of Spain, with reference to Ferdinand VII.

The coin shown in Figure 134.1 is an 8 reales coined in the name of Ferdinand VII in Valencia with the acronym of the Assayer G, corresponding to Gregorio Lázaro and Sixto Giber. This last Assayer had already acted as sole Assayer in the issue of the Valencia coins marked with SG. Calicó evaluates this piece in 2008 at €1,000 rather than the €600 assigned to the variant with GS. Cayón shortens the distance between both variants with 250,000 pesetas in this case in 1998, compared with the 170,000 pesetas for the variant with SG, assessment that in both cases although being pieces in VF conservation, we believe exaggerated in relation to the current prices of these coins. To get an idea of the fall of the value of these coins, like that of most of the similar ones, we will say that the price of them in Vicenti 1968 was 35,000 pesetas for the SG and 25,000 pesetas for the GS, while Peiro 2007 evaluate them in VF at €1,000 and €1,400 respectively, being the CPI about 20 times lower than the current one.

This piece has a fairly widespread wear, although it retains remains of brightness, especially between the letters of the legend. In the same way of much of these coins, this copy has large openings of coinage in the front and back. We believe that its grade is F. In F, the grade of the variant with SG would be four times of the common coins of Ferdinand VII, this is €600. In this case, being the variant GS we believe that its value would be the double, €1,200. The market price would be almost the half, as a result of the weakness of the coinage, what impoverishes notably its appearance, €650 in F.

The coin shown in the photograph of Figure 134.2 is an 8 reales of Ferdinand VII coined in Cadiz in 1813 with the Assayers Carlos Tiburcio and Joaquín Delgado (CJ). This piece is evaluated in Calicó 2008 at €250. Cayón 1998 evaluates it in conservation that we consider the same as the VF of Calicó, at 40,000 pesetas. Vicenti pretends this piece pass from a price of 3,000 pesetas in 1968 to 25,000 pesetas in 1978; as we see, a very substantial increase, similar to the one of the coin of Tarragona as we mentioned before.

The present copy is in conservation VF+, it has almost complete the Crown of laurel leaves showing more than half of their nerves. An important part of the mane of the lions of the coat of arms can also be seen on the back. Considering that it is a current coin of Cádiz we give it the same grade as the common 8 reales of Ferdinand VII, with a value and market price of €200 in VF+ (€185 in VF and €250 in XF).

The coin of Figure 134.3 is a 5 pesetas coined in Tarragona in 1809 on behalf of Ferdinand VII. This coin reaches an equivalent value in the editions of 2008 of Calicó (€150 in VF) and Cayón 1898 (20,000 pesetas in, what we assume, VF). As in the previous coin, Vicenti reflects a major change in its price between 1968 and 1978, going from 2,500 pesetas to 17.500 pesetas. Peiro 2007 expresses the stabilisation of the value of this coin in recent years, with €240 in VF and €320 in XF. This coin presents a very widespread wear, mainly evidenced in the flowers of the Crown and in the upper part of the denomination. Therefore, its grade of conservation is F, with a value and market price as the common coins of this King: €150 in F.

The coin photographed in Figure 134.4 is a 30 Sous coined in Palma de Mallorca in 1808 o behalf of Ferdinand VII. Again Calicó and Cayón agree to give it a similar value in VF to this coin in the latest editions of their catalogues: €200 and 30,000 pesetas respectively. Vicenti set a comparatively high value for this coin in 1968: 5,000 pesetas, passing to 25,000 pesetas in 1978. On the other hand, Peiro 2007 sets to this coin almost half of the value of the equivalent coin of Tarragona: €120 in VF and €170in XF. The present coin is in XF, distinguishing the details of the castles and the palms of the coat of arms of Mallorca, as well as the rosettes of the Crown over this coat. We consider that this piece has an equivalent rarity to the Tarragona one, being the same as the common coins of 8 reales of Ferdinand VII, with a value and market price of €250 in XF.

Finally, the Figure 134.5 shows a Ferdinand VII medal struck in 1823 in the MInt of Seville on the occasion of the re-establishment of the absolute power of the King after the entry in Spain of the so-called one hundred thousand sons of Saint Louis as a result of the request made by the monarch to the Holy Alliance which grouped the absolutist powers of Europe. The medal is in excellent conservation, but it shows some wear in the sideburn and the central lock of the King, as well as in the central nerve of the flowers of lis of the coat of the Bourbons on the back, what proves that it came to circulate as currency. Therefore, its conservation is XF and its price, we assign, conventionally, at €150.

 

 

 

El domingo 1 de julio ya estoy despierto a las 5 de la mañana debido de nuevo, sin duda, al desfase horario. Tras tomar el desayuno al estilo americano –tortitas con jarabe de arce y abundante café aguado-, proseguimos nuestro viaje.

 

 

De camino a Moab

 

Al poco de salir de Glenwood Springs por la interestatal 70 (las carreteras así designadas suelen ser autopistas que atraviesan más de un estado) el paisaje empezó a cambiar; el verdor se amortiguó paulatinamente y la vegetación empezó a parecerse cada vez más a la del norte de Castilla. En Grand Jonction, ya cerca de la frontera con Utah, repostamos en una gasolinera; la sequedad de la atmósfera y el intenso calor de las regiones semidesérticas se hacían ya palpables. A partir de entonces, avanzamos por una carretera cuya línea recta se perdía en el horizonte y que discurría paralela a la vía del ferrocarril y al río Colorado, a estas alturas de color achocolatado, terroso, pero siempre con mucha corriente. Los convoyes ferroviarios con los que nos cruzamos eran larguísimos; tres locomotoras tiran por lo general de decenas de vagones de mercancías, formando convoyes de bastante más de un kilómetro de longitud. El paisaje se torna por momentos monótono, árido, con predominio del color blancuzco propio del yeso calcáreo, avanzándose por una inmensa y desolada planicie. Los pueblos son cada vez más pequeños y distan más entre sí. Al llegar a una localidad apenas visible desde el coche llamada Cisco optamos por tomar una carretera secundaria que se dirigía hacia el sur paralela al río. El Colorado, cuyo curso que habíamos seguido de forma intermitente casi desde su nacimiento en el parque de las Rocosas, volvió a aparecer en nuestro horizonte inmediato.

 

 

 

Nos encontramos en plena meseta del Colorado (la Colorado plateau), una vasta superficie de cerca de 180.000 kilómetros cuadrados (un tercio del total de la España penínsular) que se extiende por el oeste de Colorado, el sur de Utah, el noroeste de Nuevo México y el norte de Arizona, con una altura media de 1.500 a 2.200 metros, en la que la erosión causada por los ríos, el viento y la lluvia en la piedra arenisca ha dejado su impronta en los cañones, formaciones características de la región. Durante cerca de 70 kilómetros avanzamos por un territorio despoblado en el que las fuerzas de la naturaleza han dejado una indeleble impronta en el paisaje que se divisa formado por macizos de arenisca recortados de las más caprichosas maneras: mesas, montículos, pináculos, etc., formaciones rocosas que en adelante veríamos repetirse en los vastos secarrales de Utah y Arizona. Es uno de esos paisajes característicos del Oeste americano, el del territorio semidesértico con una orografía sumamente original. El impetuoso río Colorado serpentea entre aquel árido valle bordeado por elevaciones insólitas, de formas casi artísticas, y al este, allá a lo lejos, se divisan unas cumbres nevadas; ello no hizo sino que nuestras miradas se sumieran en un mágico estupor ante semejantes panorámicas. Pero aquello no era más  que  el  aperitivo  de  lo  que nos esperaba, pues ante nosotros teníamos al principal culpable de aquel   prodigioso   espectáculo:   el río  Colorado  fluyendo  impetuoso o  encalmado  por  momentos,  un río al que seguiríamos durante un buen  trecho  en  nuestra  incursión por tierras del otrora Lejano Oeste. Al salir del valle, el río se dirige hacia el oeste, dejando a un lado Moab,  pequeña  localidad  célebre por el turismo de aventura: rafting, excursiones en todoterreno y a caballo, barranquismo, etc. Gracias al agua del Colorado, el pueblo, enclavado en un extenso valle, tiene amplias zonas verdes y tierras de cultivo. La carretera, o calle principal, que atraviesa Moab de norte a sur está llena de moteles, agencias de turismo de aventura, supermercados, gasolineras, tiendas de minerales, pizzerías, hamburgueserías, etc. Hace un calor seco y en el motel en que nos alojamos, regentado por una joven pareja, nos dicen que es el final de la temporada alta, pues en invierno hace un frío intenso y en verano el calor es sofocante, llegándose con frecuencia a los 40 grados.

 

 

 

Grandes formaciones rocosas por todo el parque

 

Moab, a 1.300 metros de altitud y con una población cercana a los 8.000 habitantes, está cerca de nuestros dos próximos destinos –los parques nacionales de Arches y Canyonlands-, así que decidimos hacer de la localidad nuestro centro de operaciones. Además, no hay ningún otro núcleo habitado en decenas de millas a la redonda. Es como un oasis gracias a las aguas del río Colorado, que bordea la localidad por el norte. El Arches National Park está a pocos kilómetros del pueblo en dirección norte. Pasada la caseta de entrada, está el habitual centro de visitantes en el que puede conseguirse toda clase de información sobre el parque. Como es poco más de mediodía y el sol cae a plomo sobre la zona, nos quedamos a comer unos suculentos bocadillos mixtos acompañados de una ensalada en la única zona arbolada que se veía. Al poco tiempo, nos vemos invadidos por un tropel de turistas franceses de la tercera edad que viajan en autocar. En el curso del viaje, veríamos muchos europeos (sobre todo, nórdicos, alemanes, franceses, italianos y holandeses; apenas españoles, tan sólo alguna que otra pareja) recorriendo los parques nacionales del Oeste americano, debido sin duda a la baja cotización actual del dólar que, por una vez, hace que no resulte caro viajar por EE.UU., sobre todo si se evitan las grandes urbes. La verdad es que los moteles no son caros y se encuentran por doquier, la gasolina es entre un 40 y un 50 por ciento más barata que en Europa pese a haberse encarecido bastante últimamente y una comida normal no es mucho más cara que en un restaurante de medio pelo en casa. Estamos viajando con un presupuesto rayano en los cien dólares al día, lo que sería de todo punto impensable en el continente europeo. Por otro lado, la gente con la que nos encontramos es amable, los servicios son buenos y abundantes, la naturaleza tiene una singularidad y una belleza extraordinarias, y de momento el calor es soportable.

 

 

 

Balanced Arch

 

El Parque de Arches tiene más de dos mil arcos naturales abiertos en la roca, desde el más pequeño de apenas un metro hasta los 90 metros del Landscape Arch. Los arcos o ventanas son formaciones rocosas que tienen su explicación en múltiples factores: las temperaturas extremas (grandes diferencias entre el día y la noche, entre una estación y otra), las fuerzas de la naturaleza (el agua, el hielo, el viento), la frágil piedra arenisca, los movimientos de las capas de sal en el subsuelo, etc. El conjunto de esos factores ha producido una erosión única que da lugar a estructuras rocosas singulares; asimismo, debido a la presión de los estratos superiores y a la degradación de la arenisca, el interior de las paredes se vacía poco a poco haciendo que surjan los caprichosos arcos.

 

 

A la entrada del parque hay grandes formaciones rocosas que recuerdan estructuras arquitectónicas como los imponentes farallones de Park Avenue y las Torres de la Audiencia o el Órgano, que me traen a la memoria las singulares composiciones rocosas que hace unos años vi en el Parque Nacional de Ichigualasto, en las cercanías de La Rioja argentina. Más adelante, pueden verse unas dunas petrificadas de color calcáreo y algunas formaciones rocosas haciendo gala de un frágil equilibrio (una base grande y alta de color rojizo, un estrecho cuello blancuzco formado por la capa de sal y, a modo de remate, una roca redonda y de grandes proporciones). Hay, pues, farallones cortados abruptamente, rocas que hacen gala de un sutil equilibrio, pináculos, espirales, agujas y toda suerte de estructuras rocosas que recuerdan grandes edificios, órganos musicales, ballenas, tortugas u otros animales. La Ciudad Encantada de Cuenca, con sus extravagantes morfologías de piedra caliza, sería una muestra a escala muy reducida de cuanto puede verse aquí. Pero son sobre todo los arcos -en especial el solitario Delicate Arch, situado al borde de un cañón circular- los que atraen la atención del visitante del parque.

 

Landscape Arch

 

La vegetación es rala, escasa, salvo en algunas zonas resguardadas, y todo el espacio que se divisa tiene el tono rojizo propio de la piedra arenisca. Al fondo puede verse la cordillera de La Sal, llamada así porque los primeros europeos que avistaron estas tierras, los españoles, no podían creer que el blanco que cubría las  montañas  –que  llegan  a  alcanzar 4.000 metros de altura- fuera nieve dado el calor reinante en la zona.

 

 

Arco doble

 

El hombre blanco  llegó  a  la  región  a  principios del siglo XIX buscando minerales que pudieran proporcionarle      la ansiada riqueza,  pero  sólo  en  las  postrimerías de dicho siglo se asentó en el lugar el primer colono blanco, un tal John W. Powel, veterano inválido de la Guerra Civil que vivió junto con su hijo en una pequeña  cabaña  de  madera  cercana  a Delicate Arch y que se dedicó a criar y apacentar ganado.

 

 

Pero mucho antes vivieron  aquí  al  parecer  los  llamados pueblos ancestrales o anasazi, a los que nos referiremos más adelante al hablar de Mesa Verde National Park, si bien no  dejaron  vestigio  alguno. Después vinieron los indios ute, que sobrevivieron en   este   árido   paisaje   semidesértico cazando animales, recolectando plantas silvestres y tallando las piedras para hacer utensilios y armas. Como testimonio de su paso por el lugar dejaron algunos petroglifos en la roca. En total, la carretera se adentra en el parque unos 25 kilómetros siguiendo el eje norte-sur; además, hay unos seis kilómetros más en los dos caminos laterales que llevan al Jardín del Edén (en donde hay varios arcos de factura primorosa, si es que ello puede decirse de las obras esculpidas por la propia naturaleza) y al Delicate Arch..

 

 

El Parque de Arches se levanta sobre una cuenca de sal subterránea, la cual fue depositada en la meseta del Colorado hace millones de años cuando el mar cubría por completo la región, si bien en el transcurso del tiempo el agua se evaporó. La sal quedó cubierta por los residuos que arrastraba el agua y éstos se comprimieron hasta formar la piedra arenisca. Comoquiera que la sal es un elemento inestable, las capas de arenisca fueron sobrealzadas formando bóvedas y oquedades. Con posterioridad, al introducirse el agua y el hielo en las grietas abiertas en la roca, la piedra se fue fragmentando y adquiriendo la forma que le daba el viento. El resultado de esa labor de zapa efectuada por el agua y el viento en el curso del tiempo es que unas rocas se quebraron y otras sobrevivieron formando los arcos, que por presión de los lados laterales han perdido parte del núcleo central. Esa erosión propiciada por la climatología hace que  mientras unos arcos se destruyen otros se estén formando, creándose así un paisaje que cambia de forma paulatina. La sucesión de arcos que puede verse es vertiginosa: arcos dobles, arcos majestuosos, arcos robustos, arcos frágiles, arcos larguísimos que parecen estar a punto de quebrarse, arcos en forma de bóveda o de torre, etc. Pero hay uno que sobresale entre los demás, el Delicate Arch, un arco que se ha convertido en el símbolo de Utah (aparece en las placas de los automóviles de dicho estado) y que se erige en solitario,  con la silueta perfilada en medio de un vasto espacio al borde de un cañón circular. Es un arco original, como tallado por la mano de un escultor, un arco que aúna al máximo belleza y fragilidad, un arco con vocación de modelo, que parece estar posando y que se deja fotografiar por sus innumerables admiradores, que vienen, sobre todo al atardecer, a rendirle pleitesía, a presenciar cómo los últimos rayos de sol pasan por su oquedad, dando al rojo ocre de la arenisca un lustre especial, como si lo hiciera gravitar a orillas del abismo que se abre a sus pies. Ese primer día tan sólo pudimos verlo de lejos, en la distancia, con el cañón circular por medio, pero decenas y decenas de peregrinos o adoradores se acercan a él todos los atardeceres para gozar del prodigioso espectáculo. Contemplar en silencio, en comunión con la naturaleza, Delicate Arch a la luz del crepúsculo vespertino es un deleite inigualable para los sentidos. Uno de esos incomparables espectáculos que la naturaleza nos brinda de forma gratuita.

 

 

Mesa Arch

 

Vista desde Island in the Sky

 

Al  día  siguiente,  2  de  junio,  nos  dirigimos  temprano  a Canyonlands National Park, a unos 70  kilómetros al noroeste de Moab. En el camino, paralelo en ocasiones al curso del Colorado, no vimos ni un solo pueblo o aldea. En la zona central del parque confluyen las aguas de los ríos Green y Colorado, tomando luego el nombre de este último, si bien el río Green, que nace en Wyoming, es el doble de largo –casi 900 kilómetros- que el Colorado hasta ese punto. Es una meseta desolada, yerma, hendida profundamente por el curso de dichos ríos. Desde la parte superior, la gran mesa Island in the Sky (isla en el cielo, en español), se ven las grietas que han dejado en la meseta inferior los dos ríos, cuyas aguas discurren por el fondo del cañón; parece como si una zarpa gigantesca hubiera rasgado la tierra agitándose con violencia a derecha e izquierda y dejando en los bordes la blancuzca huella de la sal. Las corrientes fluviales han erosionado la meseta de piedra arenisca, creando toda suerte de formaciones rocosas. Desde la meseta en que nos encontramos –la parte que se ha sobrealzado debido a la presión estructural de los diferentes estratos de piedra-, puede verse el nivel inferior la meseta, unos 400 metros más abajo; ésta, a su vez, está resquebrajada por los ríos que han horadado los sinuosos cañones entre los que discurre impetuosamente la corriente fluvial 300 metros por debajo. En el punto inferior, pues el desnivel es de unos 700 metros respecto de la mesa.

 

 

Servicio de rangers

 

El parque tiene tres zonas bien diferenciadas: la mencionada mesa, Maze y Needles (laberinto y agujas, en español), de las que sólo visitamos la primera, Island in the Sky. La línea que marca la divisoria de las distintas zonas viene dada por la confluencia, en la parte central, de los ríos Green y Colorado. El parque fue creado en fecha relativamente reciente, a mediados de los años sesenta; hasta entonces, sólo indios ute, vaqueros, exploradores de ríos y buscadores de minerales se habían atrevido a hollar la zona, lo cual no tiene nada de extraño pues en ella apenas hay vegetación ni vida animal y el abundante caudal de los ríos discurre al fondo de los cañones, por unas profundidades casi insondables. Es un territorio inabarcable, desolado, salvaje, de una belleza singular, en el que apenas ha dejado su huella la mano del hombre. Es la naturaleza en estado prístino, agreste, dura a la vez que hermosa. A centenares de metros por debajo de la mesa central en que nos encontramos se ven enormes circos a los que se desciende  por estrechos caminos que serpentean por las abruptas cortadas y por los que sólo pueden circular conductores temerarios al volante de vehículos todoterreno.

 

 

Mirador desde Island in the Sky

 

No hay una sola sombra en el horizonte y hace mucho calor. Apenas hay nadie visitando el parque. Las vistas que se divisan desde la mesa son impresionantes; una naturaleza implacable, desolada pese a su belleza, un paisaje yermo que se pierde en un horizonte lejano. Los diferentes matices de rojo de la arenisca bajo el cenit solar lo impregnan todo. La plataforma inferior es una meseta de caliza calcárea llamada White Rim (en lo que a cañones se refiere, el rim o borde marca el límite de la meseta que ha sufrido la erosión; en este caso es blanco porque el estrato de sal ha aflorado a la superficie). Y al fondo del todo está el cauce de los ríos, impenetrable y prácticamente invisible, que discurre entre las estrechas paredes del cañón del Colorado. Al este, se divisan las níveas cumbres de la cordillera de la Sal. Hacia 1870, como ya he dicho, John W. Powell, un veterano de la Guerra Civil que descendía en barca por los ríos de la zona, decidió asentarse con su hijo en la región, en concreto en lo que hoy es el parque nacional de Arches, que reúne mejores condiciones para la subsistencia que Canyonlands, pese a no tener apenas agua. Es una región extraña, de una belleza y desolación únicas, de dimensiones gigantescas, en la que la vista se pierde en el horizonte brutalmente rasgado por las hendiduras blancuzcas de los cañones. En adelante, siempre asociaré la desolación a espacios inmensos como éste y el californiano Valle de la Muerte.

 

Ascendiendo desde la meseta

 

Saturados de las vistas panorámicas que podíamos divisar a ambos lados de la mesa en que nos encontrábamos, decidimos descender al nivel inferior, situado a unos 400 metros por debajo de nosotros. El sendero discurría en zigzag por una escarpada pared expuesta a la implacable radiación solar a esas horas centrales del día. Al llegar a la meseta inferior, se extendía ante nosotros una llanura desolada, quebrada por algún que otro montículo y calcinada por los rayos solares. No había protección alguna contra el astro rey y proseguir por aquel páramo achicharrado hubiera sido una auténtica temeridad, así que optamos por descansar un rato en la exigua sombra de una grieta abierta en la roca, beber agua en abundancia, ingerir algún alimento para reponer fuerzas y volver sobre nuestros pasos para remontar el arduo y empinado sendero. En apenas dos horas de marcha yo tenía los labios agrietados, la piel enrojecida pese a la crema protectora y no me saciaba de beber agua. Una vez arriba, emprendimos el camino de regreso y, en sucesivas paradas, pudimos ver otros parajes del parque con formaciones rocosas como la Ballena y la Cúpula sobrealzada, -que más parece un cráter a causa de la erosión experimentada-, el precioso Table Arch, imponentes paredes rocosas de color rojizo y ocre del circo inferior, prodigiosas hendiduras trazadas por el curso de los ríos, etc. Lo mejor del parque es, sin duda y no me cansaré de repetirlo, esa sensación de inmensidad y desolación en la que los elementos climatológicos (el agua, el viento, el sol, el hielo) han dejado una profunda huella en tres niveles distintos. Desde luego, no me agradaría nada perderme en un lugar como  Canyonlands.

 

 

En el camino de regreso a Moab nos detuvimos en el Parque Nacional de Arches para intentar ver de cerca el Delicate Arch al atardecer. El día anterior no pudimos aparcar el coche en el estacionamiento más próximo al arco porque estaba a rebosar, así que nos tuvimos que conformar con verlo de lejos. Para llegar hasta él hay que ascender por un sendero de 2,5 kilómetros de moderada dificultad que a veces se confunde con la roca viva, por el que continuamente se ve gen- te circulando. Pero al atardecer casi todo el mundo sube para contemplar la impresionante puesta de sol que se ve desde la plataforma donde se levanta el arco. Parece que fueran adoradores de un culto esotérico que quisieran captar ese instante de suma belleza en que los últimos rayos sola- res del crepúsculo entran por el vano que deja el frágil arco. Ya arriba, hay una especie de vasto anfiteatro desde el que puede verse el artístico arco que se erige en solitario para disfrute de todos los espectadores de la función diaria.

 

Subiendo a Delicate Arch

 

Parece frágil, como si estuviera a punto de quebrarse (¡ojalá no lo haga!), posando enorgullecido para que sus numerosos admiradores le fotografíen en el cenit de su esplendor, al borde del abismo que se abre a sus pies, como si quisiera desafiar todas las reglas de la naturaleza y decirnos: “Aquí me tenéis, a solas, y, como bien podéis comprobar, soy el más bello de los centenares de arcos que hay en el parque. Soy realmente único”. Mientras tanto, sus adoradores lo contemplan extasiados en medio de un silencio sepulcral sólo quebrado por algún que otro susurro de admiración y el clic de las cámaras analógicas. Desde luego, el esfuerzo que representan los cinco kilómetros del camino de ida y vuelta bien valen esos instantes de comunión con una naturaleza tan prodigiosa. Hay algo de mágico, de místico, en esa con- fluencia crepuscular entre el delicado arco y los rayos solares. Es como captar lo inasible, como el “dar a la caza alcance” de San Juan de la Cruz. Es un instante único que no dudo recordaré toda mi vida.

 

 

Delicate Arch

 

Para el día siguiente, 3 de junio, habíamos contratado un descenso en rafting por el río Colorado con una agencia de deportes de aventura de Moab. Salimos unas 15 personas en uno de esos añejos autobuses que antaño se dedicaban al transporte escolar y nos adentramos unos 30 kilómetros en el interior del cañón por el que habíamos transitado dos días atrás. Haríamos dos descensos por el río, de media docena de kilómetros cada uno aproximadamente, con parada para tomar una comida campestre en la orilla. El coste de toda la actividad, picnic incluido, ascendía a la bagatela de 43 dólares. Casi todos los participantes éramos europeos (un grupo de jóvenes belgas, una pareja de holandeses y nosotros cuatro) y nos repartimos en dos grandes botes neumáticos. El jefe de la expedición era un tipo cincuentón curtido en todo tipo de recorridos aventura por este territorio del salvaje Oeste; era de contextura fuerte y tenía la piel tan bronceada que difícilmente se podía distinguir cuál era su color original. Podía verse que disfrutaba de su trabajo y, dando muestras de una locuacidad e ingenio sin par, nos fue contando durante el camino todo lo concerniente a la historia del lugar, a las singulares características del paisaje y al turbulento río. Éste, de color achocolatado (¡qué diferencia de las aguas verdes del Rhin o de los ríos suizos!), discurría por momentos encalmado y otros se transformaba en impetuosos rápidos. Compartíamos el bote con una pareja de homosexuales holandeses y con el remero, un veinteañero de Sal Lake City de fornidos brazos e intelecto no excesivamente dotado, por decirlo de la mejor manera. En puridad, no se trataba de una actividad de rafting propiamente dicha, pues nosotros no remábamos, es decir, no participábamos activamente en el descenso. En esta época del año el río tiene un abundante caudal a causa del deshielo, pues había nevado mucho en invierno y, en consecuencia, hay menos corrientes en la superficie y menos rápidos.

 

Preparando una jornada fluvial

 

Al principio el bote discurría por aguas encalmadas, pero en ocasiones (poco más de media docena en total) se adentraba en un rápido, siendo levantado por el ímpetu de las aguas que, formando pequeñas olas, entraban soliviantadas en su interior. En esos momentos, bien aferrados todos a las cuerdas del bote y con las ropas húmedas por las salpicaduras del agua, la experiencia cobraba todo su significado. A mediodía, en medio de un calor relativamente soportable, nos detuvimos en una orilla para comer: mexicones (ensalada variada profusamente sazonada con queso rallado hasta formar un engrudo alimenticio envuel- to en tortillas de trigo en forma de cono de helado) y fruta abundante, todo ello regado con una limonada.

 

Descendiendo por el Colorado

 

El avezado guía era a la vez naturalista, historiador, cocinero, cuentacuentos y cuanto fuera menester con tal de mantenernos entretenidos; un auténtico animador social además de aventurero, y a fuer de ser sincero confieso que consiguió plenamente su objetivo.

 

Atrapados en un rápido

 

Si bien en ningún momento llegamos a sentir riesgo, al menos disfrutamos de la experiencia de avanzar por el caudaloso río por aquellos parajes entre cañones abiertos, con algunas mesas y montículos en segundo plano y, allá al fondo, las cumbres nevadas de la cordillera de la Sal. Por la tarde, tras embarcar una joven regordeta y simpática mormona junto con su hijo en sustitución de los dos holandeses, proseguimos el descenso sumiéndonos de cuando en cuando en las aguas turbulentas de un rápido para volver enseguida a aguas encalmadas, por lo que no puede decirse que el río Colorado nos mostrara su cara más temible.

 

"Mexicones" y otras viandas

 

De regreso a Moab, cogimos el coche y, por territorio de- solado, paralelo a las lindes de Canyonlands, nos dirigimos hacia el sur, pasando por Monticello y regresando al vértice inferior del estado de Colorado. Ya en él, el paisaje varía bastante: las vastas extensiones desoladas de arenisca dejan paso a bosques de coníferas y praderas en las que podían verse vacas paciendo. Próximos a nuestro destino, vimos desde la carretera cómo encerraban en los corrales un rebaño de centenares de vacas, arreadas sobre todo por jóvenes y atractivas vaqueras a caballo. A la entrada de Cortez, a unos 15 kilómetros del Parque Nacional de Mesa Verde, nos paramos ante un gran letrero con luces de neón que anunciaba un motel (el empleado era un indio de Bombay, que nos pidió por dos habitaciones dobles la bagatela de 100 dólares). Luego veríamos que el pueblo estaba literalmente sembrado de moteles, seguramente por su proximidad al Parque de Mesa Verde.

 

Restaurante al puro estilo country

 

Cenamos requetebién en un delicioso restaurante-cervecería especializado en carne -yo me tomé un T-bone steak al estilo de Kansas con abundante guarnición-, como correspondía a aquel territorio de vastas praderas. Por vez primera nos cargaron un 15 por ciento en concepto de gratuity o servicio (lo normal en EE.UU. es dar ostentosas propinas –alrededor  del 10%- en consonancia con el importe de la cuenta, pero dejando siempre la magnanimidad a discreción del cliente), algo que se repetiría con cierta frecuencia a partir de entonces. Junto a nuestra mesa había una pareja con dos niñas chinas adoptadas que no paraban de juguetear. Por otro lado, tenían todo tipo de cervezas de elaboración local: de trigo, con más o menos lúpulo, maltas, tostadas, etc., que suelen ser más ricas que las banales marcas habituales tan poco consistentes y que tanto dinero se gastan en mercadotecnia.

 

Lunes 07 de Abril de 2014 22:55

¡Fittipaldi!

por Juan Pedro Escanilla

En cualquier país serio, el incidente de Esperanza Aguirre con los policías municipales (o agentes de movilidad, según quien lo cuente) no habría merecido más que unas líneas en las páginas de sucesos del día siguiente.

En el nuestro, el debate político se enmascara y se esconde en este tipo de chorradas porque no es políticamente correcto que se reconozca a las claras que en el seno del PP de Madrid hay una lucha sorda por el poder entre sus dos damas principales: Ana Botella y Esperanza Aguirre.

Después de todo es un incidente banal: La Aguirre hizo algo que hacen a diario muchos madrileños: aparcar donde pueden cuando se les obliga a dar cien vueltas para gestiones que consumen apenas unos minutos cómo comprar el periódico, ir al cajero o dar un recado rápido en un portal o en una tienda.

No creo que los agentes tuvieran intenciones especialmente animosas contra ella. A lo sumo comprendo que, al comprobar la pieza que habían cazado, quisieran regodearse un poquito. Es humano.

A partir de ahí los acelerones, las embestidas y las persecuciones dignas de un guion cinematográfico son semilla para el cotilleo y las declaraciones solemnes y ahuecadas del tipo: La ley es igual para todos. Cómo si no fuera obvio. Cómo si importara.

Lo que importa es que el PP de Madrid, y por ende el nacional, tiene un buen dilema: Parece claro que Ana Botella no puede ganar la alcaldía y que sin la alcaldía no se puede ni soñar en ganar la Comunidad. ¿Puede hacerlo Esperanza Aguirre? Es más difícil de saber. Yo no pienso que este incidente le perjudique mucho ya que su gesto es bastante consistente con su imagen habitual de mujer echada p’alante, algo chulesca y sin pelos en la lengua. Hay una parte del electorado de derechas que es así. Y, por otra parte, muchos automovilistas que circulan por Madrid han tenido en alguna ocasión ganas de decirle a un guardia exactamente lo mismo que ella: oiga mire, si me tiene que poner una multa póngamela pero, por favor, no me sermonee, que deje la catequesis hace años.

Porque lo más surrealista de todo esto es que izquierdas y derechas hayan descubierto de repente que tenemos una policía municipal magnífica y que por Madrid se circula perfectamente y sin ningún problema gracias a ellos que, por supuesto, no están ahí para recaudar.

Supongo que si, finalmente Esperanza Aguirre es la candidata a la alcaldía, será la candidata Fittipaldi.

La verdad es que cuando me pidieron que hiciera una bavarois no me hizo mucha ilusión. En general no me hace mucha gracia la gelatina porque me parece que hace que las mousses parezcan más....sintéticas. Además se me ocurrió abrir el Larousse de los Postres y vi unas fotos de unas bavarois de castañas o algo así - vamos, que de un color de todo menos apetecible, en moldes en forma de anillo (como un gran donut), con churretones de nata y una guinda encima de cada churreton de nata-, en plan "estética años 80", la época de los melenoncios raros y los looks rockero-cutres o, según se mire, la época de dar rienda suelta al lado hortera de cada cual.

En este punto no andaba yo muy animada con la idea, pero como donde manda patrón no manda marinero, me puse a buscar una alternativa más a mi estilo.

En principio intenté buscar alguna tarta que incluyese un componente de bavarois porque el mes de abril es el maratón de los cumpleaños en mi familia, así que en mayo o nos ponemos todos a comer ensaladas y macedonia o a julio llegamos rodando justo a punto para la primera prueba del biquini.

Como había que dar por el gusto al patriarca, me decidí por una tarta de nueces,que le encantan y, al tratarse de su cumple tiré la casa por la ventana y saqué una de mis preciadas vainas de vainilla que guardo como oro en paño. Cómo me gustan los puntitos negros que dejan... La base es la que hago para la típica tarta de limón con merengue y entre la base y la bavarois de vainilla puse unas nueces y un caramelo con una pizca de sal - menos de lo normal para no matar el sabor de la vainilla.

El resultado final me ha medio convertido al mundo de las bavarois: todavía tengo pesadillas con las de estilo retro, pero tengo que reconocer que quedó con la consistencia perfecta y tenía el sabor a vainilla auténtica que le daban mis queridos granitos negros. Además incorporé la bavarois en una tarta con la base y las nueces crujientes porque me gusta que los postres tengan distintas texturas: NADA DE CHURRETONES DE NATA SOBRE UNA BAVAROIS!!.

Completé la producción con esta tarta de zanahoria, de la que ya había hablado en el blog y unos cupcakes de vainilla y trocitos de chocolate y buttercream de vainilla. Vamos que ayer estaba yo con la fábrica en plena producción, como los pasteleros de Formentor haciendo roscones el 5 de enero. De hecho la mayoría de la gente no entiende cómo le puede gustar a alguien "pegarse semejantes palizas". Pues porque a los aficionados a la repostería y a la cocina nos encanta cebar al personal y nos da un subidón cuando alguien prueba algo y te dice lo bueno que está o, mejor aún, te pide la receta!

 

 

 

Tarta de nueces, caramelo y bavarois de vainilla

Base

 

105gr harina

43gr azúcar glas

medio huevo

1/4 vaina de vainilla

63gr mantequilla

13gr almendras molidas

1/2 cucharadita de sal fina

 

1. Tamizar la harina y el azúcar en dos boles separados. (Yo me niego a hacer esto, me parece manchar por manchar)

2. Cortar mantequilla en trozos y amasar con una cuchara para ablandarla. Añadir el azúcar, las almendras, la vainilla, el huevo y la harina y remover todo bien.

3. Formar una bola y refrigerar durante al menos 2 horas.

4. Pasado ese tiempo, precalentar el horno a 190ºC, untar con mantequilla el molde (en mi caso por las cantidades uno de unos 15cm de diámetro).

5. Extender la masa y colocar en el molde.

6. Cubrir la masa con papel sulfurizado y legumbres y cocer así durante unos 18 minutos. Pasado ese tiempo, retirar el papel y las legumbres y cocer otros 10 minutos o hasta que la masa esté dorada.

7. Sacar del horno y dejar enfriar.

 

Bavarois de vainilla

 

133gr leche entera

una vaina de vainilla

2 yemas de huevo

33gr azúcar

2 hojas de gelatina

133gr nata (35% mat grasa)

 

1. Poner la leche y los granos de la vaina de vainilla en un cazo y calentar a fuego medio hasta que hierva. Mojar las hojas de gelatina en agua fría.

2. Batir las yemas de huevo con el azúcar.

3. Cuando la leche esté hirviendo echar poco a poco en la mezcla de las yemas, batiendo todo el rato para evitar que se cuaje. Pasar a un bol sobre un cazo con agua hirviendo y calentar, removiendo, hasta alcanzar los 84ºC. En este momento se añaden las hojas de gelatina, se remueve bien y se retira del fuego.

4. Batir la nata hasta que forme picos, incorporar a la mezcla cuando se haya enfriado hasta unos 30ºC, verter sobre el molde (un anillo o un molde circular) y refrigerar durante, al menos, 12 horas.

 

 

Caramelo

 

100gr azúcar

100gr nata

sal (al gusto)

70gr mantequilla en dados

 

1. Calentar el azúcar hasta obtener un caramelo oscuro.

2. Calentar la nata.

3. Verter la nata sobre el caramelo removiendo bien para que no se solidifique por el cambio de temperaturas.

4. Añadir la mantequilla fria con el batidor de varillas y la sal.

5. Dejar enfriar.

 

 

 

 

Montaje de la tarta

 

Colocar sobre la base unos 80gr de nueces tostadas anteriormente. Verter el caramelo hasta que quede a un nivel ligeramente inferior al de las paredes laterales de la base. Finalmente colocar el disco de bavarois encima y unas nueces encima para decorar.

 

 

 

 

 

 

 

 

Las emisiones de 8 Reales en Madrid y Sevilla de Fernando VII, incluso las que fueron realizadas durante el periodo de la Guerra de la Independencia (1808-1814) obedecen a la lógica normal de la acuñación monetaria española. Estas Cecas eran las que producían la totalidad de las emisiones en plata durante los reinados de Carlos III y Carlos IV, y por tanto en la medida en que las ciudades donde estaban enclavadas se encontraban en poder de Autoridades que reconocían la soberanía de Fernando VII, continuaron emitiendo en nombre de este Rey. Ciertamente, los tipos de 1809-1809, de Sevilla y de 1812-1814 de Madrid no obedecían al tipo oficial del retrato del Rey que a partir de 1810 se acuñaría en Indias y en Cádiz; pero en los primeros años de la Guerra no puede aún hablarse de un tipo oficial ya que incluso en Madrid durante todo 1808, año en el que además de reinar Carlos IV, reinaron también Fernando VII (brevemente) y José Napoleón, se continuaron acuñando monedas de 8 Reales a nombre de Carlos IV.

Esta práctica de continuar emitiendo moneda a nombre de un rey que ya no lo era, ha sido una práctica común, tanto en España e Indias como en otros países. Ello obedece a que el proceso de grabación de matrices  y apertura de cuños con nuevos diseños no es una cuestión baladí, por lo que las Casas de Moneda tienden a continuar emitiendo con los troqueles anteriores hasta que se ha efectuado el proceso de selección de bajorrelieves y preparación de las matrices. De esta manera al quedar descentralizado el Estado como consecuencia de la pérdida de la capital  controlada por los franceses, y asumido el poder por Juntas Locales en las provincias, nada tiene de extraño que en las de otras ciudades que ya anteriormente habían alojado Casas de Moneda, como Barcelona en el Principado de Cataluña y Valencia en el Reino de su nombre, bajo la autoridad de sus Juntas Superiores emitieran moneda adaptando sus tipos cuyo diseño en cuanto al retrato del Rey se basaba en las pautas seguida para las emisiones peninsulares de Carlos III y Carlos IV, ésto es busto revestido por túnica condecorada, con cabeza desnuda, mientras que el reverso continua con la misma disposición anterior. Ciertamente en las piezas de Carlos III y Carlos IV, la cabeza del Rey aparece con peluca y coleta, lo que no ocurre en las de Fernando VII, pero la razón es que las modas habían cambiado, y después de la Revolución, primero en Francia y después en los otros países europeos, el pelo empieza a peinarse en forma natural, y no a cubrirse con una peluca.

Este tipo de composición es la que se da en los 8 Reales de Cataluña de 1809 y 1810, así como en el 8 Reales de Valencia de 1811 (muy semejante en cuanto al retrato del rey) y en los 8 Reales de Sevilla de 1808 y 1809 (ya con un retrato mas diferenciado). Estos diseños, los de Cataluña y Sevilla, acaban desembocando en la utilización del busto coronado del monarca usado ya en Cádiz desde 1810, a partir de la instalación de la Ceca de Cataluña en Palma de Mallorca en 1812 por vicisitudes de la Guerra y de la definitiva expulsión de Sevilla  de los francceses, lo que permitió reanudar las emisiones en 1814, ya con el diseño normal del busto de Fernando VII.

Hemos de hacer notar que estas emisiones, las de Cataluña, Valencia y Sevilla, no se realizan con una vocación local, a la manera de las monedas punzonadas catalanas, sino con la intención de que pasaran a integrarse en el circulante nacional, al menos en las zonas que reconocían la soberanía de Fernando VII, ya que fueron acuñadas en unos momentos en los que estas ciudades no estaban sometidas a sitio, lo que permitía a los particulares la entrega de plata para su labra y la posterior dispersión de las monedas acuñadas.

Con respecto a la Ceca de Cataluña, establecida primero en Reus donde acuñó en 1809 y 1810 y luego trasladada alternativamente a Tarragona, donde acuñó cobre principalmente, y posteriormente a Palma de Mallorca, por los Balances de sus Cuentas, publicados por su director Juan Amat en Palma de Mallorca en 1813 y en Barcelona en 1816, conocemos el número total de ejemplares emitidos de 1809 a 1814, para cada denominación. Estas cifras, citadas en el libro de E. Goig, La Moneda Catalana de la Guerra de la Independencia, en cuanto a moneda de plata son las siguientes: 8 Reales, 445.946 ejemplares; 4 Reales, 205.015 ejemplares; 2 Reales: 1.511.738 ejemplares; 1 Real 82.560 ejemplares; medio Real, 26.650 ejemplares.

Llama la atención que con un número de ejemplares de casi medio millón, los 8 Reales con la C de Cataluña como marca de Ceca, sean tan raros hoy en día, con una diferencia de precio de casi 10 a 1 con respecto a las piezas punzonadas de Gerona o Tarragona, con un tiraje unas 10 veces inferior. La hipótesis formulada por E. Goig es que al tratarse de piezas emitidas con la intención de circular por toda España, fueron fundidas, por una parte en la misma proporción que el resto de las monedas de 8 Reales de los Borbones (nosotros en entradas anteriores ya supusimos que estas habían sido fundidas en una proporción de 100 a 1) cuando se verificó el cambio de sistema monetario con Isabel II, y por otra parte, al incorporar el retrato del Rey, fueron  también objeto de intensa requisa y fundición en las zonas del Principado dominadas por José Napoleón, como Barcelona y su comarca.

Las monedas de la Ceca de Cataluña de 1809 y 1810 fueron emitidas en Reus (Tarragona) con busto imaginario, a la manera de los de los reyes anteriores al no disponerse de troqueles oficiales para su utilización en las cecas peninsulares. Las primeras monedas acuñadas en 1809 tienen la peculiaridad de incorporar en su reverso la sigla del grabador Manual Pelequer (MP) en lugar de las de ensayador o ensayadores. Iniciada ya la acuñación, se corrigió esta anomalía, pasando ya todas las monedas de oro o plata, de la Ceca Catalana a incorporar las siglas de los Ensayadores: Pablo Sala y Juan Bautista Ferrando (SF). Las piezas de 1809 con marca MP son algo mas escasas que las que llevan la marca SF. Por su parte, las piezas datadas en 1810 son también algo mas escasas que las de 1809 marcadas con SF.

El 9 de mayo de 1811 se inician los trabajos para el traslado de la Casa de Moneda de Tarragona, donde se había instalado provisionalmente al ocupar Reus los franceses, a Palma de Mallorca, en busca de una mayor seguridad (haciendo bueno el nombre de ceca itinerante, como también se denomina el lugar de acuñación de las monedas marcadas con C. Finalmente el 2 de junio de 1811 llegó todo el material de acuñación  a Palma y se comenzó a labrar moneda en agosto de ese año. El fin de los trabajos de acuñación esta ciudad tuvo lugar el 30 de junio de 1814. El detalle con el que podemos conocer estas fechas, se debe a la minuciosidad del trabajo mencionado de José Amat, obra que echamos de menos en cuanto a la descripción de la forma de operar de otras cecas, incluso en tiempos menos azarosos.

DASÍ 1950 recoge la existencia de un 8 Reales de 1811C con la figura coronada del Rey, cuya fotografía publica, pero sin indicar la procedencia de la pieza reproducida. Ya HERRERA 1914 había señalado en la existencia de la fecha de 1811C con el mismo busto de 1809-1810, pero sin incluir fotografía, por lo que hoy en día se duda de la existencia de esta pieza. DASÍ 1950 recoge además de la pieza señalada anteriormente también la moneda señalada por HERRERA. Posteriormente, tanto YRIARTE 1965 como CALBETÓ 1970 vuelven a reproducir la misma fotografía de poca calidad de la pieza coronada de 1811C publicada por DASÍ. También la obra mencionada de E. Goig admite la existencia de esta pieza, aunque no la de cabeza desnuda de 1811 citada por HERRERA. Como vemos, la existencia o no de la fecha de 1811 de esta Ceca, es cuestión debatible ya que al ser la foto de DASÍ de poca calidad y no citarse la procedencia del ejemplar pudiera tratarse de una pieza no autentica. Aún hoy, CAYÓN 1998 admite la existencia de la pieza, lo que no hace CALICÓ en las distintas emisiones de su Catálogo.

Ya en 1812 se emiten en Palma dos variedades de la pieza de 8 Reales de 1812C de este tipo, ya con el busto coronado normal. Una de ellas tienen el busto algo mas grande y presenta una separación claramente mayor entre los grupos de caracteres FERDÍN y VII, mientras que en la otra con el busto mas pequeño (FIGURA 133.2), estos grupos de caracteres están mucho mas juntos, separados únicamente por un punto. Este será el tipo que prevalezca en las emisiones en Palma de Mallorca durante los dos años siguientes: el 1813C y el 1814C. La variante de 1812C con cabeza pequeña es algo mas rara que la que presenta cabeza grande y leyenda partida.

Esta última variante, a nuestro juicio, tiene una rareza similar a la de la fecha de 1813C, mientras que la de 1814C es bastante mas escasa, ya que se batió solo durante los primeros meses de 1814 hasta la clausura de la Ceca. En nuestra opinión, el 1814C es difícil pero no extraordinariamente difícil, como lo prueba sus relativamente frecuentes apariciones en subastas en colecciones de cierta importancia, generalmente en altas conservaciones, que no alcanzan precios de adjudicación superiores en mas del doble a las de las otras piezas de Cataluña (ejemplares de esta Ceca se muestran en las FIGURAS 113.1, 133.2 y 133.3).

En cuanto a las piezas de 8 Reales de 1811 de Valencia, se muestran dos ejemplares con las siglas SG propias del Ensayador Sixto Gisbert Polo en las FIGURAS 133.4 y 133.5, mientras que en la FIGURA 134.1 de la próxima entrada, tenemos este mismo ejemplar con las siglas GS, bastante mas raro, acuñado con los Ensayadores: Gregorio Lázaro Labrandero y Sixto Gisbert Polo. DASÍ 1950 nos indica que la designación de este segundo ensayador fue el resultado de una petición de la Casa de la Moneda en la que se solicitaba su nombramiento a la Juta Superior de Gobierno de Valencia fechada el 23 de abril de 1811, por lo que debemos suponer que las monedas emitidas con las siglas SG y GS son anteriores y posteriores, respectivamente a esa fecha.

A diferencia de las piezas de Cataluña, todas de excelente factura, especialmente las de 1809 y 1810, las valencianas presentan, casi en su totalidad, grandes vanos en anverso y reverso, a consecuencia de haberse acuñado con una presión del cuño muy baja. Pese a ello, ejemplares casi perfectos acuñados con los cuños recién abiertos al comienzo de cada lote de producción, aparecen con mas frecuencia que en la Ceca de Cataluña, para la que los ejemplares con la patilla del Rey completa, son casi inexistentes.

En cuanto a la rareza relativa de los 8 Reales de Cataluña y Valencia de Fernando VII respecto a las piezas comunes de 8 Reales de Sevilla y Madrid emitidas después de 1814, basándonos en los precios alcanzados en subastas de los últimos años, estimamos que su valor es aproximadamente de 8 a 1 para las de Barcelona y de 4 a 1 para la de Valencia. En cuanto al aumento de precio en relación con el grado de conservación, creemos que la proporción es la misma para ambas cecas, que la que se da en el caso de las piezas comunes de este Rey: un aumento del 25% del valor con cada cambio de grado, a partir de 1.200€ en F para las de Cataluña y de 600€ en F para las de Valencia, siendo de 200€ en F, el de las piezas de 8 Reales comunes de Fernando VII.

 

Figura 133.1

 

La pieza de la FIGURA 133.1 es un 8 Reales de Fernando VII acuñado en Reus en 1809 con cuños grabados por Manuel Pelequer, identificado por sus iniciales MP en el reverso de la moneda. Esta pieza es valorada muy alta en CALICÓ 2008: 2.500€, mientras que la que lleva las siglas SF aparece con un precio mucho mas bajo: 1.500€, mismo precio que asigna a la pieza de 1810 con este mismo diseño. CAYÓN 1998, sin embargo, asigna unos valores mas cercanos a ambas piezas: 275.000P a la MP y 200.000P a la SF. Para las piezas con retrato atípico de Fernando VII creemos que hay que interpretar las cifras de CAYÓN 1998 como referidas a un grado no F sino VF, en la misma forma que procede CALICÓ, ya que de lo contrario si seguimos interpretando sus precios como referidos a piezas en grado F (como ocurre con las macuquinas y las piezas del Ingenio) los precios serian excesivamente altos con relación a los del mercado actual.

En la subasta celebrada por Soler y Llach y Martí Hervera en Madrid en 21 de octubre de 2011, una pieza de este tipo fechada en 1810 en XF con un precio de mercado de 1.800€, fue adjudicada en 1.800€ mas gastos. Por otra parte en la subasta de la colección CALBETÓ celebrada en Ginebra el 14 de diciembre de 1974, la pieza de 1809 MP en XF salió en 8.500FS (en 1974, un FS igual a 40P), un 1809 SF en AU salió en 10.000FS y un 1810 SF en VF salió en 7.000VS.

 La presente pieza tiene un excelente aspecto, buena acuñación y parte del brillo original. No obstante el gastaje mostrado en la patilla del rey y el pie derecho del castillo del primer cuartel del escudo del reverso nos obliga a no clasificarla mas allá de un grado XF-, lo que supondría un precio de 1.800€ si se tratara de la pieza con las siglas SF. Al tratarse de una pieza con las siglas MP, la asignaremos un valor y precio de mercado un 25% superior: 2.250€.

 

Figura 133.2

 

La pieza fotografíada en la FIGURA 133.2 es un 8 Reales de Fernando VII acuñado ya en Palma de Mallorca en 1812, con C como marca de Ceca y SF como siglas de los Ensayadores: Sala y Ferrando. La pieza pertenece a la variante mas escasa, con el busto pequeño del rey y los grupos de caracteres de la parte izquierda del anverso mas juntos. Esta variante se valora en CALICÓ 2008 EN 2.000€, mientras que la variante con el busto grande de 1812 lo hace en 1.000€, diferencia que juzgamos muy exagerada (grado VF). Por el contrario CAYÓN 1998 fija entre ambas variantes unos precios mas próximos: 325.000P para el busto pequeño y 280.000P para el busto grande.

En la mencionada subasta de la colección CALBETÓ esta misma variante del 1812C en VF salió en 8.500FS. En la subasta del circulo filatélico y numismático de Barcelona celebrada el 29 de marzo de 2000 de una colección muy completa de Fernando VII, la pieza de 1809 SF en AU salió en 200.000P, la de 1810 SF en XF salió en 165.000P, la de 1812 en F en 165.000P, la de 1813 en AU en 275.000P y la de 1814 en XF- en 600.000P.

La presente pieza muestra gastaje claro en la corona de laurel del Rey en la que no son visibles algunas hojas, así como los nervios de todas ellas; por tanto consideramos a este ejemplar como con desgaste generalizado y lo graduamos como F. Por tanto su valor sería de 1.200€, y su precio de mercado, la mitad de ese valor, 600€, como consecuencia de las rayas que presenta tanto sobre su anverso como sobre su reverso.

 

Figura 133.3

 

La pieza que aparece en la FIGURA 133.3   es un 8 Reales acuñado a nombre de Fernando VII en Palma de Mallorca con la marca de Ceca C y SF como siglas de los Ensayadores. Esta pieza esta acuñada con el mismo diseño que la variante de 1812 con el busto pequeño. CALICÓ 2008 valora esta pieza en 2.000€ y CAYÓN 1998 en 325.000P, como vemos con precios prácticamente idénticos, con los que nos encontramos en completo acuerdo, si atribuimos estos precios a una pieza en conservación VF. En la subasta de la colección CALBETÓ, el 1813C en VF- salió en un precio de 6.000FS.

En la presente pieza no son visibles gran parte de las hijas de la corona de laurel así como ningún nervio de ellas. También el dije y los pliegues del manto del rey no son en absoluto visibles. También en el reverso falta la mayoría de los detalles de la melena de los leones de los cuarteles segundo y cuarto de escudo, por lo que la conservación de la pieza es F-. En estas condiciones su valor es de 1.000€, mientras que su precio de mercado sería un 10% inferior: 900€ debido a que la pieza tiene un ligero fallo de acuñación en la parte inferior izquierda del anverso.

 

Figura 133.4

 

La pieza de la FIGURA 133.4 es un 8 Reales de Fernando VII acuñado el 1811 en Valencia con la sigla SG propias del Ensayador Sixto Gibert Polo. Esta pieza aparece valorada en CALICÓ 2008 EN 600€, mientras que la variante con las siglas GS (Gregorio Lázaro y Sixto Gibert) se valora casi al doble: 1.000€. Nuevamente las valoraciones de CAYÓN 1998 son mas próximas entre ambas variantes: 170.000P para el SG y 250.000P para el GS, precios que consideramos excesivamente altos para el mercado actual que tiende a menos valorar este tipos de piezas, salo que presenten buena acuñación. En la subasta del circulo filatélico numismático de Barcelona aludida un ejemplar SG en XF salió en 100.000P, y en la subasta de la colección CALBETÓ, el FG en VF-, salió en 2.750FS y el GS en VG+, en 5.000FS.

La presente pieza presenta bastante brillo original aunque ha sido producida con una presión de acuñación bastante baja. La pieza no está limpiada aunque presenta evidente gastaje en el pelo del rey, por lo que su grado es VF-. En esta conservación su precio de mercado y su valor son cuatro veces los de las piezas comunes de Fernando VII, 700€ en VF-.

 

Figura 133.5

 

La pieza mostrada en la FIGURA 133.5 es exactamente igual que la anterior aunque que con una conservación superior. La pieza presenta mucho mas brillo que la anterior pero ha sido sometida a limpieza en alguna medida abrasiva. Presenta un número mayor de líneas de pelo visibles aunque sobre la mayor parte de ellas se observa cierto gastaje, por tanto su conservación es VF+ a lo que correspondería un valor de 800€ (200€ el de las piezas comunes en VF+). Su precio de mercado lo disminuiríamos un 25% con consecuencia de la presencia de gran vano de acuñación en el reverso, llegando por tanto a 600€.

 

13. THE 8 REALES COINS OF FERDINAND VII OF CATALONIA AND VALENCIA

 

The issues of 8 reales in Madrid and Seville of Ferdinand VII, including those that were made during the period of the War of Independence (1808-1814) obey the normal logic of the Spanish monetary coinage. These mints were the ones that produced the entirety of issues in silver during the reigns of Charles III and Charles IV, and given that the cities, where they were located, were held by authorities that have recognized the sovereignty of Ferdinand VII, they continued issuing on behalf of this King. Certainly, the types of 1809 – 1809 of Seville and of 1812-1814 of Madrid did not obeying the official type of the portrait of the King which was coined from 1810 in India and Cádiz; but in the early years of the war we still cannot talk about an official type because even in Madrid throughout 1808, year in which apart from the reign of Charles IV, Ferdinand VII also reigned (briefly) and Joseph Napoleon too, eight-real coins in the name of Charles IV continued to be coined.

This practice, to continue issuing currency in the name of a King who was no longer so, has been a common practice, both in Spain and India and in other countries. This is due to the fact that the process of engraving of moulds and to the beginning of stamps with new designs is not a trivial issue, so the Mints tend to continue issuing with the previous dies until the process of selection of bas-reliefs and the preparation of moulds has been made. In this way, after being decentralized the State as a result of the loss of the capital controlled by the French, and assumed the power by local councils in the provinces, it is not strange at all that in other cities where Mints had already been hosted before, as Barcelona in the Principality of Catalonia and Valencia into the Kingdom of its name, under the authority of their Superiors Juntas, they issued coins adapting their types whose design of the King’s portrait was based on the guidelines followed for peninsular issues of Charles III and Charles IV, this is bust covered by a decorated tunic, with bare head, while in the back it is maintained the same previous layout. Certainly in the coins of Charles III and Charles IV, the King's head appears wig with ponytail, what does not occur in the coins of Ferdinand VII, but the reason is that the fashion had changed, and after the Revolution, first in France and then in other European countries, the hair style changed into more naturally, and not covered with a wig.

This type of composition is the one used in the 8 reales of Catalonia in 1809 and 1810, as well as in the 8 reales of Valencia in 1811 (very similar with regard to the portrait of the King) and in the 8 reales of Seville in 1808 and 1809 (now with a portrait more differentiated). These designs of Catalonia and Seville just ended flowing into the use of the crowned bust of the monarch used in Cádiz from 1810, since the installation of the Mint of Catalonia in Palma de Mallorca in 1812 because of vicissitudes of the War and the final expulsion of the French of Seville, allowing to resume the issues in 1814, now with the normal design of the bust of Ferdinand VII.

We must note that these issues of Catalonia, Valencia and Seville are not carried out with a local vocation, in the manner of the Catalan hallmarked coins, but with the intention to pass into the national current asset, at least in areas that have recognized the sovereignty of Ferdinand VII, because they were minted at a time in which these cities were not subject to siege, what allowed individuals the delivery of silver for itscoinage and subsequent distribution of minted coins.

With regard to the Mint of Catalonia, first established in Reus where it coined in 1809 and 1810 and then transferred alternately to Tarragona, where it mainly minted copper and later to Palma de Mallorca, as for the balance of its accounts, published by its director Juan Amat in Palma de Mallorca in 1813 and in Barcelona in 1816, we know the total number of copies issued from 1809 to 1814, for each denomination. These figures registered in the book of E. Goig, La Moneda Catalana de la Guerra de la Independencia (The Catalan currency of the War of Independence), as regards the silver coins are as follows: 8 reales, 445,946 copies; 4 reales, 205,015 copies; 2 reales, 1,511,738 copies; 1 real, 82,560 copies; half real, 26,650 copies.

It draws attention that a number of copies of almost half a million, the 8 reales with the C of Catalonia as the mintmark, are so rare today, with a price difference of almost 10 to 1 with regard to pieces hallmarked in Gerona and Tarragona, with a production of approximately 10 times lower. The hypothesis formulated by E. Goig is, as these coins were issued with the intention of circulate in the whole Spain, they were melted, on the one hand at the same rate as the rest of the coins of 8 reales of the Bourbons (in previous posts we have already assumed that they had been cast in a relation of 100 to 1) when checked the monetary system changing with Isabella II, and on the other hand, when the portrait of the King was incorporated, they were also object of an intense requisition and cast in the Principality areas dominated by Joseph Napoleon, such as Barcelona and its region.

The coins of the Mint of Catalonia of 1809 and 1810 were issued in Reus (Tarragona) with an imaginary bust, in the manner of the previous Kings in the absence of official dies for using in the Peninsular mints. The first coins minted in 1809 are unusual in incorporating in its back the acronym of the Engraver Manual Pelequer (MP) rather than the assayer or assayers. After started the minting, they corrected this anomaly, passing all coins of gold or silver of the Catalan Mint to incorporate the assayer’s abbreviations: Pablo Sala and Juan Bautista Ferrando (SF). The coins of 1809 with the mark MP are a little scarcer than those with the mark SF. For its part, the coins dated in 1810 are also a little scarcer than those of 1809 marked with SF.

On 9 May 1811, it began the works for the transfer of the Mint of Tarragona, where it had been installed temporarily because the French occupation of Reus, to Palma de Mallorca, Looking for a better security (doing justice to the name of itinerant Mint, as it is also called the place of minting the coins marked with C). Finally, on 2 June 1811, all the coinage material arrived to Palma and they began to cast currancy in August of that year. The end of the work of minting in this city took place on 30 June 1814. We can know these dates in detail due to the thoroughness of the mentioned work of José Amat, work in which we miss the description of how they operated in other mints, even in less eventful times.

Dasí 1950 shows the existence of an 8 reales of 1811C with the crowned figure of the King, whose photograph he published, but without indicating the source of the reproduced coin. Herrera 1914 had already indicated the existence on the date 1811C with the same bust of 1809-1810, but he did not include any photography, so nowadays it is uncertain the existence of this coin. Dasí 1950 also contains, apart from the coin indicated above the coin indicated by Herrera. Afterwards, both Yriarte 1965 and Calbetó 1970 reproduce again the same picture of low-quality of the crowned coin of 1811C published by Dasí. Also the above-mentioned work of E. Goig supports the existence of this coin, though not that of the bare head of 1811 cited by Herrera. As we can see, the existence or not of the date of 1811 of this Mint is a debatable issue as the Dasí’s photo is of poor quality and without citing the source of the copy it could be an not authentic coin. Even today, Cayón 1998 admits the existence of this coin, what Calicó does not do in the different issues of his catalogue.

In 1812, two varieties of the coin of 8 reales of 1812C of this type, with the normal crowned bust are issued in Palma. One of them has the bust a little larger and it presents a clearly bigger separation between the groups of characters FERDÍN and VII, while in the other one, with a smaller bust (Figure 133.2), these groups of characters are much more jointly, separated only by a dot. This will be the type that prevails in the issues of Palma de Mallorca during the following two years: the 1813C and the 1814C. The variant of 1812C with small head is a little rarer than the one that presents a large head and split legend.

This last variant, in our view, has a rarity that is similar to the one with the date 1813C, while the one of 1814C is quite scarcer, as it was cast only during the early months of 1814 until the closure of the Mint. In our opinion, the 1814C is difficult but not extraordinarily difficult, as evidenced by its relatively frequent appearances in auctions in collections of some importance, generally in high conservations which do not reach higher sale prices in more than the double of the other coins of Catalonia (copies of this Mint are shown in Figures 113.1, 133.2 and 133.3).

As for the coins of 8 Reales of 1811 of Valencia, we show two copies with the initials SG bellowing to the Assayer Sixto Gisbert Polo in Figures 133.4 and 133.5, while in the Figure 134.1 of the next post, we have this same copy with the acronym GS, rather rarer, coined with the Assayers: Gregorio Lázaro Labrandero and Sixto Gisbert Polo. Dasí 1950 points out that the designation of this second Assayer was the result of a request of the Mint that ask for his appointment to the Superior Junta of the Government of Valencia dated on 23 April 1811, so we must assume that coins issued with the initials SG and GS are previous and posterior, respectively to this date.

Unlike coins of Catalonia, all of excellent coinage, especially those of 1809 and 1810, the ones coined in Valencia present, almost in their entirety, large openings in the front and back, as a result of having coined them with a very low stamp pressure. Despite this, almost perfect copies minted with the stamps newly opened at the beginning of each production lot appear with more frequency than in the Mint of Catalonia, for which the copies with the sideburn of the King complete, are almost non-existent.

As for the relative rarity of the 8 reales of Catalonia and Valencia of Ferdinand VII with respect to the common coins of 8 reales of Seville and Madrid issued after 1814, based on prices achieved at auction held in recent years, we believe that its value is approximately 8 to 1 for those of Barcelona, and 4 to 1 for those of Valencia. With regard to the increase in price in relation to the grade of conservation, we believe that the proportion is the same for both mints, which occurs in the case of the common coins of this King: an increase of 25% of the value in each change of grade, from €1,200 in F for those of Catalonia and €600 in F for those of Valencia, being €200 in F, for the common coins of 8 reales of Ferdinand VII.

The piece of Figure 133.1 is an 8 reales of Ferdinand VII coined in Reus in 1809 with stamps engraved by Manuel Pelequer, identified by his initials MP in the back of the coin. This coin is valued very high in Calicó 2008: €2500, while that which has the initials SF appears with a price much lower: €1,500, the same price he gives to the coin of 1810 with the same design. However, Cayón 1998 assigns closer values to both coins: 275,000 pesetas to the MP and 200,000 pesetas to the SF. For the coins with unusual portrait of Ferdinand VII, we believe that we must interpret the values of Cayón 1998 as referring to a grade, not F, but VF, in the same way that comes with Calicó, otherwise, if we continue considering their prices as referring to coins in grade F (as it happens with the cobs and coins of the Ingenio) their prices would be extremely high with regard to the nowadays market prices.

In the auction held by Soler and Llach and Martí Hervera in Madrid on 21 October 2011, a coin of this type dated in 1810 in XF with a market price of €1,800, was sold at €1,800 plus expenses. On the other hand, in the auction of the collection Calbetó held in Geneva on 14 December 1974, the coin of 1809MP in XF was sold at FS8,500 (in 1974, a FS was equivalent to 40 pesetas), a 1809SF in AU was sold at FS10,000 and a 1810SF in VF was sold at VS7.000.

This coin has an excellent appearance, good coinage and part of its original brightness. However, the wear shown in the sideburn of the King and in the right foot of the castle of the first quadrant of the coat of arms of the back obliges us to classify it not beyond a grade XF-, which would mean a price of €1,800 if it were a coin with the initials SF. It is of a piece with MP acronym, we assign it a value and market price of 25% superior: €2,250.

The picture of Figure 133.2 piece shows an eight-real coin of Ferdinand VII coined in Palma de Mallorca in 1812, with C as mintmark and SF as abbreviation of the Assayers: Sala and Ferrando. The piece belongs to the scarcest variant, with the small bust of the King and the groups of characters of the left side of the front closer. This variant is valued in Calicó 2008 at €2,000, while the variant with the big bust of 1812 does at €1,000, a difference which we consider much exaggerated (grade VF). On the contrary, Cayón 1998 fixed closer prices between the two variants: 325,000 pesetas for the small bust and 280,000 pesetas for big bust.

In the aforementioned auction of the collection Calbetó this same variant of the 1812C in VF was sold at FS8,500. At the auction of the Círculo Filatelico y Numismatico of Barcelona held on 29 March 2000 of a very complete collection of Ferdinand VII, the coin of 1809SF in AU was sold at 200,000 pesetas, the one of 1810SF in XF was at 165,000 pesetas, the one of 1812 in F at 165,000 pesetas, the one of 1813 in AU at 275,000 pesetas and the one of 1814 in XF-, at 600,000 pesetas.

This coin shows clear wear in the King’s laurel wreath in which some leaves aren't visible, like in all the nerves of them; so, we consider this copy with widespread wear and so we graduate it in F. Therefore, its value would be €1,200, and its market price, half of that value, €600, as a result of the stripes that presents both in its front and back.

The coin that appears in Figure 133.3 is an 8 reales coined in the name of Ferdinand VII in Palma de Mallorca with the mintmark C and SF as abbreviations of the Assayers. This coin is minted with the same design as the variant of 1812 with small bust. Calicó 2008 values this coin at €2,000 and Cayón 1998 at 325,000 pesetas, as we can see with almost equal prices, with whom we are in complete agreement, if one attributes these prices to a piece in conservation VF. At the auction of the Calbetó’s collection, the 1813C coin in VF- was sold at a price of FS6,000.

In this coin, much of the leaves of the laurel wreath, like the nerves are not visible. Also the hanging trinket and the folds of the cloak of the King are not at all visible. Also in the back lack most of the details of the mane of the lions in the second and fourth quadrant of the coat, so the conservation of the coin is F-. In these circumstances, its value is €1,000, while its market price would be a 10% lower: €900 due to the fact that the coin has a slight failure of coinage in the left bottom of the front.

The coin of Figure 133.4 is an 8 reales of Ferdinand VII coined in 1811 in Valencia with the acronym SG belonging to the Assayer Sixto Gibert Polo. This coin appears valued in Calicó 2008 at €600, while the variant with the acronym GS (Gregorio Lázaro and Sixto Gibert) is valued almost in double: €1,000. Again the valuations of Cayón 1998 are closer between the two variants: 170,000 pesetas for the SG and 250,000 pesetas for the GS, prices that we consider too high for the current market which tends to undervalue these types of coins, apart from having a good coinage. At the auction of the Circulo Filatélico Numismático of Barcelona, a copy SG in XF was sold at 100,000 pesetas, and in the auction of the Calbetó’s collection, the FG in VF-, was sold at FS2.750 and the GS in VG+, at FS5,000.

This coin presents quite original brightness, although it has been cast with a pressure of fairly low coinage. The coin is not cleaned, though it presents clear wear in the hair of the King, so its grade is VF-. In this conservation, its market price and its value is four times those of the common coins of Ferdinand VII, €700 in VF-.

The coin shown in the Figure 133.5 is exactly the same as the previous, but with a higher conservation. The piece presents much more brightness than the one above, although it has been subject to some abrasive cleaning. It presents a greater number of visible hair lines, but in most of them we can see a relative wear, so its conservation is VF+, what would be a value of €800 (€200 of the common coins in VF+). Its market price would decrease 25% as consequence of the presence of a great opening of coinage on the back, therefore reaching €600.

 

 

 

 

Denver se levanta en el extremo de una inmensa planicie junto a las estribaciones de las Montañas Rocosas, cuyas cumbres se erigen majestuosas en este punto con alturas que superan los 4.000 metros. El aeropuerto de Denver también es muy grande (bueno, como casi todo en este país, por eso deben creerse el pueblo bendecido por Dios, ese peculiar God bless America). Los equipajes tardan esta vez en salir por la cinta transportadora, pero finalmente los avistamos... salvo el de Pilar para no pequeña consternación nuestra. Justo cuando vamos a presentar una reclamación en un mostrador contiguo a la cinta, nos dan la agradable sorpresa de que la bolsa de Pilar –casi tan grande como ella- ha aparecido entre los equipajes que se creían perdidos.

 

 

A la salida de la terminal del aeropuerto vemos que hay varios autobuses de compañías de alquiler de coches y nos montamos en uno de Enterprise, en la que Fernando había medio reservado previamente un vehículo por Internet. Las oficinas de las distintas compañías están a unos tres o cuatro kilómetros de allí, una detrás de otra (Hertz, Avis, Budget, National...) con sus gigantescos estacionamientos... y por lo menos habrá una decena de ellas. La nuestra, seguramente por ser pequeña, es de las últimas. Fernando había reservado, pero sin dar el número de la tarjeta, un coche por un precio que nos pareció bastante módico. Ahora bien, al importe diario del alquiler hay que sumar el del seguro (que en EE.UU. representa tanto o más que el alquiler) y el debido por entregar el vehículo en un lugar distinto del de recogida (en San Francisco preveíamos). Pero, por desgracia, la compañía Enterprise no contempla semejante eventualidad; los coches que alquila deben entregarse en el mismo estado, en Colorado pues, o de lo contrario hay que pagar un cuantioso recargo, casi tanto como el importe del alquiler.

 

 

 

Hyundai Santa Fe alquiladp en Dollar

 

Frustrados, regresamos a la terminal en el autobús de la empresa y volvimos a iniciar la ronda de información en los mostradores de las compañías de alquiler de vehículos del aeropuerto, donde tie- nen unos servicios mínimos que informan y, sobre todo, derivan a los potenciales clientes. Al final, optamos por Dollar -que, curiosamente, estaba junto a Enterprise-, por lo que hu- bimos de recorrer de nuevo los más de tres kilómetros que mediaban hasta los macroestacionamientos de las distintas compañías. Tras discutir un rato con un empleado de color, comprobamos que el precio del alquiler cambiaba en fun- ción de un montón de variables y de la manga más o menos ancha que tuviera nuestro interlocutor. Después de haber- nos pedido cerca de 6.000 dólares en la primera compañía, conseguimos en Do- llar un contrato de alquiler para 25 días, con entrega del vehículo en San Fran- cisco, por unos 1.950 dólares, seguro con franquicia incluido y sin limitación de kilometraje. Los mil dólares de que nos hablara inicialmente Fernando se habían convertido, pues, en casi dos mil; pero, tras las largas discusiones y los consiguientes momentos de angustiosa zozobra,  la cifra acabó por parecernos un  precio  bastante  razonable.  Cuando vimos el coche nos quedamos perplejos; era un vehículo enorme en el que cabían no me- nos de ocho personas, a todas luces excesivo para nosotros cuatro. Ante semejante exceso de volumen, volvimos para reclamar un coche más pequeño que se adaptara mejor a nuestras necesidades. Nuestro interlocutor habitual, un joven  gordinflón de modales suaves y hablar pausado, se mostró solícito y comprensivo y nos entregó las llaves de un Hyundai bastante amplio y prácticamente nuevo (tan sólo mar- caba mil millas el cuentakilómetros).

 

 

Centro urbano de Denver 

 

Ya anochecido, enfilamos camino hacia Au- rora, una ciudad prácticamente anexa a Den- ver, a unos 30 kilómetros del aeropuerto. La autopista está perfectamente señalizada y nos orientamos bastante bien hasta las inmedia- ciones del hotel, pero en algún momento debi- mos perdernos pues el único establecimiento hotelero que había en la zona se llamaba Red Lyon y no Radisson, que tal era el nombre del que habíamos reservado. Tras dar varias in- fructuosas vueltas en el intento de localizarlo, entré a preguntar en el mencionado hotel y, para sorpresa mía, me dijeron que hacía dos días que habían cambiado de nombre, que hasta entonces se llamaba Radisson. La verdad es que había que ser un auténtico sabueso para localizarlo bajo el nuevo nombre. Al ir a registrarnos, advertimos que faltaba de nuevo la bolsa de Pilar (ella creía que Fernando la había metido en el maletero, y éste lo contrario, claro). ¡Oh, maldición! Tras no pocos esfuerzos por ponernos en contacto telefónico con la oficina de Dollar en el aeropuerto, al final conseguimos que nos confirmaran que habíamos dejado olvidada allí la bolsa.  Había que regresar, pues, al aeropuerto, pero como a esas horas estábamos demasiado fatigados tras una jornada interminable (aunque tan sólo eran las 10 de la noche, para nosotros eran ocho horas más tarde debido al jet lag o desfase aéreo), lo poster- gamos para el día siguiente.

 

Casi todo es demasiado grande en América

 

El hotel Red Lyon es grande y su estado de conservación, un tanto deficiente. Al menos, el precio no nos pareció alto en comparación con los que rigen en España. Voy a compartir habitación con Manolo, quien será mi compañero más frecuente a lo largo del viaje. Me alegro porque Manolo es un tipo sose- gado y bastante creativo, sobre todo con la cámara entre las manos; el pobre se ha imbuido de que su absoluto desconocimiento del inglés es una barrera infranqueable para comunicarse con los demás. La habitación es amplia, con dos camas matrimoniales (de las llamadas queen size, como por doquier), aunque el mobiliario y la moqueta dejan algo que desear. El cuarto de baño tiene los sanitarios (ba- ñera, inodoro, lavabo; en EE.UU. el bidet se consi- dera una reliquia del pasado) muy bajos, algo que sería una constante en la mayoría de los hoteles en que nos alojamos durante el viaje. La pastilla de jabón es grande, al igual que el papel higiéni- co y todo lo demás. Definitivamente, estamos en América donde todo tiene otras dimensiones, por lo general más grandes. Sigo un debate en la CNN sobre la resolución de las primarias demócratas en Florida y Michigan, donde no hubo votación por adelantarse las fechas sin previa autorización del partido. Al pa- recer, se van a repartir equitati- vamente los compromisarios, lo que favorece al candidato Oba- ma, que cada vez está más cerca de la designación. La verdad es que el país precisa un cambio generacional y de mentalidad. Por cierto, la Convención del Partido Demócrata tendrá lugar en esta ciudad a finales de agos- to. Por lo demás, la oferta de ca- nales es impresionante, pero por más que aprieto el mando sólo veo imágenes sin interés de TV local, programas basura o publi- cidad a raudales.

 

 

Tráfico intenso pero sin los típicos atascos de las grandes urbes

 

Esa primera noche duermo regular pese al cansancio que arrastro. Me desperté a las 4 (mediodía en España) y luego tardé en volver a conciliar el sueño, consecuencia sin duda del maldito desfase aéreo. A las 8 de la mañana estábamos todos en el salón para el desayuno, un bufet sin pena ni gloria; eso sí, como estamos en EE.UU. uno puede tomar todo el café -aguado, claro- que le venga en gana. Regresamos por el consabido camino a la oficina de Dollar en el aeropuerto para recoger la bolsa de Pilar. Al oeste se divisa la cordillera de las Rocosas, con las cumbres coronadas de nieve. De regreso a Denver, no para- mos de dar vueltas y más vueltas por las autopistas interestatales 25 y 70, que circunvalan la ciudad por el este y el norte, en nuestro intento de llegar a un gran establecimiento de artículos deportivos llamado REI en el que, al parecer, Pilar quiere comprar algo. Las pocas veces que preguntamos en las estaciones de servicio en que nos paramos por el lugar no hacen sino confundirnos: que si aquí, que si allá, que si vaya Vd. a saber dónde... Al final, por una autopista que atraviesa el centro llegamos a la zona sur de la ciudad, donde antiguamente se encontraban los almacenes del ferrocarril, medio dedicado hoy día casi en exclusiva al transporte de mercancías en las grandes distancias. El establecimiento está en uno de los mayores depósitos que hay junto a las vías del ferrocarril. Construido a base de ladrillo y con imponentes vigas de hierro (se ha vaciado gran parte del interior), el local se ha rehabilitado con un gusto realmente exquisito. Es un espacio magnífico, con grandes paredes artificiales en la zona central para practicar la escalada. Desde luego, jamás había visto un almacén de artículos deportivos tan maravillosamente montado, pues aparte de estar bien surtido y documentado,  el personal siempre está dispuesto a aten- der al cliente. Por desgracia, los precios apenas difieren de los de España pese a las indiscutibles ventajas del cambio ac- tual de nuestra divisa. Junto al edificio, rodeado de un jardín de aspecto silves- tre, discurre un río en el que se han crea- do artificialmente unos rápidos por los que se arriesgan a adentrarse piragüistas en canoas y kayaks. Todo, pues, muy ecológico, como corresponde a Denver, capital del deporte de riesgo y aventura. 

 

Arquitectura futurista

 

Luego, visitamos el centro, casi desierto de gente el sábado al mediodía: el Capitolio estatal, el distrito financiero con sus rascacielos, un parque, alguna que otra iglesia...

 

 

 

 

De denver hacia las Montañas Rocosas

 

Regresamos al entramado de autopistas en torno a Denver para dirigirnos al primer destino de nuestro recorrido: Rocky Mountain National Park, a unos 100 kilómetros en dirección noroeste. A medida que dejamos la llanura y nos adentramos en la región montañosa la naturaleza se va mostrando más feraz, con bosques cada vez más frondosos y especies arbóreas más altas. Atravesamos la localidad de Boulder –a rebosar de hoteles, restaurantes y tiendas para los turistas- y ascendemos por la carretera hasta llegar a la entrada de Estes Park. En el parque hay varias cumbres con más de 4.000 metros, acercándose la más alta, Longs Peak, a 4.400 metros (apenas unas decenas de metros menos que el Mount Whitney, en la Sierra Nevada de California, que es la montaña más alta del país, exceptuando Alaska). La entrada cuesta 20 dólares por vehículo y es válida para una semana, pero, como pudimos comprobar más adelante, vale la pena adquirir un pase anual en cuanto se visiten más de cuatro parques. A semejanza de casi todos los parques que visitamos, a la entrada hay un centro de visitantes, o visitors center, en el que puede encontrarse toda clase de información sobre la fauna y la flora del parque, además de la geología y los ecosistemas, libros, artículos de recuerdo, etc. Varios guardas de parques o rangers, concienzudamente entregados a su tarea, dan toda suerte de explicaciones a los visitantes que les requieren.

 

La zona estuvo habitada en otro tiempo por los indios ute (o pueblo de la montaña) que llevaban una vida nómada y se dedicaban a la caza de ganado y a recolectar plantas silvestres. A principios del siglo XIX llegaron a la región los primeros hombres blancos para explotar la piel de los castores, hasta que un cambio de gustos del mercado a mediados de siglo hizo que ésta dejara de demandarse y perdiera gran parte de su valor. Por entonces aparecieron los primeros buscadores de oro (coincide en la fecha con la fiebre del oro de California), que, si bien no consiguieron enriquecerse debido a la escasez de mineral aurífero, acabaron instalándose en la zona para explotar otros minerales como el plomo y el cobre. Tras ellos vinieron los cazadores y ganaderos para satisfacer la creciente demanda de carne por parte de la población. A finales de siglo, un astuto emprendedor se lanzó a construir cabañas para ponerlas a disposición de los cazadores y de un incipiente turismo que, ya por entonces, quería disfrutar de la naturaleza en todo su esplendor.

 

 

 

Las Montañas Rocosas se extienden desde Alaska hasta México, más de 4.000 kilómetros de cordillera que en este punto alcanza su máxima altitud (casi 4.400 metros, como hemos dicho). El parque se creó en 1915, un año antes de que el Congreso crease el Servicio de Parques Nacionales (la labor desarrollada unos años antes por el presidente Theodore Roosevelt, un enamorado de la naturaleza en estado salvaje, fue decisiva al respecto), para evitar que la zona más privilegiada de la cordillera fuera explotada por los madereros y los ganaderos. Años después, se abrió una carretera que atravesaba el parque por algunas de sus zonas más altas con el fin de que los visitantes pudieran disfrutar de los paisajes alpinos. A la entrada del parque hay bosques de pinos ponderosa, abetos, álamos y abedules, así como praderas en donde otrora había glaciares y por las que discurren arroyos. En el camino nos cruzamos con pequeños grupos de alces y ciervos. Los árboles son imponentes alcanzando hasta 50 metros de altura, y el lecho del bosque está cubierto de arbustos y flores silvestres allá donde llegan los rayos solares.

 

 

Mirador en la subida a Rocky Mountain

 

La carretera va serpenteando y a medida que se asciende, entre los 2.800 y 3.400 metros aproximada- mente, predominan los abetos. Ya en el límite de la línea de vegetación alpina, los árboles se retuercen y crecen en horizontal, casi paralelos al terreno, a consecuencia de los embates del viento y la nieve procedentes de la desolada tundra. La carretera sigue subiendo y se hace presente la nieve por doquier; las máquinas quitanieves han dejado auténticas murallas de hasta cuatro metros de altura en los arcenes. Es el territorio de la tundra, donde ya no hay árboles debido a las extremas condiciones climatológicas y sólo sobreviven pequeñas plantas. Cerca de la máxima altura de la carretera (3.713 metros) hay un centro de visitantes alpino en donde, por medio de grandes paneles, se explican los diferentes ecosiste- mas del parque. Algunas cabañas que hacen las veces de almacén están literalmente cubiertas de nieve, pero la verdad es que no hace demasiado frío pues hoy luce un sol radiante. Desde las zonas altas de la carretera –la Trail Ridge Road- se divisan prodigiosas vistas tanto si se mira hacia arriba, a las cumbres, como hacia abajo, a las morrenas de glaciares y vastas praderas de un color verde esmeralda. Lo mejor del parque es que en los cerca de 100 

kilómetros de carretera que lo circundan por el norte y el oeste puede verse toda clase de ecosistemas y climas, con una vegetación bien diferenciada.

 

 

 

 Ciervos en libertad.

 

Según sea la dirección en que discu- rren las aguas, los ríos fluyen hacia la cuenca  del  Pacífico (así,  el  Colorado con sus 2.300 kilómetros de longitud) o hacia el Golfo de México. El parque es un auténtico vergel por su frondoso arbolado y vastas praderas, con una fauna diversificada (además de alces y ciervos, hay osos, coyotes, ardillas  y toda clase de aves), por lo que no es extraño que cada año sea visitado por más de tres millones de personas que, por lo general, tienen sumo cuidado en no dañar sus ecosistemas. Y por lo que he podido comprobar en el curso de los años, los americanos sienten un enorme respeto por su naturaleza, que en mu- chos casos se mantiene prácticamente intacta y en estado salvaje. Posiblemen- te pueda atribuirse ello a factores tan diversos como la inmensidad del país, la increíble diversidad de los territorios, la concentración de la población en de- terminadas regiones, etc., pero no cabe duda de que la naturaleza virgen ha sido siempre  un  componente  esencial  del alma americana, como ya la cantara el bardo Walt Whitman en Leaves of grass (Hojas de hierba).

 

 

La carretera supera los 3.700 metros de altitud

 

Al salir del parque por Grand Lake, continuamos descendiendo un buen trecho y, a partir de Kremling (el pueblo donde ejercía su profesión Ernest Ceriani, el médico rural sobre el que hizo un excelente reportaje fotográfico W. Eugene Smith en 1948 para la revista Life), cerca de la renombrada estación de esquí de Vail, intentamos encontrar un alojamiento para pasar la noche. Pero es sábado y el valle por el que avanzamos es una zona turística, lo que hace que en todos los moteles en los que intentamos preguntar cuelgue el cartel de “No vacancies” (completo, en español). Finalmente, a las 10 de la noche, en una localidad llamada Glenwood Springs, encontramos dos habitaciones dobles por 150 dólares en un motel regentado por una madura y simpática viuda polaca de cabellos dorados, que tras escaparse del régimen de Gomulka en los años sesenta consiguió entrar en EE.UU. por Chicago y hacer, a la postre, una pequeña fortuna gracias al turismo en las Montañas Rocosas.

 

 

Grandes farallones de nieve y carteles explicativos al borde de la carretera

 

Cenamos en un restaurante mexicano que había cruzando la carretera; yo, un gran plato de fajitas regadas con cerveza Coronita. Ya en el motel, vemos en la televisión la noticia de que, tal como se preveía, finalmente Hillary Clinton se retira de la carrera para la designación del candidato demócrata a la presidencia. Menos mal, pues la desmedida ambición –unida, probablemente, a una no menor inteligencia y al intento de emular a su marido- de esta ya resabiada y archiconocida mujer, le había hecho creer que era el candidato insustituible por su impecable currículo  y que jamás podría vencerla un rival de color café con leche, sin mayor experiencia que un mandato en el Senado –fue elegido por el estado de Illinois en 2004- y 16 años menor que ella (claro que esto también puede suponer una ventaja; depende, por lo general, del electorado y del momento, aunque el pueblo americano es más bien conservador al respecto, no como el español).

 


Por fin llegó el esperado día de la partida, el 30 de mayo de 2008. Poco antes de las 9 de la mañana, salgo para el aeropuerto de Barajas, donde dos horas después debo tomar un avión de la compañía
Delta con destino a Atlanta, para conectar luego con un vuelo a Denver, punto de inicio de un anhelado periplo por los parques nacionales del Suroeste de EE.UU. Viajo con tres compañeros de marcha montañera o de viaje más o menos duchos en estas lides: Fernando, que festeja precisamente hoy su onomástica y con quien viajé el año pasado a Noruega e Islandia, Manolo –cordial y pausado fotógrafo cordobés- y Pilar (ambos estuvieron en el viaje por los fiordos noruegos de la primavera pasada). Paso los trámites aeroportuarios sin problemas y a las 10 estoy ya en la zona de embarque, donde me reúno con mis amigos. El avión va lleno y el despegue se demora unos 45 minutos sin que nos den explicación alguna acerca del motivo.

El proyecto se gestó hace aproximadamente un año, cuando le comenté a Fernando que un viaje por los parques nacionales entre las Montañas Rocosas y el Pacífico sería una experiencia inolvidable. El mensa- je no cayó en saco roto y de vez en cuando hablamos al respecto, pero sin entrar en detalles. Tras consul- tar diversas guías (en especial la Fodor’s sobre los parques nacionales del Oeste de América del Norte), comprobé que eran numerosos los parques que podían visitarse en el trayecto, alrededor de una docena
en Colorado, Utah, Nuevo México, Arizona y California (yo ya conocía los de este estado y el Gran Cañón de Arizona por su acceso sur). Decidimos que el grupo debería ser pequeño, no más de cinco personas. En enero nos reunimos en dos ocasiones para concretar el itinerario y las fechas del viaje. Inicialmente, pensamos en realizarlo a principios de mayo, pero luego hubimos de retrasarlo casi un mes porque en el último tercio del viaje, al entrar en Cali- fornia, yo quería reunirme al menos diez días con mis hijas en San Francisco y la fecha idónea para hacerlo era  a  mediados  de  junio. En febrero compramos el billete para volar con Del- ta a Denver, vía Atlanta, el centro de operaciones de la aerolínea.

 


                                                                                                                El grupo al completo: Aurelio. Pilar, Fernando y Manolo
 
Volamos,  pues,  a Atlan- ta  (ciudad  símbolo  de  la Confederación   durante   la Guerra Civil y sede de la multinacional   Coca-Cola),durante casi nueve interminables horas. Dos asientos detrás de mí está una madre con su hijo de unos 10 años, un niño hiperactivo y que prácticamente no para de hablar, con un tono entre chirriante y mo- nótono, en todo el trayecto. Busco refugio en los auriculares para ver alguna de las películas que se me ofrecen en la pantalla del asiento delantero (cada vez más pequeña, cada vez más cerca). Veo La guerra de Charlie Wilson, un filme regular con muy buenos actores (Tom Hanks, Julia Roberts y Philip S. Ho- ffman) sobre la implicación de los norteamericanos en la lucha de los muyahidines afganos contra el invasor ejército ruso a finales de los ochenta, y el principio de otra película llamada Expiación. Vuelvo a ver No es país para viejos (aquí, “No hay lugar para la gente débil”, tal como se tradujo en Hollywood para la población latina) de los hermanos
 
Coen, deleitándome de nuevo con la magis- tral interpretación de Javier Bardem, en el papel del psicópata asesino Anton Chigurh, y la no menos buena de Tommy Lee Jones, ese actorazo de facciones acartonadas especializado en papeles de perseguidor de criminales, comisario de frontera o padre honrado que trata de que se haga justicia caiga quien caiga. La comida que nos ofrecen no está mal pero la encuentro escasa. Finalmente, me pongo a leer la novela autobiográfica de Jean-Dominique Bauby Le scaphandre et le papillon (“La escafandra y la mariposa” en español). Ya me había deleitado meses atrás con la versión cinematográfica de la novela, rodada en francés por el pintor americano Julian Schnabel, director también del filme Antes que anochezca, sobre la vida del es- critor cubano Reynaldo Arenas y que en su momento le valió a Bardem ser candidato al oscar a mejor actor (aquel año se lo birló in- merecidamente Russell Crowe gracias a su papel de rebelde con causa en Gladiador, de Ridley C. Scott).


 

El testimonio de Bauby

Lo cierto es que me atrapó el libro de Bauby, un redactor-jefe de la revista Elle que, a los 40 años y en pleno reconocimiento profesional, sufrió mientras conducía una repentina lesión cardiovascular que le afectó el tronco cerebral y le dejó durante un mes sumido en un coma profundo. Tras recuperar la conciencia sólo pudo llevar en adelante una vida vegetativa, y nunca mejor dicho pues, aparte de mantener intactas las funciones cerebrales, sólo podía mover el párpado del ojo izquierdo. Nada más y nada menos. En todo su cuerpo, lo único que no había sido dañado era un ojo y su párpado. No podía mover ni un pliegue de la piel, ni pronunciar el más mínimo sonido, ni ingerir alimentos por la boca, ni escuchar voces ajenas y menos aún articular sonido alguno. Como dice Bauby en la breve introducción del libro, el tronco cerebral es como el ordenador que transmite las señales entre el cerebro y las terminaciones nerviosas; cuando no funciona, no hay interacción posible.

En la novela, Bauby nos relata su experiencia a raíz del fatal accidente que le dejó definitivamente incomunicado del mundo que le rodeaba -de sus seres queridos, de sus compañeros de profesión, del equipo médico que le atiende en el hospital de Berck-sur-Mer...- y le privó de sus inquietudes y afanes, de sus aficiones, en suma, de sus deseos de seguir viviendo. Su lesión irreversible hace que sea un enfermo en estado catatónico, uno de esos casos clínicos que suscitan la curiosidad de la comunidad médico-científica por su extraordinaria rareza. Mediante el cierre del párpado del único ojo con que puede mover, y tras comprobar la absoluta imposibilidad de comunicarse por otro medio, consigue que le entienda su ortofoniatra. Con infinita paciencia, ésta logra crear un marco en el que poder comunicarse con su atribulado paciente; ella le presenta una tabla con todas las letras del abecedario, dispuestas por orden de frecuencia de utilización en la lengua francesa: desde e, s, a hasta y, x, k, w, que son las letras que menos se usan en dicha lengua. A modo de respuesta, Bauby guiña el ojo –una vez para decir “sí”, dos para decir “no”- a medida que la ortofoniatra le señala las letras; y así, a pasos de hormiguita, va formando palabras, frases, páginas enteras del libro en el que trata de contarnos su estado de ánimo, sus sensaciones, sus recuerdos de un pasado feliz, su terrible incapacidad para expresar las emociones más sencillas, su agotadora lucha por conseguir comunicarse con los potenciales lectores de su libro...
Con anterioridad a la fase de escritura, durante las largas horas de aislamiento y silencio absoluto en
 
que está sumido en la cama del hospital, Bauby ha meditado lo que nos quiere contar y ha elegido con primoroso cuidado los vocablos para expresar sus vivencias. Y una de las cosas que más sorprende de la novela es precisamente la increíble riqueza léxica con que el autor designa los objetos y las sensaciones, alcanzando su prosa por momentos cotas de auténtico lirismo. Incluso llega a corregir las palabras, pues Bauby es un perfeccionista a la hora de expresarse. A través de breves capítulos, como flashes con los que nos quisiera transmitir sus impresiones de la vida satisfactoria que llevó en el pasado (con su familia, con su nueva pareja, con sus compañeros de profesión...) y de la postración vegetativa en que se encuentra en el presente, Bauby hace que las palabras resplandezcan, que cobren un inusitado brillo que les da carta de grandeza por su intensidad y transparencia descriptivas, que nos sorprendan por su precisión y lirismo, que nos deslumbren en suma. Confieso que aunque mi nivel de francés es bastante decente, desconocía el significado de muchas de las palabras del libro, pues son de ésas que si bien están recogidas en el diccionario no se utilizan en la vida cotidiana y apenas aparecen en las obras de creación literaria, salvo en la poesía. Pese a todo, ello no fue óbice para que entendiera cabalmente la narración y pudiera deleitarme con esa capacidad evocadora y esa riqueza de sonidos tan característica de la lengua francesa cuando se utiliza con maestría. Tras un ímprobo esfuerzo para terminar de dictar el libro, su testamento literario, como si fuera una titánica lucha contra el reloj, Bauby murió –aunque su cuerpo ya lo había hecho tiempo atrás, nada más sufrir el fatal accidente- a los 12 días de dar por concluida la redacción de su apasionante e insólito testimonio, como si el sobrehumano esfuerzo le hubiera dejado agotado, sin más ganas de que su corazón siguiera latiendo ni de que su ojo bueno (el derecho se lo habían cosido para evitar posibles infecciones) continuara parpadeando intermitentemente (una vez “sí”, dos “no”), lanzando señales como un faro en la oscuridad. Ante semejante obra, no cabe sino sorprenderse de hasta dónde puede llegar el ingenio en situaciones límite. Un testimonio humano, el de Dominique Bauby,  realmente excepcional para el que los calificativos siempre se quedarán cortos.

 

 
En el aire
 

Y así, entre las películas que veo en la pantallita del asiento delantero y el libro de Bauby, logro olvidarme del siniestro niño que no cesa de parlotear y consigo que transcurran lo más plácidamente posible las largas  horas  de  vuelo.  Con un ligero retraso aterrizamos en Atlanta. El aeropuerto es enorme -al parecer, el más grande de EE.UU.- y por él pueden transitar a diario unas 225.000 personas, es decir, la friolera de 80 millones al año. En apenas una hora tenemos que pasar los controles fron- terizos y de aduanas si quere- mos coger el avión para Den- ver, que sale a las 16,20 horas.
 
Por fortuna, las maletas aparecen a tiempo en la cinta transportadora y los trámites de entrada en EE.UU. resultan más rápidos y sencillos de lo previsto, evitándonos largas colas de espera. Si bien se aprecia cierto caos, el pragmatismo y la improvisación de que hace gala el personal del aeropuerto acaban por facilitarlo todo. Después de coger un tren lanzadera, subir y bajar escaleras mecánicas, avanzar a toda velocidad por pasillos rodantes sin fin, pasamos la aduana, el registro de equipajes y llegamos a la zona de embarque 20 minutos antes de la hora de salida. Se nota que estamos en el Sur pues hace un calor húmedo, sobre todo en el interior del avión mientras esperamos en la pista un buen rato hasta que nos autorizan a despegar. La verdad es que todo ha funcionado a la perfección, como si cada paso que dié- semos hubiera estado milimetrado en un aeropuerto por el que transitan decenas y decenas de millares de personas todos los días.
 
De Atlanta a Denver hay todavía tres horas y media de vuelo. El día es claro y el paisaje que se divisa por debajo de nosotros es llano, una inmensa planicie, con algunos lagos, extensos campos de cultivo geométricamente roturados y núcleos habitados que se van haciendo cada vez más dispersos. Justo detrás nuestro hay una mamá con dos preciosos niños rubios que berrean por turnos. Sin duda debo ser gafe pues, cuando viajo en avión, siempre me toca cerca algún niño impertinente, de ésos que su mamá no consigue acallar... o, a lo mejor, le importa un bledo. Como es un vuelo interior, se acabó la gratuidad de la comida y las películas; por toda atención, nos ofrecen una bebida carbónica y una bolsita de cacahuetes. Ya en las cercanías de Denver, puede verse hacia el oeste la imponente cordillera de las Rocosas que corta bruscamente la llanura sin fin por la que hemos sobrevolado desde que despegamos de Atlanta.

 


Antes de emprender la ruta

Texto: Aurelio Martínez

Fotografía: Manuel Pijuán

26/03/2014

Ron Carter, más que un contrabajista de leyenda

 

 

Ron Carter

Ron Carter en el Festival Jazz sous les pommiers. 2011 Coutances (Francia)

© RETRAC PRODUCTIONS INC.

 

"Creo que el bajista es el estratega en cualquier grupo, y debe encontrar un sonido del que esté dispuesto a ser responsable." ("I think that the bassist is the quarterback in any group, and he must find a sound that he is willing to be responsible for."). Es la frase que aparece en la página de inicio de la web de Ron Carter (roncarter.net).

 

En el artículo sobre Javier Colina (El contrabajo de Javier Colina) escribí algo acerca de la importancia del contrabajo en los grupos musicales y especialmente en el jazz y di algunos nombres de los primeros contrabajistas de jazz y de algunos de los más importantes y entre ellos estaba Ron Carter, que ha tenido una gran influencia en muchos de los contrabajistas actuales. De entre los que siguen en activo, y Ron Carter a sus 76 años (nació en Ferndale, Míchigan, en mayo de 1937) aún lo está, ha sido y es el contrabajista de referencia para cuantos han seguido su escuela, que son muchos. Compositor y bajista, Ron Carter tiene numerosos premios, distinciones y nominaciones, ha tocado con los mejores músicos y orquestas, fue director artístico del prestigioso Instituto Thelonious Monk y actualmente es Profesor Emérito Distinguido del Departamento de Música del City College de Nueva York. Y por supuesto sigue grabando y actuando en directo. Lleva cerca de 60 años tocando el contrabajo y ha contribuido como nadie a la evolución de este instrumento y a su consideración de básico en las bandas de jazz. En una entrevista que concedió a Mike Hennessey Carter dijo: “Cuanto mejor sea la calidad del tono del contrabajista, cuanto mejor sea su sonido, mejor podrá atraer la atención de los otros miembros de la banda. Y el contrabajista debe sentir que es realmente el encargado de fijar la dirección de la música, siempre que sea competente y vigoroso y se pueda ganar la confianza de sus colegas. He tratado de seguir ese punto de vista con todas las bandas diferentes con las que he tocado”.

 

Comenzó estudiando chelo cuando tenía 11 años, instrumento que más tarde cambió por el contrabajo cuando ingresó en la Eastman School of Music de Rochester. Eran los primeros años de la década de los 50 del siglo XX y por aquel entonces no era fácil ver a un músico de raza negra en las orquestas sinfónicas. Quizá fuera ese el motivo por el que se decidió a abrazar el jazz, aunque sin apartarse del todo de la música clásica. Se graduó en 1959, pero unos años antes ya estaba tocando en diferentes grupos de jazz en Nueva York y en algunas otras ciudades de los Estados Unidos. Después formó parte del famoso quinteto de Miles Davis entre los años 1963 y 1968, sustituyendo a Paul Chambers y dejó el quinteto cuando Davis, que ha pasado por todos los estilos posibles, se adentró en el free jazz (estilo que más tarde abandonó). A Carter lo sustituyó el inglés Dave Holland en el quinteto de Davis. Entre las numerosas formaciones en las que Carter ha participado destaca también el quinteto VSOP con Herbie Hancock, Tony Williams, Wayne Shorter y Freddie Hubbard, los conciertos y grabaciones del cuarteto que formó con Sonny Rollins, al saxo, McCoy Tyner al piano y Al Foster a la batería o posteriormente el grupo con Hancock, Williams y Wynton Marsalis. Altamente prolífico, Ron Carter ha grabado más de 30 discos como líder, ha participado en más de 2.500 grabaciones con otros intérpretes y ha compuesto la música de varias películas. Y es que Ron Carter es algo más que un contrabajista que ha creado escuela. Carter es uno de los músicos más importantes de la historia del jazz y su contribución a esta música como compositor, instrumentista y formador ha sido y sigue siendo enorme.

 

Ha tocado en los clubs, teatros, auditorios y festivales más importantes de todo el mundo y ha estado varias veces en España (perdón porque me centre más en lo que es más próximo para mí). Palma, Valladolid, San Sebastián, donde recibió el premio Donosti Jazzaldia en 2010, Barcelona y Madrid lo han visto actuar con su Golden Striker Trío. La última vez que actuó en Madrid lo hizo en el Teatro Lara en marzo de 2013, acompañado por el guitarrista Russell Malone y el pianista Donald Vega, que sustituía a su pianista habitual, Mulgrew Miller, que falleció en mayo de ese mismo año. No pude asistir a ese concierto, yo que vivo en Madrid, y ha tenido que ser en Milán donde lo haya visto en directo por primera vez. Coincidió un viaje mío reciente a Milán con una actuación suya durante dos días en el Blue Note milanés y no podía dejar pasar la oportunidad de ver a Ron Carter en directo y por añadidura conocer el Blue Note de esa ciudad. Así que, con suficiente antelación, compré un par de entradas para el mismo día de mi llegada a Milán, que era el segundo y último de su actuación.

 

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Entrada del Blue Note Milano

 

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Programación de Blue Note Milano de marzo 2014

 

El Blue Note de Nueva York se inauguró en el año 1981 y es considerado uno de los clubs de jazz más famoso del mundo. A raíz de su éxito, se abrieron otros Blue Note en modalidad de franquicia en otras ciudades. Actualmente se mantienen cuatro: Nueva York, Tokio, Nagoya y Milán. Todos son parecidos (personalmente no conozco los dos de Japón), amplios, con una decoración moderna, buena acústica y buena iluminación. El de Milán ha sido el último en abrir sus puertas, en marzo de 2003. Tiene una muy buena distribución de sus mesas, lo que permite una visibilidad perfecta del escenario desde cualquier lugar, incluida su barra. Uno va a estos lugares a escuchar buen jazz, pero también a tomarse una copa y en eso falla estrepitosamente el Blue Note milanés. Pedimos un mojito (yo que suelo pedir whisky) y un "Aida jazz" (un cóctel sin alcohol) que se quedó casi entero en la mesa. El mojito era todo hielo picado, con algunas gotas de ron, un poco de soda o bebida parecida más el añadido de unas hojas de hierbabuena y una rodaja de limón. Por lo que me sirvieron a mí, a buen seguro que de una botella de ron sacan más de cien mojitos. Eso sí, tan caro como el mejor.

 

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Minutos antes del concierto de Golden Striker Trio (Blue Note Milano, 19 marzo 2014)

 

Pero vayamos al concierto que es lo que interesa. En el Blue Note de Milán suele haber dos pases, el primero a las 21:00 y el segundo a las 23:00. Nosotros fuimos al segundo. No estaba lleno pese a que la programación era muy atrayente. Quizá la hora y que fuera miércoles contribuyera a ello. Salió Ron Carter al escenario con los dos músicos que le acompañaron en este concierto. El pianista Donald Vega y a la guitarra Anthony Wilson, que formará parte del trío sustituyendo a Russell Malone en esta gira por varios países europeos en 2014. Donald Vega es un excelente pianista de origen nicaragüense y formado en Estados Unidos que lleva con Ron Carter y su Golden Striker Trio desde el fallecimiento de Mulgrew Miller. Anthony Wilson es un guitarrista, compositor y arreglista estadounidense, con varios discos y premios en su haber y que forma parte del cuarteto que acompaña habitualmente a Diana Krall.

 

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Concierto de Ron Carter Golden Striker Trio (Blue Note Milano, 19 marzo 2014)

 

Ron Carter con su porte distinguido y su elegancia habitual, corbata y pañuelo a juego, pero sobre todo con su contrabajo, que toca con una maestría forjada a lo largo de más de sesenta años, nos ofreció un concierto que, aunque breve (es lo que tiene lo de los dos pases independientes), satisfizo mis expectativas y creo que las de todos los allí presentes a tenor de los aplausos que recibió. Tocaron temas clásicos y alguna composición propia, como Candle light. Y Ron Carter se lució especialmente en Laverne walk, un tema compuesto por otro contrabajista de leyenda como fue Oscar Pettiford. Otros tres temas muy conocidos fueron The Golden Striker, My Funny Valentine y Soft Winds. Y hubo algunos temas más, no muchos porque el concierto, como ya he dicho, fue corto, rondando una hora de duración. Supongo que a los empresarios de Blue Note les resulta más rentable este modelo, así lo hacen en todos sus clubs y en muchos otros, pero creo que el espectador agradecería poder asistir a dos pases con un pequeño intermedio entre ambos.

 

Y cierro este artículo reiterando la satisfacción que me ha producido ver en directo a una de las grandes estrellas y leyendas del jazz actual y de todos los tiempos.

 

 

 

 

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