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Viernes 23 de Mayo de 2014 10:24

Al rico helado!

por Ana Martínez Arce

 

Hace unos años pensaba que hacer helado en casa era cosa de profesionales: que habría que tener una mega máquina de 600 euros o algo así, pero el año pasado descubrí las heladeras sencillas y pedí una por mi cumpleaños. Desde entonces parezco publicista de la máquina. Me pasa con todo lo que me gusta: si me gusta un libro, una película o una canción se lo cuento a TODO el que conozco como si me llevase una comisión por incremento en las ventas. Pero es que en un mundo de electrodomésticos inútiles la heladera es una GRAN compra: las venden por unos 50 euros y te evitas viajes al VIPS a horas intempestivas porque se te ha antojado un helado de lo que sea!

 

 

 

 

 

Con las de 50 euros funciona mi querida "excusa de la amortización" (mi excusa para comprarme un electrodoméstico sin sentirme culpable): a 5, 6 o incluso 7 euros la tarrina de Ben & Jerrys, Häagen Dazs y compañía, en cuanto haces unas cuantas tandas de helado (sale más del medio litro tacaño de las tarrinas esas), ¡¡ya la has amortizado!!

 

Por cierto, hablando de cantidades, lo de las tarrinas de helado de 5 kilos que salen en las pelis americanas y que la pobre despechada tiene que llevar a dos manos desde el congelador hasta el sofá porque con una no podría ni Lebron James o alguien similar, ¿son una leyenda urbana o son de verdad?. Porque si existen yo quiero una, y cuando acabe el helado, ¡desecaré el recipiente y lo usaré como artículo de decoración!. Que a mí que soy de comer helado con cuchara grande (comer helado con cuchara pequeña es incluso peor que beber vino en vaso de plástico), las de medio litro me cunden más bien poco.

 

 

Me voy a centrar en los helados de hoy. Todavía tengo que probar a hacer combinaciones "gochas" del tipo: helado de vainilla con trozos de chocolate, chocolate fundido, trozos de galleta y churretones de caramelo, pero como la casa no se empieza por el tejado, habrá que empezar con una buena receta básica de helado de vainilla, y ¿quién mejor que David Lebovitz para eso? La que también probé hace unos meses fue la de helado con bacon confitado que aparece en la página de David y la tengo que volver a hacer porque el bacon confitado debería estar prohibido y venderse en el mercado negro: ES UNA LOCURA - menos mal que hay mucha gente que no lo ha descubierto... De todas formas, la siguiente vez que la haga, en lugar de cortar las tiras de bacon crujiente en trocitos y echarlos al helado, haré el helado y le pondré un chip de bacon confitado por encima - mmmm

 

 

El segundo helado de hoy - en tiempos de crisis no solo los supermercados hacen 2x1 - es uno de mis favoritos: el de "Strawberry Cheesecake". Cualquiera que no tenga heladera, que salga YA a comprársela, que por 50 euros puedes hacer en casa, y con las combinaciones que quieras, helados para hacerle la competencia a Häagen Dazs y compañía y encima son fáciles de hacer (vale, cocer al baño maría removiendo hasta que la mezcla se espesa lo suficiente es un poco coñazo, pero lo mejor es que lo haces un día que tienes tiempo, lo congelas y ¡tienes helado para rato!)

 

Bueno, tengo que reconocer que, aún con heladera, sigo haciendo viajes al VIPS y el otro día probé un helado de galletas "speculoos" que te puedes morir de bueno, así que lo siguiente será hacer galletas speculooos y un helado con ellas...

PD. Esta es una página web que he creado con mi hermana: www.hermanasarce.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Helado de vainilla

 

250ml leche entera

una pizca de sal

150gr azúcar

1 vaina de vainilla

500ml de nata (35% mat. grasa)

5 yemas de huevo

1 cucharada de extracto de vainilla. Yo no lo eché porque ya llevaba la vaina..

 

 

1. Calentar la leche, la sal y el azúcar en un cazo. Extraer las semillas de la vaina de vainilla e incorporarlas, además de la vaina vacía, a la leche. Cubrir, retirar del fuego y dejar infusionar durante una hora.

2. Verter la nata en un bol colocado encima de otro bol con agua fría y hielo.

3. En otro bol batir las yemas de huevo. Recalentar la leche. Añadir la leche a las yemas, poco a poco y removiendo con un batidor constantemente. Devolver la mezcla al cazo y cocer a fuego lento, removiendo, hasta que la mezcla tenga la consistencia suficiente para cubrir la parte trasera de la cuchara.

4. Colar esta mezcla sobre la nata, remover hasta que se enfríe la mezcla, añadir el extracto de vainilla y refrigerar, preferiblemente durante al menos 12 horas.

5. Verter la mezcla dentro de la heladera y seguir las instrucciones del fabricante.

 

 

 

 

 

 

 

 

Helado de Strawberry Cheesecake

 

480ml de "half-and-half": mitad del volumen de nata y mitad de leche

1/2 vaina de vainilla o 1/2 cucharadita de extracto de vainilla

115gr de queso philadelphia

60gr de yemas de huevo

130gr azúcar

fresas cortadas en trozos (cantidad al gusto)

trozos de galleta digestive

 

 

1. En un cazo a fuego medio-alto, hervir la mezcla de nata y leche con la vaina de vainilla. Retirar del fuego, extraer la vaina de vainilla, extraer las semillas e incorporar a la leche y la nata.

2. Mientras tanto, en un bol mezclar el queso, las yemas y el azúcar y batir durante unos dos minutos.

3. Poco a poco añadir a esta mezcla la de leche y nata caliente, removiendo constantemente para que no se cuaje.

4. Calentar la mezcla resultante al baño maría hasta que espese lo suficiente como para cubrir la parte trasera de la cuchara con la que se remueve.

5. Inmediatamente retirar la mezcla del fuego y remover para enfriarla. En este punto añadir el extracto de vainilla si se emplea en lugar de la vaina de vainilla. Añadir los trozos de fresas.

6. Refrigerar durante, al menos, 12 horas.

7. Pasadas las 12 horas, verter la mezcla dentro de la heladera, añadiendo trozos de galletas digestive y seguir las instrucciones del fabricante.

 

 

 

Miércoles 21 de Mayo de 2014 19:58

TRES DISPAROS EN LEON

por Juan Pedro Escanilla

“… cómo tres golpes secos dados en la puerta de la infelicidad”. No hace falta que Montserrat y Triana hayan leído a Camus para que, después de unos cuantos años entre rejas, comprendan las consecuencias de estos tres disparos que han hecho buena aquella frase de que “hay enemigos, enemigos a muerte y compañeros de partido” y que han desatado una cadena de despropósitos en un tiempo record:

Dos militantes del PP se cargan a tiros a su jefa política y la consecuencia más inmediata es … la dimisión de una concejal socialista, evidenciando hasta que punto la izquierda española esta presa de un complejo de “gallina en corral ajeno” y acepta, sin más las normas de comportamiento político que impone la derecha aunque ésta misma no las cumpla.

De acuerdo, era un exabrupto mezquino y miserable, pero no más que los que abundan en boca de políticos que ni se molestan en disculparse. Por ejemplo, el del candidato Arias Cañete. Que, por supuesto, es diferente: Es peor. Si dentro de unos días se produce una muerte violenta en España, hay muchas más probabilidades de que sea por violencia machista que de que se repita algo similar a lo de León.

Lo cual no ha impedido que se desaten los grandes medios y se inicie una caza de brujas contra algunos internautas, incapaces de comprender que Facebook y Twiter no son tertulias de taberna entre amigos, por parte de unos fiscales incapaces de determinar los limites de la libertad de expresión, por burda que sea. A este respecto, el azar de las cosas ha querido que esta misma semana el país semanal publicara un comentario de Juan José Millás a una foto del cardenal Bertone. El comentario, magnífico, termina así: Yo, de las monjas, le pondría cianuro en las natillas. Por supuesto, el estilo es mucho mejor, claro.

Y como para demostrar que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra ilustres portavoces del PP, con la honrosa excepción de Soraya Sáenz de Santamaría que todo hay que decirlo, se lanzaron a toda prisa a buscar chivos expiatorios en el 15M, la PAH y, en general, en el llamado “clima de crispación”. Por suerte para el PP, alguien debió de advertirles a tiempo que iban camino de repetir el mismo error que tras los atentados de Atocha y les recordó las consecuencias. A pesar de eso, aún de cuando en cuando se oye alguna tontería de ese tipo.

Probablemente, los estrategas de campaña que trataron de sacar tajada intentando convertir en martirio político lo que era, según todas las apariencias, un ajuste de cuentas y santificando a Isabel Carrasco no sabían lo que se traían entre manos. La fama es algo muy delicado. Cada uno se fabrica la suya con sus actos y la imagen de la Sra. Carrasco en Castilla y León estaba lejos de carecer de sombras, por decirlo suave. Ya sé que las oraciones fúnebres no son el momento de sacar defectos pero hay que tener mesura so pena que la gente, cabreada, te devuelva a la realidad.

Se dice que una imagen vale más que mil palabras y ha habido una que se la ha escapado en varias ocasiones a los guardianes de la TV: Donde cayó la Presidenta del PP de León apenas había al día siguiente cuatro velas y dos o tres ramos de flores. Los que recuerden imágenes similares de otros hechos luctuosos no tienen más que comparar y sacar sus conclusiones.

 Eran poco más de las 4 de la tarde cuando, después de pagar los consabidos 25 dólares (se pagan cinco dólares más cuando hay transporte, siempre gratuito, en el interior del parque), entramos  por el acceso de Desert View a unos 2.300 metros de altitud, en el South Rim, o borde sur, del Grand Canyon National Park. Desde allí puede verse una gran panorámica del curso previo del río y de la confluencia con el Paria, su afluente, a unos 1.400 metros por debajo del nivel en que nos encontrábamos. En la década de los treinta se levantó una torre vigía de tres pisos, a semejanza de las que construían los anasazi, desde la que puede contemplarse una grandiosa panorámica del parque. Una ancha carretera, la Desert View Drive, bordea durante unos 35 kilómetros el majestuoso cañón hasta el extremo este. A lo largo del camino hay varios miradores para satisfacer la demanda del incipiente turismo con la vista del cañón; el principal es Grand View Point adonde, al parecer, llegó en 1540 la expedición comandada por Coronado, de la que dio testimonio escrito 20 años después un clérigo apellidado Crespi. Por desgracia, en fecha muy reciente zonas muy extensas del bosque han sido pasto de las llamas, que han dejado un rastro de desolación a su paso. El centro propiamente dicho del parque está bastante más allá, en la zona de Grand Canyon Village, que cuenta con todos los servicios necesarios: el centro de visitantes, los alojamientos del parque (hotel, residencias, cabañas), la cafetería-restaurante, el supermercado, etc. En torno al conglomerado hay varios miradores más para contemplar el cañón en toda su majestuosidad: Yaki Point (en donde comienza el sendero de mayor pendiente para bajar al fondo del cañón, 13 kilómetros en los que se salvan más de 1.400 metros de desnivel) y Yavapai Point (de donde sale el otro y más largo sendero –20 kilómetros- para descender a las profundidades del cañón), ambos nombres evocadores de pueblos indígenas que vivieron en la zona. A partir de ahí comienza otra carretera, la Hermit Road, que en temporada alta sólo se puede transitar en autobuses del parque, y que tiene también varios puntos panorámicos igualmente sugerentes: Maricopa, Hopi, Mohave y Pima.

 

Panorámica del Gran Cañón desde la torre vigía en lña entrada de Desert View 

 

El Gran Cañón se inicia en la confluencia de los ríos Paria y Colorado, al este, y se extiende por el oeste más de un centenar de kilómetros hasta cerca de las aguas embalsadas del lago Mead. A finales del siglo XIX hubo varios intentos infructuosos de explotar el cobre del fondo del cañón (el acarreo del mineral en mulas no hacía rentable la empresa), a lo que siguió la construcción de hoteles para satisfacer el incipiente turismo en la zona. Pero sólo en 1908, a raíz de una visita del presidente Theodore Roosevelt al cañón en la que dijo que éste debía preservarse para las futuras generaciones “como la maravilla que todos los americanos deberían conocer”, quedaría el cañón bajo la protección del Estado.

 

Testimonio de la llegada de Coronado en 1540

 

En 1919 fue declarado parque nacional y, actualmente, es visitado por cerca de cinco millones de personas al año; se recomienda evitar las visitas en pleno estío, por el calor sofocante (sobre todo en el fondo) y las aglomeraciones. Además del servicio de autobuses del parque, un antiguo tren de vapor recorre el trayecto entre el parque y la ciudad de Williams, cien kilómetros al sur, en las cercanías de Flagstaff.

 

 

Vista desde un mirador de Desert View Drive

 

El cañón está formado por numerosos estratos de roca –caliza, sobre todo, arenisca y esquisto- que se superponen en paralelo, y ya en la base, e inclinados a causa de la mayor erosión, por otros de cuarzo y esquisto. Si bien su origen se remonta a tiempos remotos, los mayores cambios datan de fecha relativamente reciente para la geología: hace unos cuatro millones de años, las turbulentas aguas del río Colorado comenzaron a excavar las paredes del cañón, que hoy se encuentra a unos 1.400 metros de profundidad, siendo mayor la erosión en algunos puntos debido a la inclinación de la meseta del Kaibab que está en la base. La anchura del cañón y sus originales formaciones rocosas son consecuencia, una vez más, de la erosión que producen la lluvia, el viento y el hielo en las capas de arenisca y caliza.

 

Puesta de sol cerca de Canyon Village

 

Al congelarse el agua en invierno debido a las bajas temperaturas, las grietas que hay en la piedra se expanden y presionan sobre las rocas: las más blandas se erosionan y dan lugar a paredes inclinadas, mientras que las más duras resisten y forman paredes verticales. Tal es la panorámica que podemos ver a todo lo largo del Gran Cañón: laderas con montículos y pináculos erosionados que se sustentan sobre otros más anchos cortados a pico. El gradiente inclinado de las capas inferiores de la meseta y el gran volumen de sedimentos que arrastra el río son los principales causantes de la erosión. El cañón es una auténtica sinfonía de colores por los diversos estratos de piedra que lo forman, variando ésta en el curso del día según la incidencia y la intensidad solar. Si ya de por sí es monumental el cañón –por sus formas repetidas ad infinitum y por sus extraordinarias dimensiones, que lo hacen de todo punto incomparable- su belleza radica sobre todo en la iridiscente gama de colores de las rocas y en los sutiles cambios de luces y sombras según cómo incida la luz solar.

 

Las sombras se abaten sobre el Gran Cañón 

 

Pero volvamos ahora a lo que nos importa, a nuestra visita al parque. Nada más llegar nos  dirigimos  a  la  central  de  reservas para  buscar  alojamiento.  Era  un  jueves por la tarde y estábamos al comienzo de la temporada alta, así que difícilmente se podía ser optimista acerca de la posibilidad de  encontrar  un  sitio  donde  alojarnos. Pero no había más remedio que intentarlo. Por  fortuna,  mi  actitud  pesimista  no  se vio confirmada, pues alguien acababa de hacer una cancelación y había quedado libre una habitación doble con dos camas matrimoniales en una de las residencias del parque. Sin duda, podríamos arreglarnos para pasar una noche. Aprovechando la ocasión y la buena suerte que parecía acompañarnos, nos apuntamos en una lista de espera para alquilar una cabaña al día siguiente en Phantom Ranch al fondo del cañón, si bien nos advirtieron de que nuestras posibilidades de conseguirlo eran muy reducidas pues bastante gente lo había solicitado antes que  nosotros. Teníamos que volver allí a las 6,30 de la mañana del día siguiente, momento en que se distribuían las plazas vacantes entre los presentes por riguroso orden de lista. ¡Menudo madrugón nos esperaba, pues! 

 

Aprovechamos el resto de la tarde para descansar, visitar el Canyon Village, recorrer algunos miradores desde los que se divisa el cañón y cenar frugalmente. Lo mejor vino a la hora del crepúsculo, cuando la conjunción de los colores y formas de la piedra y la iridiscencia e intensidad de la luz vespertina crea una atmósfera única en el cañón, haciendo que los largos -¿o cortos?- minutos en que las últimas luces se pierden en el horizonte resulten poco menos que inolvidables, grabándose indeleblemente en nuestra retina. Seguidamente, tras los ecos de las exclamaciones de admiración de algún que otro visitante conmocionado ante tamaña belleza, el cañón empieza a difuminarse, a desdibujarse, a volverse imprecisos sus límites, a desaparecer, y todo el espacio circundante se cubre de sombras. Fue una experiencia casi mística, de comunión con la naturaleza, similar en cierto modo a la que vivimos días atrás en el Parque Nacional de Arches al contemplar el Delicate Arch bajo los iridiscentes matices de la luz crepuscular (aunque aquí debo señalar que, para Manolo, la sutileza del solitario arco visto bajo la luz crepuscular no tiene parangón).

 

Fotógrafo "retro" con diapositivas y cámara de placa

 

A la mañana siguiente estábamos los cuatro compañeros de fatigas puntuales a la cita que iba a determinar si podríamos bajar o no al fondo del cañón.  Los  americanos  acostumbran  levantarse al amanecer, por lo que las 6 de la mañana no es una hora intempestiva para ellos, pero en este caso tan temprana hora estaba plenamente justificada pues había que descender al fondo del cañón por un sendero  muy empinado de 13 kilómetros y, en lo posible, había que evitar hacerlo en las horas centrales del día. Llegada la hora, un empleado con aire somnoliento comenzó a pasar lista pero nadie  contestó  hasta  que  llegó  a  nosotros,  así que volvimos a recibir una agradable sorpresa: definitivamente podíamos alojarnos en una cabaña de Phantom Ranch y, por tanto, emprender de inmediato el descenso.

 

Bajando por el South Kaibab Trail

 

Como ya hubiéramos aprovisionado las mochilas previendo que pudiéramos pasar la noche en el fondo del cañón, tomamos un autobús del parque hasta Yaki Point (a 2.213 metros de altitud) y empezamos a descender por el South Kaibab Trail hasta Phantom Ranch (a 768 metros sobre el nivel del mar), en la otra orilla del río; en total, 13 kilómetros de pronunciada pendiente que salvaban 1.445 metros de escalofriante desnivel. Al inicio del sendero vemos una serie de carteles que llaman a la moderación y avisan del peligro que supone cualquier tentativa de bajar y subir en el mismo día, pues todos los años hay que rescatar una media de unos 200 excursionistas que desfallecen en el intento, además de que una  media docena pierden la vida sobre todo por despeñamientos.

 

Punto de observación

 

Durante largos trechos, el sendero tiene rellanos escalonados de algo menos de un metro de ancho para facilitar el paso de las mulas, que, formando expediciones, portan en sus lomos visitantes, comida (para Phantom Ranch) y basura (generada en el rancho). No hay ni gota de agua en el camino, pero ello no nos importaba pues cada uno de nosotros llevaba consigo al menos dos litros. Nos detenemos en las escasas y pequeñas explanadas del camino a contemplar las distintas panorámicas del cañón que la bajada nos ofrece. Como sea, quiero retener en la retina, en la memoria, en los pulmones, el espectáculo inigualable que el descenso me ofrece. A esa hora el calor era aún soportable. En dos o tres ocasiones nos cruzamos con reatas de mulas que subían con su correspondiente carga. Descendimos a paso -más bien diría a trote- ligero, saltando prácticamente de tramo en tramo y pasando a cuantos senderistas encontramos en nuestro camino, y tardamos un poco más de tres horas y media en llegar al fondo del cañón (lo normal es de cuatro a seis horas), en donde hubimos de cruzar un puente metálico colgante para pasar a la otra orilla. Mi calzado, que no era de montaña, salió maltrecho de la experiencia y sólo pedía que me aguantase hasta la ascensión del día siguiente.

 

Reata de mulas regrasando a South Rim

 

A la salida del puente hay un remanso del río Colorado con una pequeña playa en la que estaban varadas varias balsas de rafting, sin duda procedentes de esas expediciones que se hacen por el curso del río desde el lago Powell hasta el lago Mead para disfrutar durante varios días de la espectacularidad de los parajes del cañón y de las corrientes bravas. Uno sólo puede bañarse en la orilla de los remansos, pues de lo contrario correría el riesgo de que las fuertes corrientes lo arrastrasen río abajo. Hasta Phantom Ranch todavía hay que andar cerca de un kilómetro entre una vegetación de clima más cálido, como lo demuestra la profusión de chumberas y árboles caducifolios. Fácilmente, habría diez grados de diferencia entre el borde superior y el fondo  del cañón.

 

 

A esa altura, un arroyo de aguas bravas, el Bright Angel Creek, desagua en el Colorado, que lleva mucho caudal en esta época del año debido al deshielo. Phantom Ranch tiene una casona central que hace las veces de cantina y tienda de bebidas, alrededor de una docena de cabañas con cuatro literas cada una y unos corrales para los animales de carga. Junto al arroyo hay un terreno de acampada en el que algunos jóvenes han levantado sus tiendas. Bajar hasta allí siempre había sido un sueño desde la primera, y ya lejana, vez en que estuve por aquellos parajes: en el verano de 1970, con Ingrid y unos amigos de Phoenix, y en la Nochebuena de 1971, en que pese a nuestros deseos (iba con mi hermano y unos amigos de la Universidad de Santa Barbara) no pudimos bajar al fondo del cañón por encontrarse toda la zona cubierta de nieve. Así que a la tercera fue la vencida. Además, apenas estaba fatigado pese al impresionante descenso que hicimos en tan breve espacio de tiempo. Después de aquello me creía capaz de acometer cualquier proeza.

 

Cerca del río Colorado

 

Como en el interior de la cabaña hiciese calor, me fui a la orilla del riachuelo para tratar de aliviar la fatiga de los pies dentro del agua fresca. La vista desde el fondo del cañón es mucho menos dramática, menos impresionante, que desde arriba por la falta de perspectiva; también hay menos matices de color porque la sombra se echa pronto encima debido a la gran profundidad del cañón. Al atardecer, cenamos en el segundo turno –a las 19,30 horas- en la cantina de Phantom Ranch. Hay que contratar previamente el alojamiento y la comida arriba, pues no se puede superar el número de plazas libres y cada turno de comida  está calculado para unos 35 comensales. Eso sí, ponen las fuentes y las perolas a rebosar de comida, de manera que es muy difícil que uno salga con hambre de  allí.  Para  cenar  teníamos  una  copiosa ensalada con toda clase de  verduras frescas, un contundente estofado de ternera y un buen trozo de pastel. La atmósfera que reinaba en el lugar era sumamente distendida, como si todo el mundo se conociera de antemano, como  si  estuviéramos  en  un  albergue  de montaña.

 

 

Compartíamos la mesa y los bancos corridos con cinco mujeres de mediana edad que procedían de todas las partes del país, sobre todo de los estados del Este, de Nueva Inglaterra. Una de ellas era de Nuevo México y no paraba de cantar las excelencias de la vida cultural de Santa Fe, pequeña ciudad que cuenta con una numerosa comunidad de artistas (adquirió renombre sobre todo gracias a la pintora Georgia O’Keefe) y con una de las principales óperas del país. Tras presentarnos unos a otros, nos hicimos fotos, nos reímos de lo lindo, charlamos sobre viajes y actividades de senderismo, etc.

 

 

Algunas de aquellas mujeres se habían atrevido a hacer el recorrido del Rim to Rim, es decir, bajar el cañón desde el North Rim o cara norte, continuar por el North Kaibab Trail (unos 12 kilómetros por el fondo del cañón) y subir por el Bright Angel Trail hasta el South Rim, cerca de 50 kilómetros en total, con desniveles de 1.400 a 1.600 metros según la cara del cañón, que suelen hacerse en dos o tres días de marcha.

 

 

El problema es qué hacer con el coche, pues una vez completado el recorrido habría que recogerlo en el lado opuesto, a más de 300 kilómetros por carretera. Hay que reconocer que muchos americanos tienen auténtico espíritu aventurero y no se arredran ante nada. Por desgracia, mis queridos compañeros de viaje apenas podían comunicarse por su casi total desconocimiento del inglés. Al anochecer, y  para bajar la cena, hicimos una breve marcha (¡había que tener ganas después de la paliza que nos habíamos metido por la mañana y, más aún, de la que nos esperaba al día siguiente!) por el North Kaibab Trail, alumbrados por la luz de los frontales de Fernando y Pilar y por alguna que otra luciérnaga que encontramos al paso.

 

 

Cena en Phanton Ranch

  

A la mañana siguiente, después de aprovisionarnos de una bolsa de comida y bebidas energéticas que nos dieron en Phantom Ranch y de recoger la basura que tenemos que portar con nosotros, emprendimos el ascenso al South Rim por el sendero con menos pendiente, esto es, el Bright Angel. Hay que cruzar también otro puente colgante, si bien éste más corto. La ascensión es algo más fácil por aquí, aunque bastante más larga, unos 20 kilómetros en total. También hay más sombra y se puede encontrar agua en tres puntos a lo largo del camino.

 

Puente colgante sobre el Colorado

 

Tras iniciar con brioso ímpetu la subida, a los siete u ocho kilómetros empecé a desfallecer de cansancio y deshidratación. Conforme avanzaba el día el calor se hacía más sofocante y las zonas de sombra en el camino disminuían hasta desaparecer prácticamente. Al llegar a Indian Garden, casi mediada la ascensión, paré con Manolo junto a un manantial a la sombra -para entonces Fernando y Pilar se habían adelantado ya hasta perderlos de vista- y, tras descalzarnos, metimos los pies y la cabeza en el agua y descansamos un rato en aquel oasis de vegetación frondosa. Yo no hacía más que beber (probablemente mi agotamiento se debió en parte a que apenas comí nada durante la ascensión) y echarme agua por todo el cuerpo. Todavía quedaban dos fuentes de agua a unos cinco y tres kilómetros del Rim, pero para entonces yo estaba sin resuello y confieso que hubo momentos en que lo pasé francamente mal.

 

Panorámica de la subida por el Bright Angel Trail

 

Seguí subiendo a duras penas en compañía de Manolo, que también estaba pasando por un difícil trance. Pero el pundonor y la necesidad hicieron que sacara fuerzas de flaqueza. Tenía la frente empapada en sudor, y éste caía ya salado por los ojos causándome cierta picazón y nublándome la vista, lo que unido al cansancio no contribuía en nada a mejorar mi prestación. Al menos, a modo de consuelo podía ver las referencias de desnivel en los montículos de la cara norte y, al comprobar que me iba acercando al borde, recobraba ánimos. Ya en las dos últimas paradas con fuentes de agua podía verse a bastantes excursionistas que habían descendido hasta allí, en especial a la última, a algo menos de tres kilómetros del borde; por supuesto, luego regresaban. Claro que yo llevaba ya  17 kilómetros a mis espaldas, bastante más de mil metros de ascensión y un agotamiento que no tenía paliativos. Yo sufría, a la vez que sentía un inmenso gozo por la hazaña realizada; pero ciertamente que sufría bajo aquel sol de justicia que no cejaba de cebarse en mí desde las primeras horas del día. Mi calzado, casi destrozado por los continuos e implacables rebotes durante el apresurado descenso, apenas podía resistir más embates. Ya al límite del agotamiento, Manolo y yo pasamos un puente de arenisca y unos 200 metros más allá arribamos al South Rim. Nos dejamos caer derrengados en la hierba. Habíamos empleado 6 horas y 40 minutos en hacer la interminable ascensión, que por momentos devino angustiosa (la estimación media para hacerla es de seis a nueve horas). Fernando y Pilar habían llegado unos 20 minutos antes y, evidentemente, en mejor estado de forma. La verdad es que fue toda una machada pues la ascensión se las traía, pero decididamente me lo pensaría mucho a la hora de repetir la experiencia.

 

Punto de agua en la subida

 

Ya algo repuestos del tremendo esfuerzo, tomamos unos sándwiches, bebimos unas cervezas y compramos algunos recuerdos en Canyon Village, tras lo que proseguimos la ruta deshaciendo el camino andado. Durante  un  rato seguimos viendo las laderas escarpadas del cañón hasta que salimos del parque por el mismo lugar por donde habíamos entrado. Volvimos a Cameron y luego subimos por la carretera 89 hasta un punto cerca de Page en que ésta se bifurca,  dirigiéndonos hacia el oeste. En Mable Canyon, un paraje desértico en el que hay una presa, volvimos a encontrarnos con el curso del Colorado, encajonado entre estrechas paredes cortadas a pico. Aunque en principio teníamos intención de visitar la presa Hoover en las cercanías de Las Vegas, ya no volveríamos a ver más las aguas del impetuoso río. A partir de ahí, dejamos atrás el territorio semidesértico donde malviven los indios navajo y, tras una ligera ascensión, nos introdujimos en una vasta región boscosa. Después de 60 kilómetros atravesando bosques (una vez más, por momentos fantasmales, calcinados por los implacables incendios forestales), llegamos a Jacob Lake que era nuestra siguiente parada y fonda. Es curioso, lo que tomamos en el mapa por un pueblo más o menos grande aunque solitario, apenas era más que una estación de servicio, una cafetería, un motel y varias decenas de cabañas en medio del bosque nacional de Kaibab, una elevada meseta a unos 2.000 metros con un microclima propio.

 

Último esfuerzo bajo el inclemente sol

 

Aunque ya era tarde, por fortuna el motel aún no estaba lleno; nos dieron una habitación y una cabaña de madera. La noche no tardó en echarse encima y, cuando fuimos a cenar, sólo estaba abierta ya la barra de la cafetería, una curiosa barra en forma de U en la que los parroquianos (trabajadores forestales, moteros, viajeros de paso como nosotros...) mantenían animadas conversaciones entre sí. Parecía que fuésemos una gran familia en la que todos nos conociésemos, exponente ilustrativo de esa virtud que tienen los americanos de comunicarse sin prejuicios con el primer desconocido que tienen a su lado. Al poco apareció, habladora y sonriente, una mujer grande y bella enfundada en una chupa de cuero y con un pañuelo anudado al estilo pirata a la cabeza, vestimenta típica de los moteros que viajan con sus majestuosas Harley Davidson. Habladora y sonriente, enseguida se alzó el tono jovial del resto de los presentes, intensificándose el cruce de conversaciones, a la vez que las apuestas entre nosotros sobre si la motera viajaría sola o iría acompañada de un arrogante colega.

 

Motero sin casco

 

A lo largo del camino vimos a muchos moteros, la mayoría en la cincuentena y enfundados en sus chupas y pantalones de cuero, surcando parsimoniosamente el asfalto con sus poderosas y relucientes motos (entre otros, un grupo de cinco cubanos y portorriqueños que hacían el trayecto de ida y vuelta entre Miami y los Angeles en dos semanas). Marchan en general en grupo, conducen con aire marcial –los brazos alargados, los pies extendidos- y no se les ocurre hacer alardes en la carretera. Es como un modo de entender la vida, una filosofía: cuando uno es maduro y tiene una posición desahogada puede darse el capricho de tener una Harley y enrolarse en un club en el que encuentra a otros aficionados como él. Conducir una Harley, y no otra marca de moto por muy buena que sea, es un símbolo de poderío y prestigio, una ostentación recatada que, por lo general, no está al alcance de todos. Tener una Harley es tener un estatus entre los moteros, a la vez que un estilo de vida: elegante, poderoso, sereno, distinto y distante, algo narcisista y muy ligado a la idea de libertad.

 

Grupo de moteros y sus relucientes Harley Davidson

 

Nos sorprende mucho –especialmente a Fernando, que es motero de toda la vida y se muere de la envidia- ver a estos jinetes del asfalto sin el consabido casco de uso obligatorio en nuestras latitudes. Pero es que estamos en EE.UU. y los conceptos de libertad y responsabilidad tienen aquí diferentes matices. Ahora que, eso sí, las leyes están para cumplirlas, por eso nadie se excede en la velocidad. Vimos, pues, muchos moteros sin casco, así como circular artilugios rodantes de impensable homologación en nuestras carreteras, pero en los más de 4.000 kilómetros que recorrimos no vimos ni un solo accidente.  A modo de colofón, puedo decir que aquella singular barra de aquella cafetería en medio de un bosque era un espejo de cierta América profunda, en la que los parroquianos mezclaban tradición con modernidad, el sombrero vaquero con el pañuelo pirata y la chupa motera,  la carcajada espontánea y sonora con la risa amortiguada, la ingenuidad del vaquero con la sutileza del viajero urbano, etc., etc.

 

Panorámica del Gran Cañón desde el North Rim

 

Desde Jacob Lake hubimos de recorrer aún 60 kilómetros más entre pinos, abetos y abedules (por momentos calcinados, cómo no), hasta llegar al North Rim del Grand Canyon National Park, que está en una meseta unos 300 metros por encima de la cara sur. El lugar más alto del parque es el Point Imperial, a 2.684 metros sobre el nivel del mar, desde el que se divisa una vista espectacular del cañón. Hay un sendero –el North Kaibab- que desciende hasta el fondo del cañón, habiendo de  recorrer  luego  unos 10 kilómetros por él para llegar hasta el  lecho  del  río  Colorado,  que fluye junto a las paredes del South Rim  y  prácticamente  no  puede verse desde allí. El sendero para descender, de unos 13 kilómetros, es muy empinado. Pero nosotros nos dábamos por satisfechos con nuestra  hazaña  del  día  anterior.

 

Terraza del centro de visitantes

 

Dimos un largo paseo por el borde para contemplar las espectaculares vistas  que  se  nos  ofrecían  a  la vista, si bien me parecieron más impresionantes las del otro lado, quizá por haber podido gozar de la magia de los iridiscentes colores crepusculares.  Desde la amplia terraza de la cafetería-restaurante se disfrutaba de una vista realmente espectacular. Debido a la mayor altitud y a la orientación, este lado es más frío y tiene una vegetación más alpina. En realidad, está cerrado desde noviembre hasta mediados de mayo a causa de la nieve, mientras que la otra cara está abierta todo el año (si bien, como ya he dicho, la Nochebuena de 1971 no pude bajar con unos amigos al fondo del cañón por estar cubierto de nieve).

 

Grandes extensiones de bosque quemadas

 

En el camping vimos unas caravanas enormes, casi auténticos remolques vivienda, así como grandes camionetas y vehículos todoterreno con las ruedas increíblemente sobrealzadas, entre ellos algún que otro Hummer, transporte originariamente militar reconvertido para fines pacífico. También, alguna pandilla de moteros maduros con inmensas Harley, en una de las cuales nos hicimos fotos. En el recinto había un cine al aire libre (esto es, un drive-in) con un gran anfiteatro para el esparcimiento nocturno de los campistas. Además de las habituales ardillas, vimos algún que otro pavo silvestre.

 

Exuberante naturaleza

 

Pero había muchísima menos gente en este lado del parque, debido posiblemente a que está más aislado y es de más difícil acceso, tiene un clima bastante más frío gran parte del año, cuenta con menos instalaciones y a que las vistas que se divisan desde él son algo menos sobrecogedoras pues apenas puede verse el río. Quizás había sido excesivo el esfuerzo que hubimos de hacer para llegar hasta allí: recorrer más de 300 kilómetros por espacios semidesérticos y gigantescos bosques, por territorios despoblados para ver la otra cara del cañón. Habría valido más la pena, seguramente, visitar el entorno de Page con el lago Powell y sus incomparables simas de arenisca fragmentada. De momento, nos habíamos saturado de bosques y, en menor medida, de vistas panorámicas del cañón, siempre más espectaculares al atardecer gracias a los juegos de luces y sombras.

 

 

Por el mismo camino regresamos a Jacob Lake. Luego, siempre entre bosques, tomamos la carretera 89nen dirección a Kanab, ya en el estado de UTA, en donde al parecer nos había precedido hace unos meses la mujer del presidente Bush que, junto con unas amigas, había pernoctado allí para visitar el parque Bryce. Tras cenar ricamente, pasamos la noche en uno de los muchos moteles que hay en la localidad.

 

El lodge es la categoría superior

 

Creo que es el momento de hablar un poco de esa institución tan americana que es el motel. Incluso se dice que es una de las cosas más genuinamente americanas junto con el béisbol, la coca cola y el pastel de manzana (apple pie). El motel (vocablo que es una contracción de motor y hotel) nació a finales de los años veinte, designándose por dicha voz aquellos hoteles de determinadas características que estaban situados a las afueras de las ciudades para albergar a los primeros turistas motorizados. Posteriormente se extendieron por los centros de los pueblos, las zonas turísticas y, de modo especial, por el desértico oeste americano, en el que lo que sobra es terreno. Muchos se levantan junto a estaciones de servicio o centros comerciales, y por lo general en lugares tranquilos y aislados o en torno a un gran patio retranqueado junto a la carretera. La arquitectura suele ser sencilla e impersonal, anodina, con edificios bajos de una o dos plantas y alargados; el motel se extiende en horizontal, no crece en vertical.  Casi parece que fueran hangares a la orilla de la carretera. Suelen tener letreros grandes de neón con nombres exóticos o evocadores, para atraer al viajero; la magnitud y luminosidad de los letreros son aspectos importantes a la hora de ejercitar el reclamo. Junto a las habitaciones debe haber un estacionamiento para el vehículo, por lo que prácticamente no hay distancia del maletero a la puerta. Las habitaciones –de unos 20 metros de media, incluido el cuarto de baño- tiene dos camas grandes y son totalmente asépticas, austeras, casi diría espartanas, sin el menos lujo ornamental (bueno, a veces algún horrible paisaje idílico cuelga de la pared) ni otro aparato que el indispensable televisor; muchas veces ni siquiera hay teléfono.

 

Motel

 

En ocasiones tienen pequeñas placas de cocina, sobre todo cuando el motel dispone de apartamentos familiares (dos habitaciones con uno o dos baños y un saloncito). El espacio destinado a la recepción es mínimo –con un timbre o campanilla para avisar en caso de ausencia de quien hace las veces de recepcionista- y apenas hay más servicios en ella que una cafetera melita, con algún cookie o caramelo, y un frigorífico de pago con bebidas no alcohólicas; a veces, también una selección, bastante mala por lo general, de DVD. La comunicación entre los cliente es prácticamente nula pues no hay salas de uso común y no suelen servirse desayunos. Todo lo más, los clientes pueden encontrarse en la pequeña piscina, allí donde la hay.  Las pernoctaciones suelen ser breves, de uno a tres días. Lo característico del motel es esa sensación de estar de paso en el hospedaje y en la localidad. Las mayores ventajas del motel es que el precio de la estancia es módico en comparación con otras instalaciones hoteleras y que garantiza el anonimato. Se rellena un escueto formulario, se paga por adelantado y, a cambio, se reciben las llaves de la habitación; por las mañanas uno cierra la puerta, deja la llave y se larga.

 

 

 

 

 

 

 

En el presente volumen como ya explicamos en su primera entrada se pretende dar pautas para la valoración de las monedas españolas que han sido antecedente del Dólar, de los Dólares propiamente dichos en los Estados Unidos y de las monedas emitidas por los países hispanoamericanos después de su independencia, tanto las denominadas en Reales como en Pesos, tomando como referencia la métrica tanto de los 8 Reales como de los Dólares americanos. Evidentemente, las monedas comprendidas directamente en este ámbito son los 8 Reales acuñados tanto en las cecas peninsulares españolas como en las americanas como: Méjico, Lima, Potosí, Santa Fe o Santiago, a las que hemos pasado revista en entradas anteriores.

 

Sin embargo, no podemos olvidar que existen otro tipo de monedas no denominadas en Reales, emitidas a nombre de los Reyes de España, que aunque tienen una métrica diferente también tenemos constancia de que han circulado por América, incluido el territorio de los Estados Unidos y por tanto son en cierto sentido antecedentes de Dólar del que no se separan tanto, en cuanto a su peso y a su composición metálica. Estas monedas, como los 8 Reales, también constituyen un medio de pago que fue aceptado como tal tanto, en porciones importantes de América (como la zona de Caribe) como en Asia (principalmente en el territorio de la actual Indonesia).

 

La generalidad de su circulación se debió al hecho de tener unas denominaciones y una métrica semejante a la de las piezas emitidas por los Reyes españoles en el territorio de Flandes (que inicialmente comprendía el actual territorio de Bélgica y Holanda) que tras la separación definitiva en 1580 de las llamadas Provincias Unidas (Países Bajos) quedó limitado a la actual Bélgica. Este último territorio continuó bajo la soberanía española hasta que como consecuencia de la Guerra de Sucesión (1700-1715) permaneció bajo el dominio de Austria.

 

Este conjunto de piezas también circuló en América como lo prueba el relativamente alto número de ejemplares que aparecen con resellos que habilitaron su curso en determinadas zonas, así como la existencia de piezas de 8 Reales emitidos en cecas hispanoamericanas que llevan resellos (como el de eslabones de la cadena de la Orden del Toisón de Oro) para habilitarlas para circular por los Países Bajos con un valor de 40 Stuivers. Por tanto, podemos afirmar que existe evidencia del curso simultaneo de estas monedas con las propiamente españolas de 8 Reales, por las que serian intercambiadas por su contenido en plata, teniendo en cuenta la diferencia de peso y ley entre ellas. Esta circulación siguió verificándose en los siglos XVII y XVIII una vez producida la independencia de Holanda, cuyas monedas basada en la métrica anterior continuaron siendo masivamente utilizadas para las necesidades del comercio holandés, especialmente activo con sus propias colonias como las Antillas o la Guayana holandesa.

 

Los Países Bajos, tierras situadas alrededor de la desembocadura del Rhin, entre Francia y Alemania, eran en el comienzo de la Edad Moderna, una zona de extraordinaria riqueza, siendo el primer lugar de Europa donde se consolidó una burguesía que a partir de los capitales acumulados por el cultivo de tierras irrigadas y feraces, habían llegado a desarrollar una industria textil competitiva que precisaba de mercados para la exportación y territorios de donde pudiera importar materia prima para sus telares, lana fundamentalmente.

 

Estos territorios habían venido pertenecido (a través de un complicado sistema de trasmisión de derechos feudales) a los Duques de Borgoña que aunque estaban bajo la teórica soberanía de los Reyes de Francia, ejercían a su vez la suya, en relación con condados, señoríos y obispados de los Países Bajos. Este país fue el heredado por Carlos I, como herencia de su abuela María de Borgoña, esposa del emperador Maximiliano del que también, como archiduque de Austria, recibió sus derechos de sucesión al Sacro Imperio Romano Germánico. Durante todo el reinado de Carlos I, la soberanía del Monarca sobre estos territorios no supuso lastre alguno para su pobladores, ya que Carlos, que había nacido en Gante, siempre se consideró como un flamenco, aunque progresivamente fue estableciendo una relación mas directa con Castilla, reino que había heredado de su abuela Isabel, y con Aragón, heredado a su vez de su otro abuelo Fernando.

 

Tras la abdicación y muerte de Carlos I, estos territorios, a diferencia de Alemania y Austria que pasaron a depender de su hermano Fernando, quedaron bajo la soberanía de su hijo Felipe II, que pronto encontró razones de peso para no abandonar estos países, pese a la cerrada vocación de independencia que éstos mostraron frente el centralismo de la política del Rey, materializada en la rebelión de las Provincias del Norte amparadas en la adopción de la Reforma religiosa de Lutero.

Este deseo de Felipe II de conservar los Países Bajos, en contra de lo que suele creerse, no solo obedecía al propósito del Rey de mantener la unidad religiosa en sus dominios, sino también al fuerte carácter de complementariedad que presentaban la economía flamenca y la castellana. En efecto, los puertos de Bilbao y Laredo, en el norte de España, mantenían un flujo continuo de intercambio de mercancías con los de Roterdam o Amberes en los Países Bajos. Es este sentido, inicialmente Flandes vio con buenos ojos el tener una relación política especial con España que le permitiera ventaja comparativa en relación con Francia e Inglaterra, países con los que arrastraba un déficit comercial de desfavorable.

 

Así se aseguró la recepción de la apreciada lana de la cabaña merina castellana a través de la Mesta y la disposición de un amplio mercado para sus telas y vestimenta a ser adquirida en España, no solo para su uso en la península, sino también en los países americanos que Castilla empezaba a colonizar. España, a través de la poderosa marina comercial flamenca, podía importar a coste razonable, grano de la Europa del Norte para suplir la ineficiencia de su agricultura, y exportar a las colonias americanas toda clase de productos manufacturados. Este equilibrio en la relación de Castilla con Flandes, acabó rompiéndose, por razones fundamentalmente fiscales. En 1542, Carlos I había llegado a un acuerdo con los Estados Provinciales (asambleas representativas de la burguesía  de las principales ciudades flamencas) para consolidar un impuesto del 10% sobre la renta de los bienes raíces, y un porcentaje algo menor sobre los bienes personales y los salarios.

 

Mientras vivió Carlos I, la administración de los impuestos recaudados en base a este acuerdo, quedó en manos de los Estados Provinciales, pero tras su abdicación, Felipe II, agobiado por los gastos a los que le conducía su política de rivalidad con Inglaterra respectó al comercio americano, trató de recabar para la Hacienda Real, tanto el cobro como la disposición de las rentas resultantes de estos impuestos. Esto desembocó en una rebeldía, primero encabezada por los Condes de Egmont y Horn y después por Guillermo de Orange, que acabó en la independencia de las Provincias de Norte (la actual Holanda), pese a los esfuerzos militares realizados por España a través del envío como Gobernadores de prestigiosas figuras militares como el Duque de Alba o Juan de Austria.

 

De esta manera, quedaron agrupadas las provincias del sur, como: Flandes, Hainaut, Artois, Lieja y la parte sur del Bramante, en la llamada Unión de Arrás, reconocedora de la soberanía española, y las del norte: Holanda, Zelanda, Gueldres, Utrecht, Groninga y la parte norte del Bramante, en la Unión de Utrecht. Así a partir de 1580 quedó consolidad la división del país en dos zonas: la del norte del mayoría protestante de sustrato calvinista y la del sur de mayoría católica y fiel a Felipe II. Desatada la Guerra abierta entre ambas zonas, éxitos militares de Alejandro Farnesio permitieron a España la ocupación de las importantes ciudades flamencas de Brujas, Gante, Bruselas y finalmente, Amberes (conquistada el 17 de agosto de 1585). No obstante éste fue el límite del poder español.

 

Las amargas derrotas de los españoles en los Países Bajos llevaron a Felipe II a entregarlos como dote a su hija Isabel Clara Eugenia al casar con Alberto Archiduque de Austria, gobernador y después soberano de estos países. Alberto e Isabel emitieron Ducatones y Patagones en Flandes de acuerdo con la misma métrica que los acuñados por Felipe II, especialmente en Amberes y Bruselas. Tras su muerte sin sucesión, los Países Bajos pasaron nuevamente a manos de la Corona española en la persona de Felipe IV en 1621.

 

 Los Ducatones con un peso de 34 a 32 gramos, son piezas relativamente comunes, especialmente los acuñados en Amberes. La tendencia actual del mercado fija para ellos un precio de 100€ en F, cantidades que de acuerdo con su amplia circulación, se multiplican por dos con cada cambio de grado, con: 200€ en VF, 400€ en XF y 800€ en AU, siempre que la acuñación no sea demasiado descuidada. Por su parte, los Patagones con un peso entre 29 y 28 gramos, son bastante mas corrientes, con unos `precios aproximadamente la mitad de los anteriores: 50€ en F, 100€ en VF, 200€ en XF y 400€ en AU. Los Ducatones muestran en el anverso el busto del soberano y los Patagones (de origen borgoñón) la cruz de San Andrés (emblema de Borgoña). La subasta de una importante colección de Duros españoles realizada por CAYÓN el 4 de febrero de 2012 presenta una gran variedad de piezas de este tipos, con Ducatones y Patagones, con unos precios de salida en la línea de los comentados.

  

 

Figura 135.1

  

 

La pieza de la FIGURA 135.1 es un Ducaton de Tournay acuñado en Mons en 1589 a nombre de Felipe II. En el anverso presenta el busto del Rey con los títulos de rey de Inglaterra y Zelanda, así como el de Señor de Tournay, y en el reverso el escudo imperial rodeado de la leyenda DOMINVS MIHI ADIVTOR. Esta pieza se valora en CAYÓN 1976 en 30.000P en conservación BC (que nosotros consideramos como equivalente a nuestro G), mientras que en 1980 se evalúa en 47.500P. También CAYÓN en su redición del HERRERA de 1992 valora esta pieza en 80.000P. Nosotros creemos que esta valoración, si trata de esta conservación es exagerada. Mas de acuerdo estamos con la valoración de DAVENPORT 1984: 275$ en VF. La presente pieza presenta un buen anverso gracias a la protección que le ha proporcionado su convexidad. No obstante su desgaste es generalizado afectando aproximadamente a un 50% de la barba del Rey. Por ello su grado será el de F+, lo que en una pieza común de este tipo supondría un valor de 130€. Como consecuencia de la rareza relativa de esta Ceca respecto a la de Amberes, elevaremos el valor al doble: 260€.

  

Figura 135.2

  

 La pieza de la FIGURA 135.2 es un Ducatón de Gerlanda acuñado en Nimega en 1558 a nombre de Felipe II. Su diseño es semejante al anterior apareciendo Felipe II con los mismo títulos, si bien ahora se recoge el de Duque de Geldrés en lugar del anterior. La pieza presenta, a diferencia de la anterior, circunferencias rodeando a las leyendas. CAYÓN 1976 valora esta pieza mas razonablemente, con 15.000P, mientras que CAYÓN 1980 llega hasta 14.500P y en 1992, a 200.000P.Creemos razonables los dos primeros valores, pero en modo alguno el tercero. Nuevamente volvemos situarnos en línea con la valoración de DAVENPORT: 250$ en VF y 400$ en XF. Esta pieza presenta solo desgaste en sus partes mas altas con los detalles completos de la armadura del rey y del escudo, con un 60% de la barba y el pelo del monarca todavía visible. El valor de esta pieza en VF sería de 260€, valor que subiríamos hasta un precio de mercado de 300€, como consecuencia del brillo original que retiene la moneda.

  

 

Figura 135.3 

  

 La pieza de la FIGURA 135.3 es un Patagón de Felipe II acuñado en Utrecht en 1588. CAYÓN 1976 la valora en 19.000P y CAYÓN 1980 en 33.000P. DAVENPORT 1984 la valora en 200$ en VF. La presente pieza tiene una bella pátina irisada, pero presenta claro desgaste en la corona escudo y cadena del toisón de oro que le rodea. Por ello, su grado es F+ al que corresponde un valor de 65€, que duplicaremos por tratarse de un pieza de Felipe II, menos común que las posteriores, y presentar pátina intocada.

 

Figura 135.4

 

La pieza de la FIGURA 135.4 es un Ducatón de Alberto e Isabel como archiduques de Austria y Duques de Borgoña y Bramante, acuñado en Bruselas (cabeza de ángel) en 1619. El tiraje de esta pieza es solo de 14.430 ejemplares tal como se indica en el libro Las Monedas del Bramante de May y Keymeulen publicado en 1974, en el que se asigna a esta pieza un precio de 5.000FB en VF, 10.000FB en XF y 20.000FB en AU (un FB igual a 1,5P en 1974). CAYÓN 1976 valora esta pieza en 12.000P, CAYÓN 1960, en 19.000P y en la redición de HERREA aparece con 40.000P. DAVENPORT 1984 la valora en 250$ en VF y 450$  en XF. El presente ejemplar carece de barba, pero conserva un 75% del pelo y la armadura completa, merced a su anverso cóncavo, así como muy buena pátina. Por ello, su grado es VF y su valor: 200€, aunque su precio de mercado sería superior por rareza de la ceca y del soberano, así como por la pátina, llegando a 240€ en VF.

 

Figura 135.5

 

 Por último, la pieza de la FIGURA 135.5 es un Patagón de Alberto e Isabel acuñado en Amberes sin fecha. Esta pieza de acuerdo con la obra citada anteriormente tiene un tiraje muy alto: 2.528.501, que contrasta con el de los ejemplares fechados posteriores de 1612 a 1620 que son del orden de la decima parte para cada año. La valoración en la obra citada es de 600FB en VF, 1.200FB en XF y 2.400FB en AU, en 1974. También la valoración de CAYÓN en 1976, 1980 y 1992 es claramente una de las mas bajas para este tipo de piezas: 6.000P, 9.500P y 25.000P, respectivamente. En la misma forma, opera DAVENPORT 1984, con 100$ en VF y 225 en XF. En grado F+ esta pieza tendría un valor de 65€ que elevaríamos hasta un precio de mercado de 90€ como consecuencia de su redondez y bella pátina

 

15. THE DUCATONS AND PATAGONS OF PHILIP II AND ALBERT AND ISABELLA IN THE NETHERLANDS

 

In this volume, as we already explained in its first post, we intend to give guidelines for the assessment of the Spanish coins that have been the precedent for the dollar, the dollar of the United States strictly speaking and of the coins issued by the Latin American countries after their independence, denominated in both Reales and Pesos, taking as a reference the metric of not only the 8 reales, but also the American dollars. Obviously, the coins precisely within this scope are the 8 reales, minted in the Spanish Peninsular mints the American ones such as: Mexico, Lima, Potosí, Santa Fe or Santiago, to which we have reviewed in previous posts.

However, we should not forget that there are other coins not denominated in reales, issued in the name of the Kings of Spain, which, although they have a different metric we have also proofs that had circulated in America, including the territory of the United States and therefore, they are, somehow, antecedents of the dollar, which are not far in terms of its weight and its metal composition. These currencies, such as the 8 reales, also constitute a means of payment that was accepted as such not only in a large territory of America (such as Caribbean), but also in Asia (mainly in the territory of the present Indonesia).

Most part of its circulation was due to the fact of having denominations and a metric similar to the coins issued by the Spanish kings in the territory of Flanders (which initially included the current territory of Belgium and Holland) that after the definitive separation in 1580 of the so-called United provinces (Netherlands) was limited to the present Belgium. This last territory continued under the Spanish sovereignty until, as a result of the war of Spanish Succession (1700-1715), remained under the rule of Austria.

This group of pieces also circulated in America, as evidenced by the relatively high number of copies appearing with the stamps that authorized their course in certain areas, as well as the existence of coins of 8 reales issued in Latin American mints that carry these stamps (like the links in the chain of the Order of the Golden Fleece) to enable them to circulate in the Netherlands with a value of 40 Stuivers. Therefore, we can say that there is evidence of the simultaneously course of these coins with the actual Spanish 8 Reales, that would be exchanged for its silver content, taking into account the difference in weight and fineness between them. This circulation continued to be confirmed in the 17th and 18th

centuries, after the independence of the Holland, whose previous metric-based currencies continued being massively used by the Dutch, especially active for trade needs with its own colonies as the West Indies or Dutch Guiana.

The Netherlands, land located around the mouth of the Rhine, between France and Germany, were at the beginning of the modern age, an area of extraordinary wealth, being the first place in Europe where a bourgeoisie consolidated who, from the capital accumulated by the cultivation of irrigated and fertile lands, had come to develop a competitive textile industry that needed markets for exporting and territories where it could import raw materials for its looms, mainly wool.

These territories had belonged (through a complicated system of transmission of feudal rights) to the Dukes of Burgundy who, although they were under the theoretical sovereignty of the Kings of France, exercised in turn theirs in relation to counties, domain and bishoprics of the Netherlands. This country was inherited by Charles I, as a legacy of his grandmother Mary of Burgundy, wife of the Emperor Maximilian of who, as Archduke Austria, also received his succession rights to the Holy Roman Empire. During the reign of Charles I, the sovereignty of the monarch on these territories was not any burden for its inhabitants, because Charles I, who was born in Ghent, always considered himself as a Flemish, although he was progressively establishing a relationship more direct with Castile, the Kingdom he inherited from his grandmother Isabella, and with Aragón, inherited in turn from his other grandfather Ferdinand.

After the abdication and death of Charles I, these territories, unlike Germany and Austria that came to rely on his brother Ferdinand, were under the sovereignty of his son Philip II, who soon found compelling reasons not to abandon these countries, despite the closed vocation of independence that they showed against the centralism of the policy of the King materialized in the rebellion of the northern provinces supported by the adoption of the reformation of Luther.

This desire of Philip II in preserving the Netherlands, contrary to popular belief, was not only obeying the purpose of the King of maintaining the religious unity in his domains, but also because the strong character of complementarity that presented the Flemish economy and the Castilian. In fact, the ports of Bilbao and Laredo, in the North of Spain, maintained a steady exchange of goods with the Rotterdam or Antwerp in the Netherlands. It is in this sense that initially Flanders saw with good eyes to have a special political relationship with Spain which allowed comparative advantage in relation to France and England, countries with which it dragged a unfavourable trade deficit.

Thus it ensured the receipt of the prized wool of the Castilian Merino hut through the Mesta and a broad market for its textile material and clothes to be purchased in Spain, not only for its use in the peninsula, but also in the American countries that Castile began to colonize. Spain, through the powerful Flemish commercial Navy, could import at a reasonable cost grain of the Northern Europe to make up for the inefficiency of its agriculture, and export all kinds of manufactured goods to the American colonies. This balance in the relationship of Castile with Flanders ended up breaking with the mainly fiscal reasons. In 1542, Charles I had reached an agreement with the provincial States (representative assemblies of the bourgeoisie of the major Flemish cities) to consolidate a 10% on income tax of the real state, and a little less percentage on the personal property and wages.

While Charles I was alive, the administration of the taxes collected on the basis of this agreement, it was in the hands of the provincial States, but after his abdication, Philip II, burdened by the costs that his rivalry policy with England related to the American trade was leading to, he tried to seek for the Royal Hacienda, both the collection as the provision of the resulting income from these taxes. This led to a rebellion, first led by the counts of Egmont and Horn and later by William of Orange, which ended with the independence of the northern provinces (the current Holland), despite the military efforts made by Spain through the sending of prestigious military figures as governors such as the Duke of Alba and John Austria.

In this way, the provinces of the South were grouped in: Flanders, Hainaut, Artois, Liège and the part South of Bramante, in the so-called Union of Arrás, which recognized the Spanish sovereignty, and in the North: Holland, Zealand, Gueldres, Utrecht, Groningen and the northern part of Bramante, in the Union of Utrecht. So, since 1580, the Division of the country was consolidated in two zones: the North one of Protestant majority of Calvinist substrate and the South one of Catholic majority and loyal to Philip II. Unleashed the opened war between the two areas, military successes of Alessandro Farnese allowed Spain to occupy the important Flemish cities of Bruges, Ghent, Brussels and finally, Antwerp (conquered on 17 August 1585). However this was the limit of the Spanish power.

The bitter losses of the Spanish in the Netherlands led Philip II to give them his daughter Isabella Clara Eugenia as dowry to marry Archduke Albert of Austria, Governor and then ruler of these countries. Albert and Isabella issued Ducatons and Patagons in Flanders with the same metric as coined by Philip II, especially in Antwerp and Brussels. After his death without succession, the Netherlands went again at the hands of the Spanish Crown in the person of Philip IV in 1621.

The Ducatons with a weight of 34 to 32 grams, are relatively common coins, especially those coined in Antwerp. The current trend of the market set for them a price of €100 in F, amounts which, according to its wide circulation, multiply by two with each change of grade, with: €200 in VF, €400 in XF and €800 in AU, provided that the coinage was not too careless. For its part, the Patagons weighing between 29 and 28 grams, are quite more common, with some prices about half of the previous ones: €50 in F, 100€ in VF, €200 in XF and €400 in AU. The Ducatons show in the front the bust of the sovereign and the Patagons (of Burgundian origin) the cross of St. Andrew (emblem of Burgundy). The auction of an important collection of Spanish Duros held by Cayón on 4 February 2012 presents a great variety of pieces of these types, with Ducatons and Patagons, with starting prices in the commented line.

The coin of Figure 135.1 is a Ducaton of Tournay coined in Mons in 1589 in the name of Philip II. On the front, it features the bust of the King with the titles of King of England and Zeeland, as well as Sir of Tournay, and on the back the imperial coat of arms surrounded by the legend DOMINVS MIHI ADIVTOR. This piece is valued by Cayón 1976 at 30,000 pesetas in conservation BC (which we consider equivalent to G), while in 1980 it is valued at 47,500 pesetas. Also Cayón, in his re-issue of Herrera of 1992 value this coin at 80,000 pesetas. We believe that this assessment, if it is in this conservation is exaggerated. We agree more with the valuation of Davenport 1984: $275 in VF. This coin presents a good front, thanks to the protection provided by its convexity. However its wear is widespread affecting approximately 50% of the beard of the King. Therefore its grade is F+, what in a common coin of this type would be a value of €130. As a result of the relative rarity of this Mint compared to that of Antwerp, we would increase the value to the double: €260.

The coin of Figure 135.2 is a Ducaton of Gerlanda coined in Nijmegen in 1558 in the name of Philip II. Its design is similar to the previous one appearing Philip II with the same titles, while now there is that of Duke of Geldrés instead of the previous one. Unlike the previous, this piece presents circles surrounding the legends. Cayón 1976 assess this piece more reasonably, with 15,000 pesetas while Cayón 1980 reaches 14,500 pesetas and in 1992, 200,000 pesetas. We believe that the first two values are reasonable, but in no way the third one. One more time, we return to situate ourselves in line with the assessment of Davenport: $250 in VF and $400 in XF. This piece only presents wear in its higher parts with full details of the King’s armour and the coat of arms, with 60% of the beard and hair of the monarch still visible. The value of this coin in VF would be €260, a value that we increase to a market price of €300 as a result of the original brightness that the coin retains.

The coin of Figure 135.3 is a Patagon of Philip II coined in Utrecht in 1588. Cayón 1976 valued it at 19,000 pesetas and Cayón 1980 at 33,000 pesetas. Davenport 1984 valued it at $200 in VF. This coin has a beautiful iridescent patina, but it presents a clear wear in the Crown, coat of arms and chain of the Golden Fleece around it. Therefore its grade is F+ which has a value of €65, which we will double because it is a coin of Philip II, less common than the later ones, and it present an untouched patina.

The coin of Figure 135.4 is a Ducaton of Albert and Isabella as Archdukes of Austria and Dukes of Burgundy and Bramante, coined in Brussels (head of Angel) in 1619. The production of this coin is only 14,430 copies such as the book The coins of the Bramante of May and Keymeulen stated which was published in 1974, which  assigns to this coin a price of FB5.000 in VF, FB10.000 in XF and FB20.000 in AU (one FB was equal to 1,5 pesetas in 1974). Cayón 1976 asses this piece at 12,000 pesetas, Cayón 1960 at 19,000 pesetas and in the re-issued of Herrera appears with 40,000 pesetas. Davenport 1984 valued it at $250 in VF and $450 in XF. The present copy lacks beard, but it retains 75% of the hair and full armour, thanks to its concave front, as well as a very good patina. Therefore, its grade is VF and its value: €200, although its market price would be higher for the rarity of the Mint and of the sovereign, as well as the patina, reaching €240 in VF.

Finally, the coin of Figure 135.5 is a Patagon of Albert and Isabella coined in Antwerp undated. This piece, according to the work cited above has a very high production: 2.528.501, which contrasts with the posterior dated copies from 1612 to 1620 which are about the tenth part for each year. The assessment in the work cited is FB600 in VF, FB1,200 in XF and FB2,400 in AU, in 1974. Also the assessment of Cayón in 1976, 1980 and 1992 is clearly one of the lower for this type of coins: 6,000 pesetas, 9.500 pesetas and 25,000 pesetas, respectively. Davenport 1984 operates in the same way with $100 in VF and $225 in XF. In grade F+, this piece would have a value of €65, which we increase up to a market price of €90 as a result of its roundness and beautiful patina.

 

 

 

 

 

 Mesa Verde National Park dista unos 15 kilómetros de Cortez, en  dirección  oeste.  Al  desviarnos  de la carretera para entrar en el parque, ascendemos un buen trecho hasta una mesa –o pequeña meseta alzada sobre el terreno circundante, como ya he dicho- poblada de bosques de coníferas y abedules. Vastas zonas boscosas han sido recientemente pasto de las llamas, que han dejado un siniestro y desolador escenario a su paso, como si los árboles  fueran figuras espectrales renegridas o blancuzcas, según cuál sea la especie, sin rastro de vida, salvo la vegetación del suelo que no tarda mucho en volver a brotar.

  

Bosque incendiado

 

  

Los incendios, la mayoría de las veces provocados por el aparato eléctrico que desatan las tormentas, son implacables en su avance descontrolado por estas enormes masas forestales. La meseta del Colorado -que abarca prácticamente el estado de Utah y partes de Arizona, Nevada, Colorado y Nuevo México- tiene un clima continental con muy marcados contrastes según las estaciones y entre el día y la noche: calor y frío, y sobre todo un régimen de lluvias muy desigual con estaciones muy secas. Entristece ver bosques tan imponentes calcinados por el fuego, pero a partir de aquí sería una constante durante casi todo nuestro periplo. ¡Ah! justo a la entrada del parque vimos un coyote, de aspecto escuálido a decir verdad, a orillas de la carretera; el pobre posó incluso un rato para nosotros, pero puso pies en polvorosa cuando intentamos acercarnos a él. Por cierto, una regla estricta de los parques nacionales es que hay que preservar la naturaleza y la vida animal, por lo que ni siquiera 

puede darse alimentos a las curiosas ardillas que se acercan a nosotros con sus patas delanteras plegadas en actitud suplicante.

 

Mesa Verde es el principal patrimonio arqueológico-cultural de EE.UU. Aquí vivieron durante unos 700 años los anasazi o pueblos ancestrales, abandonando la zona  a  principios  del  siglo XIV en el espacio de una a dos generaciones, para integrarse seguidamente entre los pueblos indígenas de la región (navajos, hopi, ute...). Se alegan diversas razones para explicar esta diáspora: un intenso ciclo de sequías, el agotamiento de los recursos de subsistencia, la presión ejercida por pueblos enemigos, etc. La falta de testimonios escritos abre las puertas a cualquier conjetura. Su desaparición en un breve plazo de tiempo recuerda, en cierto modo, la teoría de la extinción de los dinosaurios sobre la tierra. Por fortuna ambos nos han dejado un legado: sus esqueletos los dinosaurios y las cliff dwellings o viviendas de los cañones, en Mesa Verde, el Cañón de Chelly (al suroeste, en Arizona) y algún otro lugar de la región, los llamados pueblos ancestrales. Los anasazi construyeron edificaciones de piedra en los nichos excavados por el agua en las paredes del cañón, formadas por estratos de arenisca (piedra porosa) y esquisto (impermeable); el agua que se introduce por las capas de piedra se hiela en invierno y hace que la arenisca se fragmente, disolviéndose por la acción del viento y dando lugar así a los salientes o nichos donde los anasazi construyeron su habitat.

 

Cliff Palace

 

El lugar, una mesa rodeada por un cañón entre frondosos bosques, fue descubierto por vaqueros locales a finales del siglo XIX. Como hemos dicho, apenas se sabe nada sobre sus pobladores originales, pero a partir de los restos que han llegado hasta nosotros, al menos sabemos que  los anasazi eran buenos constructores, que vivían en casas de piedra, que elaboraban utensilios y armas para la caza y, sobre todo, que fueron capaces de vivir en ubicaciones dispersas y de difícil acceso.

 

 

Cliff Palace es el espacio habitado más grande que se conserva en Mesa Verde

 

Con la arenisca hacían una especie de ladrillos o bloques rectangulares que pegaban con una argamasa hecha a base de agua y arena. En las tres comunidades principales que se han preservado las habitaciones son pequeñas, de poco más de cuatro metros. Las estancias traseras, no expuestas a la luz solar, y superiores se utilizaban para el almacenamiento de las cosechas. Las habitaciones daban a una pequeña cámara circular o kiva en la que había un hogar para cocinar, practicar ceremonias, secar la atmósfera de las filtraciones de agua y calentar el ambiente en los días de frío.

 

Escalera de acceso a Balcony House

 

Cultivaban maíz, fríjoles, calabaza, etc. y practicaban la caza. Pero las condiciones de vida debían ser bastante duras, pues el agua había que subirla de los arroyos que había en la parte inferior del cañón o recogerla de las filtraciones a través de la roca, las superficies de cultivo eran pequeñas y dispersas, además de estar también unos 200 metros más abajo, en suma, que la vida era demasiado ardua en aquel escondite natural en que se instalaron los llamados pueblos ancestrales.

 

Balcony House y sus difíciles accesos

 

 

De algún modo, fueron precursores de la basura ecológica: arrojaban sus residuos por las laderas que se abrían frente a los hogares, dando lugar así a un compost en el que la vegetación crecía. Había una estricta organización del trabajo: los hombres se dedicaban a las labores de cultivo y la caza; las mujeres molían el maíz y elaboraban cestos y útiles de cerámica, y los ancianos contaban historias a los niños en las kivas. Pese a las grandes dimensiones de algunas de las cliff dwellings que se han preservado, el espacio siempre es reducido en ellas, por lo que la vida comunitaria debía estar forzosamente muy bien organizada.

 

Manolo saliendo de una angostura

 

Desde la entrada del parque hay unos 20 kilómetros hasta el extremo sur de Chapin Mesa en que se levantan las principales cliff dwellings o viviendas cuasi trogloditas de los cañones, a saber: Balcony House, Cliff Palace y Spruce Tree House. Todas ellas son comunidades con moradas de uno a tres pisos construidas en los nichos abiertos en la roca. El acceso a las dos primeras, enclavadas a una altura elevada en el borde del cañón, es un tanto difícil, y se hace por medio de escaleras y de estrechos túneles  abiertos en la roca o de angostas aberturas entre las paredes.

 

Nuestra solícita ranger

 

Las visitas son siempre guiadas por un guarda del parque. Balcony House tiene 40 habitaciones y está unos 200 metros por encima del Soda Canyon; de lejos, parece realmente que estuviera suspendida en el aire. Aunque se han acondicionado las vías de acceso, para llegar a ella hay que subir por una ancha escalera de madera de unos diez metros de alto y, luego, por otra más pequeña; además, hay que gatear por un pequeño túnel y pasar entre angostas paredes. Fue un auténtico placer escuchar las explicaciones que nos dio la guía que nos enseñó Cliff Palace, una joven grandullona, rubia y sonriente a más no poder; parecía que dominara cabalmente la situación, y lo cierto es que tan sólo llevaba una semana desempeñando el trabajo. Es la cliff dwelling más grande, pues tiene 150 habitaciones y 23 kivas, o cámaras ceremoniales, con tres alturas en algunos puntos. Para acceder a ella hay que descender por un camino empina- do y subir en total cuatro escaleras de mano. No dejó de resultarme curioso que todo el mundo subiera los empinados peldaños, ya fuesen niños o mayores. Parecía algo de lo más natural. Es muy posible que en España no se hubiera consentido algo así en un par- que público alegando motivos de seguridad, pero en EE.UU. la gente asume desde muy temprano una mayor cuota de responsabilidad sin problemas.

 

Spruce Tree House, en el fondo del barranco

 

A este respecto quiero recordar que en algunas piscinas de los moteles en que nos alojamos, no hay socorristas de servicio debido a sus pequeñas dimensiones, pero siempre se ven niños bañándose y un cartel en el que se advierte de que cualquier riesgo en que incurra el bañista es responsabilidad suya. Es una manera de hacer más responsables a las personas desde la tierna infancia. Lo cierto es que todos subimos por aquella escalera que al principio me pareció un obstáculo insalvable, nos introdujimos por las angostas oquedades de la roca y, en ocasiones, tuvimos que gatear por estrechos túneles. ¡Hay que ver cómo se resguardaban los anasazi de posibles enemigos! Convirtieron su hábitat natural en una fortaleza prácticamente inaccesible. Y aunque sea insistir, otra cosa que sorprende a un madrileño como yo es la limpieza absoluta que se aprecia en los parques americanos y en la naturaleza en general, y eso que la gente acampa al aire libre infinitamente más que en nuestro país. Todo ello no hace sino evidenciar un respeto entrañable por la naturaleza –otrora salvaje, indomable-, a la que se cuida como si fuera algo propio.

 

En otro lugar del parque se levanta la Spruce Tree House, una cliff dwelling de 90 metros de largo con algo más de 100 habitaciones y ocho kivas. A diferencia de las otras comunidades que habíamos visto, ésta se encuentra casi escondida en el fondo del cañón, por lo que es de fácil acceso. Desde el nivel de la mesa, hay que descender cerca de un kilómetro hasta el fondo del barranco, en donde, en un entorno cubierto de frondosa vegetación, se encuentra la mencionada morada comunitaria.

 

Reconstrucción en miniatura dentro del museo

 

En el camino de regreso, entre bosques calcinados por el fuego, nos detuvimos a ver unas viviendas excavadas en el suelo por los indígenas que poblaron originariamente la zona, un embalse para la recogida del agua de lluvia y kivas en las que realizaban ceremonias para hacer curaciones o pedir a los dioses que les trajeran lluvia, caza o buenas cosechas. Lo cierto es que los anasazi desarrollaron una arquitectura bien adaptada a su entorno como demuestran las más de 200 cliff dwellings esparcidas por todo el parque, algunas en oquedades remotas o aisladas. Pero los recursos eran limitados, y los esfuerzos que había que hacer para transportar los alimentos, la madera y el agua, demasiado arduos para garantizar la mera subsistencia. Realmente es un milagro que este pueblo pudiese crear una cultura propia y vivir durante siete siglos en semejante entorno, que si ofrecía alguna ventaja era la de defensa contra el enemigo exterior y resguardo contra las fuerzas de la naturaleza. Junto al centro de visitantes hay un pequeño museo en el que se explican los avatares de los indios anasazi y se exponen numerosos restos de su cultura – útiles y armas, tejidos, cerámicas, etc.- y de los pueblos indígenas que han vivido en la zona en el curso de los siglos.

 

 

Tormenta en el desierto

 

Al salir del parque regresamos a  Cortez,  en  donde  cogimos  la  carretera 491 en dirección sur, para desviarnos algo más adelante hacia el suroeste. No tardamos en llegar a Four Corners, un punto en donde se encuentran en ángulo recto los límites de los cuatro estados de la región: Colorado, Utah, Nuevo México y Arizona. Estamos en territorio administrado por los indios navajo y justo en la intersección se levanta un monumento conmemorativo al que se accede previo pago. Es una región despoblada, casi desértica, azotada por el viento y agostada por el sol. Proseguimos la marcha durante unos 125 kilómetros por una carretera de rectas interminables que se pierden en el horizonte, con matas resecas de mezquite que cruzan el asfalto arrastradas por el viento que a esa hora se está levantando. En unos instantes el cielo oscureció y, durante unos minutos, descargó un fenomenal chaparrón. En medio de la inmensa soledad de aquellos espacios sin fin, la tormenta vino a transformar la visión que teníamos de aquella planicie desolada, salpicada por algún que otro curioso promontorio rocoso que nos indicaba la proximidad de Monument Valley y por pequeñas agrupaciones de remolques vivienda de los indios navajo. Cómo sería la cosa para que Manolo, nuestro avezado fotógrafo, que en ese momento iba al volante del coche, se empeñase en coger la cámara de vídeo para grabar el desértico paisaje bajo la impresionante tormenta a la vez que conducía. Con la cámara en una mano y el volante en la otra, le dejamos continuar un rato mientras avanzábamos por aquella recta interminable, embriagados todos nosotros por aquella sensación mágica que nos producía ver una tormenta en semejante entorno.

 

Ya anochecía cuando llegamos a Kayenta, un pequeño pueblo en la intersección de las dos carreteras entre las que se encuentra Monument Valley. Es curioso, pero cuando uno ve un punto en el plano y decide que va a ser su próximo destino por cualquier razón más o menos válida, cree en principio que aquel lugar tendrá de seguro algo interesante. Pues bien, Kayenta está lejos de todo centro habitado y en medio de una planicie semidesértica sin encanto alguno... salvo que caiga una tormenta con profusión de aparato eléctrico, lo que no es habitual pero nos acaeció a nosotros en aquel atardecer crepuscular. En el pueblo sólo había moteles de primera categoría (el Holiday Inn, el Western y algún otro más cuyo nombre no recuerdo), pero aun así todos estaban llenos. ¿Quién iba a imaginárselo en un lugar tan remoto y desolado? Claro que por el pueblo pasan casi todos los viajeros que se dirigen a Monument Valley y apenas hay lugares en las cercanías donde pasar la noche. No cabe otra explicación lógica. Finalmente, tras dar muchas vueltas por el pueblo bajo un cielo encapotado, encontramos alojamiento en un bed & brekfast que a primera vista parecía cerrado a cal y canto y que regentaba un matrimonio navajo. El hombre –que hizo oídos sordos a mi regateo- era un indio grandullón, serio, poco hablador, con cara de pocos amigos (como el gigantón indio de Alguien voló sobre el nido del cuco) y un tanto holgazán, pues, repantigado en un sofá, veía un partido de béisbol en un televisor de gran pantalla, mientras que su mujer se afanaba en hacer las labores del hogar.

 

Entrando en Monument Valley 

 

Al día siguiente, y después de un frugal desayuno (la pretendida hospitalidad de los indios navajo se nos vino abajo al comprobar la escasez de las vituallas), salimos para Monument Valley a unos 30 kilómetros de allí y a cerca de 2.000 metros de altitud. La mañana era fresca y lloviznaba cuando llegamos a la entrada, donde hubimos de pagar el correspondiente peaje –cinco dólares por persona- a la sonriente indígena que estaba al acecho en la caseta. Se puede recorrer la zona en coche o apuntarse a un tour organizado por los indios navajo, a quienes el Gobierno ha cedido la administración del lugar en reconocimiento del expolio que sufrieron hace más de un siglo.

 

Puestos de venta de bisuteria en Monument Valley

 

A diferencia de lo que sucede en los parques nacionales, en todos los puntos de la zona donde hay atracciones orográficas hay indios vendiendo muestras de su artesanía, sobre todo bisutería confeccionada con piedras locales (de hecho, a una anciana le compré un precioso collar de piedras azules y negras para Arabella). El llamado valle, que no es tal al menos hoy día, es un territorio árido, seco y caluroso (aunque con grandes oscilaciones entre el día y la noche y según las estaciones). Los indios consiguen aprovechar la escasa lluvia que cae, cuya agua canalizan hacia sus pequeñas parcelas de cultivo; como una de las propiedades de la arenisca es que retiene el agua en las capas más profundas, el maíz puede finalmente germinar. Una vez más, como por doquier en la meseta del Colorado, parece que el lugar estuvo habitado por los insondables anasazi.

 

Artesania

 

Posteriormente, arraigaron en el lugar los indios navajo, que apacentaban ovejas y cultivaban maíz. De los 300.000 individuos en que se estima actualmente su población, tan sólo unos centenares viven en la zona, sobre todo en Kayenta y en pequeñas comunidades de remolques vivienda por lo general.

 

Silueta de cowboy

 

En Monument Valley pueden verse cañones, mesas, montículos, pináculos y otros muchos tipos de formaciones rocosas. En gran medida, se ha convertido en un símbolo del Oeste americano y en una de sus principales atracciones por sus peculiares promontorios, y sobre todo por los recuerdos que evocan en quien vio en sus años juveniles docenas de películas del Lejano Oeste y se considera un cinéfilo empedernido. El recorrido por los caminos arcillosos del interior del valle es de unos 25 kilómetros, y a lo largo de él hay varios momentos en que pueden verse paisajes sencillamente excepcionales. Todas las formaciones son de un color rojizo intenso que está matizado por la incidencia de la luz solar. Entre esos lugares que jamás olvidaré, debo citar los siguientes: el John Ford’s Point (llamado así porque era la panorámica favorita del inmortal director de La diligencia, en parte rodada aquí en 1938), mirador desde el que se divisa un espectacular paisaje formado por una mesa, un montículo y varios pináculos de piedra arenisca, todos ellos en diferentes planos; el Artist View Point, o panorámica del artista, mirador en el que se ven dos mesas y un montículo, con varios pináculos adosados a ambos; los montículos del Elefante y el Camello, el Tótem, los enormes farallones rocosos que se levantan sobre el Goulding’s Lodge, la célebre formación Three Sisters –o tres hermanas- que está compuesta por un frágil pináculo enmarcado entre dos más gruesos como si fuera un tridente, etc., etc.

 

Three Sister

 

Vimos Monument Valley en todos sus estados: bajo la fría llovizna del amanecer, que posterior- mente dio paso a un sol resplandeciente con un cielo intensamente azul surcado por nubes algodonosas. Nunca olvidaré la emoción que me embargó al contemplar semejante lugar, que tan grabado se me ha quedado en la retina gracias a los numerosos filmes del salvaje Oeste que vi en la infancia y la adolescencia... y que, siempre que puedo, vuelvo a ver en la pequeña pantalla con renovado placer (parece que el género no está ni mucho menos agotado como lo demuestran el reciente filme El tren de las 3:10 y una nueva serie de TV de gran éxito en EE.UU). Como ya he dicho, el valle en realidad no es tal. En un muy lejano día era una llanura que fue sobrealzada por movimientos del suelo que agrietaron la tierra; luego, por la acción de las fuerzas de la naturaleza, las grietas se ensancharon y se erosionaron hasta quedar tan sólo las actuales formaciones rocosas, que sobresalen majestuosamente en medio de la inmensa planicie. Aparte de la singular y extraordinaria belleza de la zona, realzada por los tamizados colores rojos de la arenisca, por la intensa luz solar y el vívido azul del cielo, Monument Valley es un lugar mágico para mí, como ya he dicho, por los recuerdos cinematográficos que me trae a la memoria. Para colmo, pude ver el valle en silencio, extasiarme ante la soledad y prodigiosa belleza de tan magna naturaleza, y bajo los distintos colores de un amanecer que, en pocas horas, pasó de amenazarnos con negros nubarrones hasta lucir un sol resplandeciente.

 

Hubimos de regresar a Kayenta –el mismo desierto pero ya sin encanto alguno-, en donde retomamos la carretera 160 en dirección oeste, que nos llevó por territorio navajo y hopi hasta Tuba City. Las condiciones de vida de los indios americanos no tienen nada de envidiable; en la región, viven en parajes desolados, sin un árbol bajo el que guarecerse y expuestos a las inclemencias del clima, que aquí pue- den llegar  a cotas extremas. Entre Kayenta y Tuba City hay unos 140 kilómetros y apenas cruzamos dos minúsculos poblachos en todo el camino; el paisaje es duro, calcinado por el sol, terroso, pero de vivos colores, por eso lo llaman el Desierto Pintado. Cuando a mediodía nos detuvimos a comer algo en una hamburguesería de Tuba City, pudimos comprobar que a esa hora casi todos los clientes eran indios navajo, de cierta edad y físico por lo general poco agraciado, que pasan las horas del día rumiando su suerte, a falta de algo mejor que hacer. Los indios no son muy expansivos que se diga y se muestran reticentes ante cualquier pregunta que les haga un forastero. Al menos, las cuotas de igualdad en el empleo hacen que algunos encuentren un trabajo remunerado en la zona y vean amortiguado así su infortunio.

 

Unos kilómetros más allá, en Cameron, nos desviamos hacia el oeste por una carretera que nos llevaría hasta la entrada sur del Gran Cañón. Durante un buen rato, la carretera discurría próxima al cañón del río Paria, y aquí o allá los indios navajo –que explotan el territorio hasta las lindes del parque- anunciaban panorámicas excepcionales del mismo, previo pago de un óbolo, o tenían puestos en los que vendían su original bisutería confeccionada a base de piedras locales. Debo confesar que por más que intenté que me rebajarán el precio de un vistoso collar, no conseguí nada. Intentar regatear a un indio de edad madura es un esfuerzo condenado al fracaso. O los aceptas como son o no hay nada que hacer; no cabe lamentarse al respecto. Te miran fijamente con sus inescrutables ojos, en silencio, dejándote en suspenso. Quizá opere en su relación con el forastero blanco la larga lista de agravios que puede exhibir su pueblo. Pero lo cierto es que estamos ya en el siglo XXI, casi 150 años después de la conquista del Oeste e, ineludiblemente, toca adaptarse a los cambios de la Historia.

Todo conflicto bélico lleva consigo una notable alteración de las condiciones en las que se desenvuelve la actividad económica. Esta alteración se caracteriza por su brusquedad, en relación con las variaciones que las crisis periódicas de las economías producen en la actividad de este tipo, las que pese a la intensidad que alcance, llegan y se van, en forma mas o menos gradual. Si ésto es cierto para todas las guerras, lo es mas aún, para el caso de las guerras civiles. Pensemos en los casos de la Guerra de Secesión Americana o la Guerra Civil española (1936-1939). En estos conflictos, por una parte la moneda circulante, especialmente cuando está constituida por metales preciosos, tiende a ser acaparada desapareciendo de su curso ordinario, y por otra parte el aislamiento en el que se encuentran determinadas zonas determina que, en algún caso, no la pueden recibir de los centros emisores piezas suficientes con las que atender a las necesidades del comercio.

  

Esta disminución del circulante, viene agravada en muchos casos por una mayor necesidad de numerario en circunstancias de guerra, para: afrontar el pago de haberes a los soldados, garantizar los suministros y adquirir el material necesario para hacer frentes a los requerimientos militares. Estas necesidades han sido históricamente afrontadas mediante la emisiones de las llamadas monedas obsidionales o de necesidad, acuñadas generalmente bajo Autoridades locales cuyo ámbito de actuación se limitaba a una provincia o a un municipio, como es el caso de las emisiones municipales realizadas por muchos ayuntamientos de pequeñas poblaciones ubicadas en ambas zonas durante la Guerra Civil española, siempre realizadas en metales viles y en pequeñas denominaciones.

  

Este tipo de emisiones de moneda, en realidad, fiduciaria, era muy problemático en los tiempos anteriores al siglo XX, cuando 25 siglos de circulación de moneda emitida con cantidades razonables de oro y plata habían acostumbrado a la población a no aceptar la moneda como un medio de pago alejado substancialmente de su valor intrínseco. Por ello, históricamente, las monedas de necesidad emitidas en ese tiempo, tenían necesariamente una alta proporción de metal precioso, aunque éste hubiera de ser obtenido mediante requisa de objetos preciosos a los particulares. Un ejemplo muy generalizado de ello lo constituyen las monedas de necesidad emitidas por las tropas de Carlos I de Inglaterra y por las del Parlamento, enfrentadas en la Guerra Civil inglesa que tuvo lugar durante los años centrales del siglo XVII, que convivieron con las acuñaciones de moneda con denominaciones, peso y ley regulares emitidas en las cecas provinciales como: Exeter o Oxford.

  

Las emisiones de necesidad obedecen también a este doble requerimiento. Por una parte, se emitieron piezas de 8 Reales que pudiéramos llamar convencionales a nombre de Fernando VII en Cecas como: Reus, Valencia o Cádiz, con tipos mas o menos semejantes a los de las emisiones regulares de Sevilla y Madrid, cecas que venían operando al  menos desde Felipe III, siempre acuñando piezas denominadas en Reales de Plata, con el peso y ley acostumbrados (26,7 gramos y aproximadamente 900 milésimas), y por otra parte, en aquellos lugares en los que no era posible la disposición de las compleja maquinaria necesaria para la producción de este tipo de acuñaciones, se emitieron piezas labradas en base a punzones con los que se abren los cuños, cuidando mas el peso y la ley de las monedas que lo esmerado de sus diseños. Éste sería el caso de las cecas catalanas de Gerona, Lérida, Tarragona y quizá, Tortosa, así como de la de Palma de Mallorca.

  

Ejemplos de las monedas del primer tipo se encuentran en las FIGURAS 134.1 (con el 8 Reales de 1811GS de Valencia) y 134.2 (con el 8 Reales de 1813 de Cádiz), mientras que en las FIGURAS 134.3 (con el 5 Pesetas de Tarragona de 1809) y 134.4 (con el 30 Sous de Mallorca de 1808) tenemos dos ejemplos de monedas propiamente de necesidad. Por último, en la FIGURA 134.5 tenemos una medalla de Sevilla de 1823 de Fernando VII que, aunque no es propiamente moneda de necesidad, muestra signos de haber circulado (suponemos que ha instancia de los partidarios del absolutismo, dada las características de sus leyendas como REPUESTO EN LA INTEGRIDAD DE SU SOBERANÍA) suponemos que con suficiente aceptación, dadas sus características de buena ley y peso algo superior al de las monedas de 8 Reales (28 gramos frente a los usuales 26,7 gramos del reto de las piezas).

  

En cuanto  a las emisiones de Cádiz, éstas fueron autorizadas por la Junta Central Suprema Gubernativa del Reino que establecida en Sevilla, hizo trasladar a Cádiz parte de los útiles necesarios para la fabricación de moneda, ante la posibilidad de que Sevilla fuera ocupada por los franceses,. Éste fue el caso, por lo que de 1809 a 1814 se interrumpió la acuñación de moneda a nombre de Fernando VII en Sevilla, donde solo se batieron monedas de 8 Reales a nombre de José Bonaparte en 1812. En ese mismo año, Cádiz recibió un segundo lote de maquinas de acuñación procedentes de la Ceca de Madrid cuando esa ciudad hubo de ser nuevamente evacuada por el ejército español. Toda la infraestructura de acuñación empleada en Cádiz de 1810 a 1815 fue devuelta a las Casas de Moneda de Madrid y Sevilla en 1815.

  

En Cádiz actuó siempre como Ensayador principal Carlos Tiburcio cuya inicial (C) aparece siempre en primer lugar, a la derecha del escudo del reverso. Como segundo Ensayador actuó primero, desde 1810 a 1812, Idelfonso Urquiza, señalado por la letra I tras la C de Carlos Tiburcio; y después de 1812 a 1815, Joaquín Delgado, identificado por la letra J en ese mismo lugar. La rareza de las piezas de Cádiz es muy variable, dependiendo tanto de la fecha como de las siglas del segundo Ensayador. Las piezas de: 1813 y 1814, todas ellas con CJ son bastante corrientes, por lo que las valoramos al mismo precio que el de las piezas comunes de Fernando VII de Madrid o Sevilla del periodo 1814 y 1820. Las piezas de: 1811CI y 1812CJ,  las consideramos como Raras, con un valor doble del de las piezas comunes; las de: 1810CI y 1811CJ, como Muy Raras, con un valor cuádruple, la de; 1814 como Rarísima, con un valor de 8 veces; y la de 1812CI como Extremadamente Rara, con un valor de dieciséis veces el de las piezas comunes.

  

 La emisión de Tarragona de 1809 se realizó después de la expulsión de los franceses de esta ciudad, tras el desastre del Bruch, primera derrota de las tropas napoleónicas en España, 44 días antes de la batalla de Bailén. Esta presencia de las  tropas españolas en Tarragona se prolongó hasta la toma de la ciudad por lo franceses el 28 de junio de 1811. Las monedas de necesidad de Tarragona tienen el mismo peso y ley que los 8 Reales ordinarios, aunque su denominación es de 5 Pesetas, en la misma forma de la empleada en las piezas grandes de José Napoleón acuñadas en Barcelona, lo que expresa que el término “Peseta” (pequeño peso) se encontraba mas generalizada en Cataluña que la de Real, fuera éste de Plata o de Vellón. El diseño de estas piezas es casi idéntico al de las 5 Pesetas de Lérida, siendo una cuestión debatible cual de los dos se acuñó primero,  y por tanto inspiró el diseño de la otra. Otra denominación de estas piezas, también popular en Cataluña, era la de Duro, nombre asignado como denominación a la moneda grande de necesidad de Gerona que aparece en esa moneda junto con el anagrama del nombre de la ciudad (GNA).

  

El procedimiento de grabación de cuños en base a punzones facilitó la acuñación de cantidades significativas de estas monedas (Bofarul evalúa que se emitieron un 80.000 ejemplares), lo que unido a la libertad con la que continuaron circulando hasta, al menos, el final del reinado de Fernando VII, hace que estas monedas no sean raras. Nosotros la evaluamos con un precio semejante al del resto de las piezas comunes de 8 Reales de Fernando VII, acuñadas en Madrid o Sevilla. El método de fabricación de carácter artesanal de estas monedas, hace que el número de variantes sea muy alto. Francesc Padró en su artículo sobre esta moneda, publicado en el número 39 de las Gaceta Numismática editado en Barcelona correspondiente a diciembre re de 1975, distingue hasta 12 grandes variedades que cataloga cuidadosamente.

  

También recomendamos a los interesados específicamente en este tipo de monedas que examinen cuidadosamente la curva de incremento de precio de esta pieza en el mercado publicada en este articulo( a través de sus apariciones en subasta) desde 1965 a 1975, con: 800P en 1965, 2.260P en 1971, 4.070P en 1973 y 8.780P en 1975, que es ilustrativa del extraordinario incremento de precio que experimentaron estas piezas (que se multiplicaron por 10 en 10 años) en ese periodo, al que no fueron tampoco ajenas las otras  piezas de 8 Reales peninsulares no macuquinas. Cuestión polémica también fue, en su momento, si el escudo mostrado en esta moneda, era el de Cataluña o el de Aragón, puesto que hubo autores que llegaron a atribuir este Duro a Zaragoza. E. Goig en la obra citada en entradas anteriores, aclaró completamente esta cuestión, estableciendo que el emblema del escudo es sin lugar a dudas, el de Cataluña, en base tanto a su diseño como a la intencionalidad de la Orden que aprobó su emisión.

  

La emisión de monedas de módulo de 8 Reales en Mallorca (FIGURA 134.4) se realizó en 1808, denominándola en Sous (30 Sous) pieza de origen francés que era utilizada como moneda de cuenta en las Islas Baleares. Su diseño es similar al de la moneda anterior, si bien en su anverso, la denominación y el año se encuentran intercambiados, mientras que en su reverso, aparece el escudo del Reino de Mallorca, en lugar del de Cataluña. Su rareza es similar a la de las piezas comunes de 8 Reales de Fernando VII. Una emisión de este mismo tipo con la misma denominación, pero con fecha y denominación intercambiadas, fue realizada en 1821. También, en 1823 se emiten monedas de necesidad de este módulo en Palma de Mallorca con punzón circular en su centro, en el que primero se inscribe la expresión de Rey Constitucional y después del restablecimiento del absolutismo en ese mismo año, el de Rey de España, con referencia a Fernando VII.

  

Figura 134.1

  

La pieza mostrada en la FIGURA 134.1 es un 8 Reales acuñado a nombre de Fernando VII en Valencia con las siglas de Ensayador G, correspondientes a Gregorio Lázaro y Sixto Giber. Este último Ensayador ya había actuado como único Ensayador en la emisión de las piezas de Valencia marcadas con SG. CALICÓ evalúa esta pieza en 2008 en 1.000€ en lugar de los 600€ asignados a la variante con GS. CAYÓN acorta la distancia entre ambas variantes con 250.000P, en este caso en 1998, frente a las 170.000P de la variante con SG, valoración que en ambos casos aunque se trate de piezas en conservación VF, creemos exagerada en relación con la cotización actual de estas piezas. Para hacernos idea de la caída del valor de estas piezas, como la de la mayoría de las semejantes, diremos que la cotización de ellas en VICENTI 1968 era de 35.000P el SG y 25.000P el GS, mientras que PEIRO 2007 los evalúa en VF en 1.000€ e y 1.400€ respectivamente, siendo el IPC de unas 20 veces menor que  el actual.

  

Esta pieza tiene un gastaje bastante generalizado, aunque conserva restos de brillo, especialmente entre las letras de la leyenda. Igual que en la mayoría de estas piezas, este ejemplar tiene grandes vanos de acuñación en anverso y reverso. Consideramos que su grado es F. En F, el grado de la variante con SG sería de  cuatro veces el de las piezas comunes de Fernando VII, ésto es 600€. En este caso al tratarse de la variante GS consideramos que su valor sería doble, 1.200€. El precio de mercado sería prácticamente la mitad, como consecuencia de la debilidad de la acuñación, lo que empobrece notablemente su aspecto, 650€ en F.

  

Figura 134.2

  

 La pieza mostrada en la fotografía de la FIGURA 134.2 es un 8 Reales de Fernando VII acuñado en Cádiz en 1813 con los Ensayadores Carlos Tiburcio y Joaquín Delgado (CJ). Esta pieza se evalúa en CALICÓ 2008 en 250€. CAYÓN 1998 la evalúa en conservación que consideramos como el mismo VF del CALICÓ, en 40.000P. VICENTI hace pasar a esta pieza de un precio de 3.000P en 1968 al de 25.000P en 1978; como vemos, un incremento muy notable, similar al de la pieza de Tarragona que antes hemos comentado.

  

El presente ejemplar se encuentra en conservación VF+ ya que tiene las hojas de la corona de laurel casi completas mostrando mas de la mitad de sus nervios. También en el reverso puede apreciarse una parte importante de la melena de los leones del escudo. Al tratarse de una pieza corriente de Cádiz la graduaremos en la misma forma que la de los 8 Reales comunes de Fernando VII, con un valor y precio de mercado de 200€ en VF+ (185€ en VF y 250€ en XF).

 

Figura 134.3

 

La pieza de la FIGURA 134.3 es un 5 Pesetas acuñado en Tarragona en 1809 a nombre de Fernando VII. Esta moneda alcanza un valor equivalente en las ediciones de 2008 de CALICÓ (150€ en VF) y de CAYÓN 1898 (20.000P en lo que suponemos VF). Igual que la pieza anterior VICENTI refleja un cambio muy importante de su precio entre 1968 a 1978, pasando de 2.500P a 17.500P. PEIRO 2007 expresa la estabilización del valor de esta pieza en los últimos años, con 240€ en VF y 320€ en XF. La presente pieza presenta un gastaje muy generalizado, evidenciado principalmente en las flores de la corona y en la parte alta de la denominación. Por ello, su grado de conservación es F, con un valor y precio de mercado como el de las piezas comunes de este Rey: 150€ en F.

 

Figura 134.4

 

La pieza fotografiada en la FIGURA 134.4 es un 30 Sous acuñado en Palma de Mallorca en 1808 a nombre de Fernando VII. Nuevamente CALICÓ y CAYÓN  coinciden en asignar un valor semejante en VF a esta pieza en las últimas ediciones de sus catálogos: 200€ y 30.000P respectivamente. VICENTI fijaba un valor comparativamente alto a esta pieza en 1968: 5.000P, pasando a 25.000P en 1978; PEIRO 2007, por el contrario fija esta pieza un valor prácticamente mitad del de la pieza equivalente de Tarragona: 120€ en VF y 170€ en XF. La presente pieza se encuentra en XF, distinguiéndose los detalles del castillos y las palmeras del escudo de Mallorca, así como los florones de las corona sobre este escudo. Nosotros consideramos que esta pieza tiene una rareza equivalente a la de Tarragona, siendo el mismo que el de las piezas comunes de 8 Reales de Fernando VII, con un valor y precio de mercado de 250€ en XF.

 

Figura 134.5

 

Por último la FIGURA 134.5 muestra una medalla de Fernando VII acuñada en 1823 en la Casa de Moneda de Sevilla con ocasión del restablecimiento del poder absoluto de Rey tras la entrada en España de los llamados Cien Mil hijos de San Luis como consecuencia de la petición formulada por el Monarca a la Santa Alianza que agrupaba a las potencias absolutistas de Europa. La medalla se encuentra en excelente conservación aunque muestra algún desgaste en la patilla y la mecha central del cabello del Rey, así como en el nervio central de las flores de lis del escudo de los Borbones, en el reverso, lo que evidencia que llegó a circular como moneda.  Por tanto, su conservación será XF y su precio, lo asignaremos, convencionalmente, como de 150€.

 

134, THE PENINSULAR 8 REALES FOR FERDINAND VII’S NEED

 

All conflict carries with it a noticeable change of the conditions in which economic activity unfolds. This alteration is characterized by its bluntly, compared with the variations that the regular economic crisis caused in this type of activity, which despite the intensity they reach, they come and go, more or less gradually. If this is a fact for every war, it is even more in the case of the civil wars. We can consider the case of the American Civil War or of the Spanish Civil War (1936-1939). In these conflicts, on the one hand the circulating currency, especially when it is composed of precious metals, it tends to be hoarded, disappearing from its ordinary course, and on the other hand the isolation in which certain areas are that, in some cases, they cannot receive from the issuing centres enough coins that meet the needs of the trade.

This decline of the current asset is aggravated in many cases by a greater need for cash in circumstances of war, to: deal with the payment of wages to soldiers, ensuring supplies and acquiring the necessary equipment to face the military requirements. These needs have been historically faced thanks to the issue of the so-called obsidional coins or in need, usually minted under Local Authorities whose scope was limited to a province or a municipality, as it is the case of municipal issues carried out by many Councils in villages located in both areas during the Spanish Civil War, always made of base metals and low denominations.

This type of issues of coins, in fact, fiduciary, was especially problematic in the times previous to the 20th century, when 25 centuries of circulation of currency issued with reasonable amounts of gold and silver made the population get used not to accept as a means of payment currency substantially away from its intrinsic value. Therefore, historically, the coins in need issued in that time had necessarily a high proportion of precious metal, although it had to be obtained through requisition of individuals’ precious objects. A well-known example of this are coins in need issued by the troops of Charles I of England and by those of the Parliament, confronted in the English Civil War that took place during the middle of the 17th century, when they lived with the coinages of coin with the regular denominations, weight and fineness cast in the provincial mints as: Exeter or Oxford.

The issues in need were also attributable to this double requirement. On the one hand, coins of 8 reales were issued which we can call conventional on behalf of Ferdinand VII in mints of: Reus, Valencia and Cadiz, with types more or less similar to the regular issues of Seville and Madrid. These mints were operating at least since Philip III, they always minted coins called Reales of silver with the usual weight and fineness (26.7 grams and approximately 900 thousandths). On the other hand, in those places where it was not possible the arrangement of the complex equipment for the production of this type of coinages, they minted coins carved out on the basis of hallmarks with which the stamps are opened, caring more about the weight and the fineness of the coins than about the careful of their designs. This would be the case of the Catalan mints of Girona, Lleida, Tarragona and maybe Tortosa, as well as Palma de Mallorca.

They are examples of the first type coins in the Figure 134.1 (with the 8 reales of 1811GS of Valencia) and in Figure 134.2 (with the 8 reales of 1813 of Cádiz), while in Figure 134.3 (with the 5 pesetas of Tarragona of 1809) and in Figure 134.4 (with the 30 Sous of Mallorca of 1808) we actually have two examples of coins in need. Finally, in Figure 134.5 we have a medal of Seville of 1823 of Ferdinand VII which, although it is not strictly coins in need, shows signs of having circulated (we assume that at the instance of the supporters of the absolutism, given the characteristics of its legend like REPLACEMENT IN THE INTEGRITY OF ITS SOVEREIGNTY) we assume that with enough acceptance, given its characteristics of good fineness and weighing slightly more than those of the eight-real coins (28 grams versus the usual 26.7 grams of the rest of the coins).

As regards the issues of Cádiz, these were authorized by the Supreme Central and Governmental Junta of Spain and the Indies which established in Seville move to Cádiz part of the necessary tools for the manufacture of currency, given the possibility that Seville was occupied by the French. This was the reason why from 1809 to 1814 the coinage in the name of Ferdinand VII in Seville stopped, where only eight-real coins were struck in the name of Joseph Bonaparte in 1812. In that same year, Cadiz received a second lot of machines for coinage from the Mint of Madrid, when that city had to be evacuated one more time by the Spanish army. The entire infrastructure of coinage used in Cadiz from 1810 to 1815 was returned to the Mints of Madrid and Seville in 1815.

In Cádiz who always worked as main Assayer was Carlos Tiburcio whose initial (C) always appears in the first place, on the right of the coat of arms of the back. In first place, from 1810 to 1812, Idelfonso Urquiza, worked as the second Assayer, identify by the letter I and after him, Carlos Tiburcio, C; and then, from 1812 to 1815, Joaquín Delgado, identified by the letter J in the same place. The rarity of the coins of Cádiz is especially variable, depending on both, the date and abbreviations of the second assayer. The coins of 1813 and 1814, all of them with CJ are quite common, so we value them at the same price as the common coins of Ferdinand VII of Madrid or Seville of the period 1814 and 1820. The coins of 1811CI and 1812CJ, we consider them as rare, with a double value of common coins; those of 1810CI and 1811CJ as very rare, with a quadruple value; the one of 1814, as quite rare, with a value of eight times; and that of 1812CI as extremely rare, with a value of sixteen times that of common coins.

The issue of Tarragona of 1809 was carried out after the expulsion of the French from this city, after the disaster of the Bruch, first defeat of the Napoleonic troops in Spain, 44 days before the Battle of Bailén. The presence of the Spanish troops in Tarragona lasted until the capture of the city by the French on 28 June 1811. The coins in need of Tarragona have the same weight and fineness than the common eight-real coins, although its denomination is of 5 pesetas, in the same way used in the large coins of Joseph Napoleon minted in Barcelona, what means that the term "Peseta" (small peso) was more generalized in Catalonia than the Real, whenever they were in silver or billon. The design of these pieces is almost identical to the one of 5 pesetas of Lleida, being a debatable issue which of them was coined first and therefore inspired the design of the other. Another denomination of these coins, also popular in Catalonia, was Duro, name assigned as denomination of the coins in need of Girona that appears in that coin with the anagram of the name of the city (GNA).

The procedure for engraving of stamps based on hallmarks provided significant amounts of these coins coinage (Bofarul evaluates that 80,000 copies were issued), what together with the freedom with which continued to circulate until at least the end of the reign of Ferdinand VII, makes these coins not to be rare. We evaluate it with a similar price to that of the rest of the common coins of 8 reales of Ferdinand VII, minted in Madrid or Seville. The method of manufacture of artisanal nature of these coins makes the number of variants to be high. Francesc Padró in his article about this coin, published in the number 39 of the Gaceta Numismática published in Barcelona corresponding to December 1975, distinguishes up to 12 large varieties which he catalogues carefully.

We also recommend to those interested specifically in this type of coins to examine carefully the curve of increase in price of this coins in the market published in this article (through its appearances at auction) from 1965 to 1975, at 800 pesetas, in 1965, at 2,260 pesetas, in 1971, at 4,070 pesetas, in 1973 and at 8,780 pesetas in 1975. This is illustrative of the extraordinary increase in price that experienced these coins (that they multiplied by 10 in 10 years) in that period, when peninsular coins of 8 reales, nor cobs, were not absent. A controversial issue also was, at the time, if the coat of arms shown in this coin was of Catalonia or of Aragón, since there were authors who came to attribute this Duro to Zaragoza. E Goig, in the work cited in previous posts, clarified completely this issue, stating that the coat of arms  is without any doubt the one of Catalonia, given its design and the intention of the order which approved its issuance.

The issuing of coins of module of 8 reales of Mallorca (Figure 134.4) was cast in 1808, denominating it in Sous (30 Sous) coin of French origin which was used as currency account in the Balearic Islands. Its design is similar to the previous coin, although on its front, the denomination and the year are exchanged, while on its back appears the coat of arms of the Kingdom of Majorca, rather than the one of Catalonia. Its rarity is similar to the common coins of 8 reales of Ferdinand VII. An issue of the same type with the same denomination, but with the date and denomination exchanged, was made in 1821. Also, in 1823 this coins are issued with module of Palma de Mallorca, with circular hallmark in its centre, in which first there is the expression of constitutional King and then the restoration of absolutism in the same year, the King of Spain, with reference to Ferdinand VII.

The coin shown in Figure 134.1 is an 8 reales coined in the name of Ferdinand VII in Valencia with the acronym of the Assayer G, corresponding to Gregorio Lázaro and Sixto Giber. This last Assayer had already acted as sole Assayer in the issue of the Valencia coins marked with SG. Calicó evaluates this piece in 2008 at €1,000 rather than the €600 assigned to the variant with GS. Cayón shortens the distance between both variants with 250,000 pesetas in this case in 1998, compared with the 170,000 pesetas for the variant with SG, assessment that in both cases although being pieces in VF conservation, we believe exaggerated in relation to the current prices of these coins. To get an idea of the fall of the value of these coins, like that of most of the similar ones, we will say that the price of them in Vicenti 1968 was 35,000 pesetas for the SG and 25,000 pesetas for the GS, while Peiro 2007 evaluate them in VF at €1,000 and €1,400 respectively, being the CPI about 20 times lower than the current one.

This piece has a fairly widespread wear, although it retains remains of brightness, especially between the letters of the legend. In the same way of much of these coins, this copy has large openings of coinage in the front and back. We believe that its grade is F. In F, the grade of the variant with SG would be four times of the common coins of Ferdinand VII, this is €600. In this case, being the variant GS we believe that its value would be the double, €1,200. The market price would be almost the half, as a result of the weakness of the coinage, what impoverishes notably its appearance, €650 in F.

The coin shown in the photograph of Figure 134.2 is an 8 reales of Ferdinand VII coined in Cadiz in 1813 with the Assayers Carlos Tiburcio and Joaquín Delgado (CJ). This piece is evaluated in Calicó 2008 at €250. Cayón 1998 evaluates it in conservation that we consider the same as the VF of Calicó, at 40,000 pesetas. Vicenti pretends this piece pass from a price of 3,000 pesetas in 1968 to 25,000 pesetas in 1978; as we see, a very substantial increase, similar to the one of the coin of Tarragona as we mentioned before.

The present copy is in conservation VF+, it has almost complete the Crown of laurel leaves showing more than half of their nerves. An important part of the mane of the lions of the coat of arms can also be seen on the back. Considering that it is a current coin of Cádiz we give it the same grade as the common 8 reales of Ferdinand VII, with a value and market price of €200 in VF+ (€185 in VF and €250 in XF).

The coin of Figure 134.3 is a 5 pesetas coined in Tarragona in 1809 on behalf of Ferdinand VII. This coin reaches an equivalent value in the editions of 2008 of Calicó (€150 in VF) and Cayón 1898 (20,000 pesetas in, what we assume, VF). As in the previous coin, Vicenti reflects a major change in its price between 1968 and 1978, going from 2,500 pesetas to 17.500 pesetas. Peiro 2007 expresses the stabilisation of the value of this coin in recent years, with €240 in VF and €320 in XF. This coin presents a very widespread wear, mainly evidenced in the flowers of the Crown and in the upper part of the denomination. Therefore, its grade of conservation is F, with a value and market price as the common coins of this King: €150 in F.

The coin photographed in Figure 134.4 is a 30 Sous coined in Palma de Mallorca in 1808 o behalf of Ferdinand VII. Again Calicó and Cayón agree to give it a similar value in VF to this coin in the latest editions of their catalogues: €200 and 30,000 pesetas respectively. Vicenti set a comparatively high value for this coin in 1968: 5,000 pesetas, passing to 25,000 pesetas in 1978. On the other hand, Peiro 2007 sets to this coin almost half of the value of the equivalent coin of Tarragona: €120 in VF and €170in XF. The present coin is in XF, distinguishing the details of the castles and the palms of the coat of arms of Mallorca, as well as the rosettes of the Crown over this coat. We consider that this piece has an equivalent rarity to the Tarragona one, being the same as the common coins of 8 reales of Ferdinand VII, with a value and market price of €250 in XF.

Finally, the Figure 134.5 shows a Ferdinand VII medal struck in 1823 in the MInt of Seville on the occasion of the re-establishment of the absolute power of the King after the entry in Spain of the so-called one hundred thousand sons of Saint Louis as a result of the request made by the monarch to the Holy Alliance which grouped the absolutist powers of Europe. The medal is in excellent conservation, but it shows some wear in the sideburn and the central lock of the King, as well as in the central nerve of the flowers of lis of the coat of the Bourbons on the back, what proves that it came to circulate as currency. Therefore, its conservation is XF and its price, we assign, conventionally, at €150.

 

 

 

El domingo 1 de julio ya estoy despierto a las 5 de la mañana debido de nuevo, sin duda, al desfase horario. Tras tomar el desayuno al estilo americano –tortitas con jarabe de arce y abundante café aguado-, proseguimos nuestro viaje.

 

 

De camino a Moab

 

Al poco de salir de Glenwood Springs por la interestatal 70 (las carreteras así designadas suelen ser autopistas que atraviesan más de un estado) el paisaje empezó a cambiar; el verdor se amortiguó paulatinamente y la vegetación empezó a parecerse cada vez más a la del norte de Castilla. En Grand Jonction, ya cerca de la frontera con Utah, repostamos en una gasolinera; la sequedad de la atmósfera y el intenso calor de las regiones semidesérticas se hacían ya palpables. A partir de entonces, avanzamos por una carretera cuya línea recta se perdía en el horizonte y que discurría paralela a la vía del ferrocarril y al río Colorado, a estas alturas de color achocolatado, terroso, pero siempre con mucha corriente. Los convoyes ferroviarios con los que nos cruzamos eran larguísimos; tres locomotoras tiran por lo general de decenas de vagones de mercancías, formando convoyes de bastante más de un kilómetro de longitud. El paisaje se torna por momentos monótono, árido, con predominio del color blancuzco propio del yeso calcáreo, avanzándose por una inmensa y desolada planicie. Los pueblos son cada vez más pequeños y distan más entre sí. Al llegar a una localidad apenas visible desde el coche llamada Cisco optamos por tomar una carretera secundaria que se dirigía hacia el sur paralela al río. El Colorado, cuyo curso que habíamos seguido de forma intermitente casi desde su nacimiento en el parque de las Rocosas, volvió a aparecer en nuestro horizonte inmediato.

 

 

 

Nos encontramos en plena meseta del Colorado (la Colorado plateau), una vasta superficie de cerca de 180.000 kilómetros cuadrados (un tercio del total de la España penínsular) que se extiende por el oeste de Colorado, el sur de Utah, el noroeste de Nuevo México y el norte de Arizona, con una altura media de 1.500 a 2.200 metros, en la que la erosión causada por los ríos, el viento y la lluvia en la piedra arenisca ha dejado su impronta en los cañones, formaciones características de la región. Durante cerca de 70 kilómetros avanzamos por un territorio despoblado en el que las fuerzas de la naturaleza han dejado una indeleble impronta en el paisaje que se divisa formado por macizos de arenisca recortados de las más caprichosas maneras: mesas, montículos, pináculos, etc., formaciones rocosas que en adelante veríamos repetirse en los vastos secarrales de Utah y Arizona. Es uno de esos paisajes característicos del Oeste americano, el del territorio semidesértico con una orografía sumamente original. El impetuoso río Colorado serpentea entre aquel árido valle bordeado por elevaciones insólitas, de formas casi artísticas, y al este, allá a lo lejos, se divisan unas cumbres nevadas; ello no hizo sino que nuestras miradas se sumieran en un mágico estupor ante semejantes panorámicas. Pero aquello no era más  que  el  aperitivo  de  lo  que nos esperaba, pues ante nosotros teníamos al principal culpable de aquel   prodigioso   espectáculo:   el río  Colorado  fluyendo  impetuoso o  encalmado  por  momentos,  un río al que seguiríamos durante un buen  trecho  en  nuestra  incursión por tierras del otrora Lejano Oeste. Al salir del valle, el río se dirige hacia el oeste, dejando a un lado Moab,  pequeña  localidad  célebre por el turismo de aventura: rafting, excursiones en todoterreno y a caballo, barranquismo, etc. Gracias al agua del Colorado, el pueblo, enclavado en un extenso valle, tiene amplias zonas verdes y tierras de cultivo. La carretera, o calle principal, que atraviesa Moab de norte a sur está llena de moteles, agencias de turismo de aventura, supermercados, gasolineras, tiendas de minerales, pizzerías, hamburgueserías, etc. Hace un calor seco y en el motel en que nos alojamos, regentado por una joven pareja, nos dicen que es el final de la temporada alta, pues en invierno hace un frío intenso y en verano el calor es sofocante, llegándose con frecuencia a los 40 grados.

 

 

 

Grandes formaciones rocosas por todo el parque

 

Moab, a 1.300 metros de altitud y con una población cercana a los 8.000 habitantes, está cerca de nuestros dos próximos destinos –los parques nacionales de Arches y Canyonlands-, así que decidimos hacer de la localidad nuestro centro de operaciones. Además, no hay ningún otro núcleo habitado en decenas de millas a la redonda. Es como un oasis gracias a las aguas del río Colorado, que bordea la localidad por el norte. El Arches National Park está a pocos kilómetros del pueblo en dirección norte. Pasada la caseta de entrada, está el habitual centro de visitantes en el que puede conseguirse toda clase de información sobre el parque. Como es poco más de mediodía y el sol cae a plomo sobre la zona, nos quedamos a comer unos suculentos bocadillos mixtos acompañados de una ensalada en la única zona arbolada que se veía. Al poco tiempo, nos vemos invadidos por un tropel de turistas franceses de la tercera edad que viajan en autocar. En el curso del viaje, veríamos muchos europeos (sobre todo, nórdicos, alemanes, franceses, italianos y holandeses; apenas españoles, tan sólo alguna que otra pareja) recorriendo los parques nacionales del Oeste americano, debido sin duda a la baja cotización actual del dólar que, por una vez, hace que no resulte caro viajar por EE.UU., sobre todo si se evitan las grandes urbes. La verdad es que los moteles no son caros y se encuentran por doquier, la gasolina es entre un 40 y un 50 por ciento más barata que en Europa pese a haberse encarecido bastante últimamente y una comida normal no es mucho más cara que en un restaurante de medio pelo en casa. Estamos viajando con un presupuesto rayano en los cien dólares al día, lo que sería de todo punto impensable en el continente europeo. Por otro lado, la gente con la que nos encontramos es amable, los servicios son buenos y abundantes, la naturaleza tiene una singularidad y una belleza extraordinarias, y de momento el calor es soportable.

 

 

 

Balanced Arch

 

El Parque de Arches tiene más de dos mil arcos naturales abiertos en la roca, desde el más pequeño de apenas un metro hasta los 90 metros del Landscape Arch. Los arcos o ventanas son formaciones rocosas que tienen su explicación en múltiples factores: las temperaturas extremas (grandes diferencias entre el día y la noche, entre una estación y otra), las fuerzas de la naturaleza (el agua, el hielo, el viento), la frágil piedra arenisca, los movimientos de las capas de sal en el subsuelo, etc. El conjunto de esos factores ha producido una erosión única que da lugar a estructuras rocosas singulares; asimismo, debido a la presión de los estratos superiores y a la degradación de la arenisca, el interior de las paredes se vacía poco a poco haciendo que surjan los caprichosos arcos.

 

 

A la entrada del parque hay grandes formaciones rocosas que recuerdan estructuras arquitectónicas como los imponentes farallones de Park Avenue y las Torres de la Audiencia o el Órgano, que me traen a la memoria las singulares composiciones rocosas que hace unos años vi en el Parque Nacional de Ichigualasto, en las cercanías de La Rioja argentina. Más adelante, pueden verse unas dunas petrificadas de color calcáreo y algunas formaciones rocosas haciendo gala de un frágil equilibrio (una base grande y alta de color rojizo, un estrecho cuello blancuzco formado por la capa de sal y, a modo de remate, una roca redonda y de grandes proporciones). Hay, pues, farallones cortados abruptamente, rocas que hacen gala de un sutil equilibrio, pináculos, espirales, agujas y toda suerte de estructuras rocosas que recuerdan grandes edificios, órganos musicales, ballenas, tortugas u otros animales. La Ciudad Encantada de Cuenca, con sus extravagantes morfologías de piedra caliza, sería una muestra a escala muy reducida de cuanto puede verse aquí. Pero son sobre todo los arcos -en especial el solitario Delicate Arch, situado al borde de un cañón circular- los que atraen la atención del visitante del parque.

 

Landscape Arch

 

La vegetación es rala, escasa, salvo en algunas zonas resguardadas, y todo el espacio que se divisa tiene el tono rojizo propio de la piedra arenisca. Al fondo puede verse la cordillera de La Sal, llamada así porque los primeros europeos que avistaron estas tierras, los españoles, no podían creer que el blanco que cubría las  montañas  –que  llegan  a  alcanzar 4.000 metros de altura- fuera nieve dado el calor reinante en la zona.

 

 

Arco doble

 

El hombre blanco  llegó  a  la  región  a  principios del siglo XIX buscando minerales que pudieran proporcionarle      la ansiada riqueza,  pero  sólo  en  las  postrimerías de dicho siglo se asentó en el lugar el primer colono blanco, un tal John W. Powel, veterano inválido de la Guerra Civil que vivió junto con su hijo en una pequeña  cabaña  de  madera  cercana  a Delicate Arch y que se dedicó a criar y apacentar ganado.

 

 

Pero mucho antes vivieron  aquí  al  parecer  los  llamados pueblos ancestrales o anasazi, a los que nos referiremos más adelante al hablar de Mesa Verde National Park, si bien no  dejaron  vestigio  alguno. Después vinieron los indios ute, que sobrevivieron en   este   árido   paisaje   semidesértico cazando animales, recolectando plantas silvestres y tallando las piedras para hacer utensilios y armas. Como testimonio de su paso por el lugar dejaron algunos petroglifos en la roca. En total, la carretera se adentra en el parque unos 25 kilómetros siguiendo el eje norte-sur; además, hay unos seis kilómetros más en los dos caminos laterales que llevan al Jardín del Edén (en donde hay varios arcos de factura primorosa, si es que ello puede decirse de las obras esculpidas por la propia naturaleza) y al Delicate Arch..

 

 

El Parque de Arches se levanta sobre una cuenca de sal subterránea, la cual fue depositada en la meseta del Colorado hace millones de años cuando el mar cubría por completo la región, si bien en el transcurso del tiempo el agua se evaporó. La sal quedó cubierta por los residuos que arrastraba el agua y éstos se comprimieron hasta formar la piedra arenisca. Comoquiera que la sal es un elemento inestable, las capas de arenisca fueron sobrealzadas formando bóvedas y oquedades. Con posterioridad, al introducirse el agua y el hielo en las grietas abiertas en la roca, la piedra se fue fragmentando y adquiriendo la forma que le daba el viento. El resultado de esa labor de zapa efectuada por el agua y el viento en el curso del tiempo es que unas rocas se quebraron y otras sobrevivieron formando los arcos, que por presión de los lados laterales han perdido parte del núcleo central. Esa erosión propiciada por la climatología hace que  mientras unos arcos se destruyen otros se estén formando, creándose así un paisaje que cambia de forma paulatina. La sucesión de arcos que puede verse es vertiginosa: arcos dobles, arcos majestuosos, arcos robustos, arcos frágiles, arcos larguísimos que parecen estar a punto de quebrarse, arcos en forma de bóveda o de torre, etc. Pero hay uno que sobresale entre los demás, el Delicate Arch, un arco que se ha convertido en el símbolo de Utah (aparece en las placas de los automóviles de dicho estado) y que se erige en solitario,  con la silueta perfilada en medio de un vasto espacio al borde de un cañón circular. Es un arco original, como tallado por la mano de un escultor, un arco que aúna al máximo belleza y fragilidad, un arco con vocación de modelo, que parece estar posando y que se deja fotografiar por sus innumerables admiradores, que vienen, sobre todo al atardecer, a rendirle pleitesía, a presenciar cómo los últimos rayos de sol pasan por su oquedad, dando al rojo ocre de la arenisca un lustre especial, como si lo hiciera gravitar a orillas del abismo que se abre a sus pies. Ese primer día tan sólo pudimos verlo de lejos, en la distancia, con el cañón circular por medio, pero decenas y decenas de peregrinos o adoradores se acercan a él todos los atardeceres para gozar del prodigioso espectáculo. Contemplar en silencio, en comunión con la naturaleza, Delicate Arch a la luz del crepúsculo vespertino es un deleite inigualable para los sentidos. Uno de esos incomparables espectáculos que la naturaleza nos brinda de forma gratuita.

 

 

Mesa Arch

 

Vista desde Island in the Sky

 

Al  día  siguiente,  2  de  junio,  nos  dirigimos  temprano  a Canyonlands National Park, a unos 70  kilómetros al noroeste de Moab. En el camino, paralelo en ocasiones al curso del Colorado, no vimos ni un solo pueblo o aldea. En la zona central del parque confluyen las aguas de los ríos Green y Colorado, tomando luego el nombre de este último, si bien el río Green, que nace en Wyoming, es el doble de largo –casi 900 kilómetros- que el Colorado hasta ese punto. Es una meseta desolada, yerma, hendida profundamente por el curso de dichos ríos. Desde la parte superior, la gran mesa Island in the Sky (isla en el cielo, en español), se ven las grietas que han dejado en la meseta inferior los dos ríos, cuyas aguas discurren por el fondo del cañón; parece como si una zarpa gigantesca hubiera rasgado la tierra agitándose con violencia a derecha e izquierda y dejando en los bordes la blancuzca huella de la sal. Las corrientes fluviales han erosionado la meseta de piedra arenisca, creando toda suerte de formaciones rocosas. Desde la meseta en que nos encontramos –la parte que se ha sobrealzado debido a la presión estructural de los diferentes estratos de piedra-, puede verse el nivel inferior la meseta, unos 400 metros más abajo; ésta, a su vez, está resquebrajada por los ríos que han horadado los sinuosos cañones entre los que discurre impetuosamente la corriente fluvial 300 metros por debajo. En el punto inferior, pues el desnivel es de unos 700 metros respecto de la mesa.

 

 

Servicio de rangers

 

El parque tiene tres zonas bien diferenciadas: la mencionada mesa, Maze y Needles (laberinto y agujas, en español), de las que sólo visitamos la primera, Island in the Sky. La línea que marca la divisoria de las distintas zonas viene dada por la confluencia, en la parte central, de los ríos Green y Colorado. El parque fue creado en fecha relativamente reciente, a mediados de los años sesenta; hasta entonces, sólo indios ute, vaqueros, exploradores de ríos y buscadores de minerales se habían atrevido a hollar la zona, lo cual no tiene nada de extraño pues en ella apenas hay vegetación ni vida animal y el abundante caudal de los ríos discurre al fondo de los cañones, por unas profundidades casi insondables. Es un territorio inabarcable, desolado, salvaje, de una belleza singular, en el que apenas ha dejado su huella la mano del hombre. Es la naturaleza en estado prístino, agreste, dura a la vez que hermosa. A centenares de metros por debajo de la mesa central en que nos encontramos se ven enormes circos a los que se desciende  por estrechos caminos que serpentean por las abruptas cortadas y por los que sólo pueden circular conductores temerarios al volante de vehículos todoterreno.

 

 

Mirador desde Island in the Sky

 

No hay una sola sombra en el horizonte y hace mucho calor. Apenas hay nadie visitando el parque. Las vistas que se divisan desde la mesa son impresionantes; una naturaleza implacable, desolada pese a su belleza, un paisaje yermo que se pierde en un horizonte lejano. Los diferentes matices de rojo de la arenisca bajo el cenit solar lo impregnan todo. La plataforma inferior es una meseta de caliza calcárea llamada White Rim (en lo que a cañones se refiere, el rim o borde marca el límite de la meseta que ha sufrido la erosión; en este caso es blanco porque el estrato de sal ha aflorado a la superficie). Y al fondo del todo está el cauce de los ríos, impenetrable y prácticamente invisible, que discurre entre las estrechas paredes del cañón del Colorado. Al este, se divisan las níveas cumbres de la cordillera de la Sal. Hacia 1870, como ya he dicho, John W. Powell, un veterano de la Guerra Civil que descendía en barca por los ríos de la zona, decidió asentarse con su hijo en la región, en concreto en lo que hoy es el parque nacional de Arches, que reúne mejores condiciones para la subsistencia que Canyonlands, pese a no tener apenas agua. Es una región extraña, de una belleza y desolación únicas, de dimensiones gigantescas, en la que la vista se pierde en el horizonte brutalmente rasgado por las hendiduras blancuzcas de los cañones. En adelante, siempre asociaré la desolación a espacios inmensos como éste y el californiano Valle de la Muerte.

 

Ascendiendo desde la meseta

 

Saturados de las vistas panorámicas que podíamos divisar a ambos lados de la mesa en que nos encontrábamos, decidimos descender al nivel inferior, situado a unos 400 metros por debajo de nosotros. El sendero discurría en zigzag por una escarpada pared expuesta a la implacable radiación solar a esas horas centrales del día. Al llegar a la meseta inferior, se extendía ante nosotros una llanura desolada, quebrada por algún que otro montículo y calcinada por los rayos solares. No había protección alguna contra el astro rey y proseguir por aquel páramo achicharrado hubiera sido una auténtica temeridad, así que optamos por descansar un rato en la exigua sombra de una grieta abierta en la roca, beber agua en abundancia, ingerir algún alimento para reponer fuerzas y volver sobre nuestros pasos para remontar el arduo y empinado sendero. En apenas dos horas de marcha yo tenía los labios agrietados, la piel enrojecida pese a la crema protectora y no me saciaba de beber agua. Una vez arriba, emprendimos el camino de regreso y, en sucesivas paradas, pudimos ver otros parajes del parque con formaciones rocosas como la Ballena y la Cúpula sobrealzada, -que más parece un cráter a causa de la erosión experimentada-, el precioso Table Arch, imponentes paredes rocosas de color rojizo y ocre del circo inferior, prodigiosas hendiduras trazadas por el curso de los ríos, etc. Lo mejor del parque es, sin duda y no me cansaré de repetirlo, esa sensación de inmensidad y desolación en la que los elementos climatológicos (el agua, el viento, el sol, el hielo) han dejado una profunda huella en tres niveles distintos. Desde luego, no me agradaría nada perderme en un lugar como  Canyonlands.

 

 

En el camino de regreso a Moab nos detuvimos en el Parque Nacional de Arches para intentar ver de cerca el Delicate Arch al atardecer. El día anterior no pudimos aparcar el coche en el estacionamiento más próximo al arco porque estaba a rebosar, así que nos tuvimos que conformar con verlo de lejos. Para llegar hasta él hay que ascender por un sendero de 2,5 kilómetros de moderada dificultad que a veces se confunde con la roca viva, por el que continuamente se ve gen- te circulando. Pero al atardecer casi todo el mundo sube para contemplar la impresionante puesta de sol que se ve desde la plataforma donde se levanta el arco. Parece que fueran adoradores de un culto esotérico que quisieran captar ese instante de suma belleza en que los últimos rayos sola- res del crepúsculo entran por el vano que deja el frágil arco. Ya arriba, hay una especie de vasto anfiteatro desde el que puede verse el artístico arco que se erige en solitario para disfrute de todos los espectadores de la función diaria.

 

Subiendo a Delicate Arch

 

Parece frágil, como si estuviera a punto de quebrarse (¡ojalá no lo haga!), posando enorgullecido para que sus numerosos admiradores le fotografíen en el cenit de su esplendor, al borde del abismo que se abre a sus pies, como si quisiera desafiar todas las reglas de la naturaleza y decirnos: “Aquí me tenéis, a solas, y, como bien podéis comprobar, soy el más bello de los centenares de arcos que hay en el parque. Soy realmente único”. Mientras tanto, sus adoradores lo contemplan extasiados en medio de un silencio sepulcral sólo quebrado por algún que otro susurro de admiración y el clic de las cámaras analógicas. Desde luego, el esfuerzo que representan los cinco kilómetros del camino de ida y vuelta bien valen esos instantes de comunión con una naturaleza tan prodigiosa. Hay algo de mágico, de místico, en esa con- fluencia crepuscular entre el delicado arco y los rayos solares. Es como captar lo inasible, como el “dar a la caza alcance” de San Juan de la Cruz. Es un instante único que no dudo recordaré toda mi vida.

 

 

Delicate Arch

 

Para el día siguiente, 3 de junio, habíamos contratado un descenso en rafting por el río Colorado con una agencia de deportes de aventura de Moab. Salimos unas 15 personas en uno de esos añejos autobuses que antaño se dedicaban al transporte escolar y nos adentramos unos 30 kilómetros en el interior del cañón por el que habíamos transitado dos días atrás. Haríamos dos descensos por el río, de media docena de kilómetros cada uno aproximadamente, con parada para tomar una comida campestre en la orilla. El coste de toda la actividad, picnic incluido, ascendía a la bagatela de 43 dólares. Casi todos los participantes éramos europeos (un grupo de jóvenes belgas, una pareja de holandeses y nosotros cuatro) y nos repartimos en dos grandes botes neumáticos. El jefe de la expedición era un tipo cincuentón curtido en todo tipo de recorridos aventura por este territorio del salvaje Oeste; era de contextura fuerte y tenía la piel tan bronceada que difícilmente se podía distinguir cuál era su color original. Podía verse que disfrutaba de su trabajo y, dando muestras de una locuacidad e ingenio sin par, nos fue contando durante el camino todo lo concerniente a la historia del lugar, a las singulares características del paisaje y al turbulento río. Éste, de color achocolatado (¡qué diferencia de las aguas verdes del Rhin o de los ríos suizos!), discurría por momentos encalmado y otros se transformaba en impetuosos rápidos. Compartíamos el bote con una pareja de homosexuales holandeses y con el remero, un veinteañero de Sal Lake City de fornidos brazos e intelecto no excesivamente dotado, por decirlo de la mejor manera. En puridad, no se trataba de una actividad de rafting propiamente dicha, pues nosotros no remábamos, es decir, no participábamos activamente en el descenso. En esta época del año el río tiene un abundante caudal a causa del deshielo, pues había nevado mucho en invierno y, en consecuencia, hay menos corrientes en la superficie y menos rápidos.

 

Preparando una jornada fluvial

 

Al principio el bote discurría por aguas encalmadas, pero en ocasiones (poco más de media docena en total) se adentraba en un rápido, siendo levantado por el ímpetu de las aguas que, formando pequeñas olas, entraban soliviantadas en su interior. En esos momentos, bien aferrados todos a las cuerdas del bote y con las ropas húmedas por las salpicaduras del agua, la experiencia cobraba todo su significado. A mediodía, en medio de un calor relativamente soportable, nos detuvimos en una orilla para comer: mexicones (ensalada variada profusamente sazonada con queso rallado hasta formar un engrudo alimenticio envuel- to en tortillas de trigo en forma de cono de helado) y fruta abundante, todo ello regado con una limonada.

 

Descendiendo por el Colorado

 

El avezado guía era a la vez naturalista, historiador, cocinero, cuentacuentos y cuanto fuera menester con tal de mantenernos entretenidos; un auténtico animador social además de aventurero, y a fuer de ser sincero confieso que consiguió plenamente su objetivo.

 

Atrapados en un rápido

 

Si bien en ningún momento llegamos a sentir riesgo, al menos disfrutamos de la experiencia de avanzar por el caudaloso río por aquellos parajes entre cañones abiertos, con algunas mesas y montículos en segundo plano y, allá al fondo, las cumbres nevadas de la cordillera de la Sal. Por la tarde, tras embarcar una joven regordeta y simpática mormona junto con su hijo en sustitución de los dos holandeses, proseguimos el descenso sumiéndonos de cuando en cuando en las aguas turbulentas de un rápido para volver enseguida a aguas encalmadas, por lo que no puede decirse que el río Colorado nos mostrara su cara más temible.

 

"Mexicones" y otras viandas

 

De regreso a Moab, cogimos el coche y, por territorio de- solado, paralelo a las lindes de Canyonlands, nos dirigimos hacia el sur, pasando por Monticello y regresando al vértice inferior del estado de Colorado. Ya en él, el paisaje varía bastante: las vastas extensiones desoladas de arenisca dejan paso a bosques de coníferas y praderas en las que podían verse vacas paciendo. Próximos a nuestro destino, vimos desde la carretera cómo encerraban en los corrales un rebaño de centenares de vacas, arreadas sobre todo por jóvenes y atractivas vaqueras a caballo. A la entrada de Cortez, a unos 15 kilómetros del Parque Nacional de Mesa Verde, nos paramos ante un gran letrero con luces de neón que anunciaba un motel (el empleado era un indio de Bombay, que nos pidió por dos habitaciones dobles la bagatela de 100 dólares). Luego veríamos que el pueblo estaba literalmente sembrado de moteles, seguramente por su proximidad al Parque de Mesa Verde.

 

Restaurante al puro estilo country

 

Cenamos requetebién en un delicioso restaurante-cervecería especializado en carne -yo me tomé un T-bone steak al estilo de Kansas con abundante guarnición-, como correspondía a aquel territorio de vastas praderas. Por vez primera nos cargaron un 15 por ciento en concepto de gratuity o servicio (lo normal en EE.UU. es dar ostentosas propinas –alrededor  del 10%- en consonancia con el importe de la cuenta, pero dejando siempre la magnanimidad a discreción del cliente), algo que se repetiría con cierta frecuencia a partir de entonces. Junto a nuestra mesa había una pareja con dos niñas chinas adoptadas que no paraban de juguetear. Por otro lado, tenían todo tipo de cervezas de elaboración local: de trigo, con más o menos lúpulo, maltas, tostadas, etc., que suelen ser más ricas que las banales marcas habituales tan poco consistentes y que tanto dinero se gastan en mercadotecnia.

 

Lunes 07 de Abril de 2014 22:55

¡Fittipaldi!

por Juan Pedro Escanilla

En cualquier país serio, el incidente de Esperanza Aguirre con los policías municipales (o agentes de movilidad, según quien lo cuente) no habría merecido más que unas líneas en las páginas de sucesos del día siguiente.

En el nuestro, el debate político se enmascara y se esconde en este tipo de chorradas porque no es políticamente correcto que se reconozca a las claras que en el seno del PP de Madrid hay una lucha sorda por el poder entre sus dos damas principales: Ana Botella y Esperanza Aguirre.

Después de todo es un incidente banal: La Aguirre hizo algo que hacen a diario muchos madrileños: aparcar donde pueden cuando se les obliga a dar cien vueltas para gestiones que consumen apenas unos minutos cómo comprar el periódico, ir al cajero o dar un recado rápido en un portal o en una tienda.

No creo que los agentes tuvieran intenciones especialmente animosas contra ella. A lo sumo comprendo que, al comprobar la pieza que habían cazado, quisieran regodearse un poquito. Es humano.

A partir de ahí los acelerones, las embestidas y las persecuciones dignas de un guion cinematográfico son semilla para el cotilleo y las declaraciones solemnes y ahuecadas del tipo: La ley es igual para todos. Cómo si no fuera obvio. Cómo si importara.

Lo que importa es que el PP de Madrid, y por ende el nacional, tiene un buen dilema: Parece claro que Ana Botella no puede ganar la alcaldía y que sin la alcaldía no se puede ni soñar en ganar la Comunidad. ¿Puede hacerlo Esperanza Aguirre? Es más difícil de saber. Yo no pienso que este incidente le perjudique mucho ya que su gesto es bastante consistente con su imagen habitual de mujer echada p’alante, algo chulesca y sin pelos en la lengua. Hay una parte del electorado de derechas que es así. Y, por otra parte, muchos automovilistas que circulan por Madrid han tenido en alguna ocasión ganas de decirle a un guardia exactamente lo mismo que ella: oiga mire, si me tiene que poner una multa póngamela pero, por favor, no me sermonee, que deje la catequesis hace años.

Porque lo más surrealista de todo esto es que izquierdas y derechas hayan descubierto de repente que tenemos una policía municipal magnífica y que por Madrid se circula perfectamente y sin ningún problema gracias a ellos que, por supuesto, no están ahí para recaudar.

Supongo que si, finalmente Esperanza Aguirre es la candidata a la alcaldía, será la candidata Fittipaldi.

La verdad es que cuando me pidieron que hiciera una bavarois no me hizo mucha ilusión. En general no me hace mucha gracia la gelatina porque me parece que hace que las mousses parezcan más....sintéticas. Además se me ocurrió abrir el Larousse de los Postres y vi unas fotos de unas bavarois de castañas o algo así - vamos, que de un color de todo menos apetecible, en moldes en forma de anillo (como un gran donut), con churretones de nata y una guinda encima de cada churreton de nata-, en plan "estética años 80", la época de los melenoncios raros y los looks rockero-cutres o, según se mire, la época de dar rienda suelta al lado hortera de cada cual.

En este punto no andaba yo muy animada con la idea, pero como donde manda patrón no manda marinero, me puse a buscar una alternativa más a mi estilo.

En principio intenté buscar alguna tarta que incluyese un componente de bavarois porque el mes de abril es el maratón de los cumpleaños en mi familia, así que en mayo o nos ponemos todos a comer ensaladas y macedonia o a julio llegamos rodando justo a punto para la primera prueba del biquini.

Como había que dar por el gusto al patriarca, me decidí por una tarta de nueces,que le encantan y, al tratarse de su cumple tiré la casa por la ventana y saqué una de mis preciadas vainas de vainilla que guardo como oro en paño. Cómo me gustan los puntitos negros que dejan... La base es la que hago para la típica tarta de limón con merengue y entre la base y la bavarois de vainilla puse unas nueces y un caramelo con una pizca de sal - menos de lo normal para no matar el sabor de la vainilla.

El resultado final me ha medio convertido al mundo de las bavarois: todavía tengo pesadillas con las de estilo retro, pero tengo que reconocer que quedó con la consistencia perfecta y tenía el sabor a vainilla auténtica que le daban mis queridos granitos negros. Además incorporé la bavarois en una tarta con la base y las nueces crujientes porque me gusta que los postres tengan distintas texturas: NADA DE CHURRETONES DE NATA SOBRE UNA BAVAROIS!!.

Completé la producción con esta tarta de zanahoria, de la que ya había hablado en el blog y unos cupcakes de vainilla y trocitos de chocolate y buttercream de vainilla. Vamos que ayer estaba yo con la fábrica en plena producción, como los pasteleros de Formentor haciendo roscones el 5 de enero. De hecho la mayoría de la gente no entiende cómo le puede gustar a alguien "pegarse semejantes palizas". Pues porque a los aficionados a la repostería y a la cocina nos encanta cebar al personal y nos da un subidón cuando alguien prueba algo y te dice lo bueno que está o, mejor aún, te pide la receta!

 

 

 

Tarta de nueces, caramelo y bavarois de vainilla

Base

 

105gr harina

43gr azúcar glas

medio huevo

1/4 vaina de vainilla

63gr mantequilla

13gr almendras molidas

1/2 cucharadita de sal fina

 

1. Tamizar la harina y el azúcar en dos boles separados. (Yo me niego a hacer esto, me parece manchar por manchar)

2. Cortar mantequilla en trozos y amasar con una cuchara para ablandarla. Añadir el azúcar, las almendras, la vainilla, el huevo y la harina y remover todo bien.

3. Formar una bola y refrigerar durante al menos 2 horas.

4. Pasado ese tiempo, precalentar el horno a 190ºC, untar con mantequilla el molde (en mi caso por las cantidades uno de unos 15cm de diámetro).

5. Extender la masa y colocar en el molde.

6. Cubrir la masa con papel sulfurizado y legumbres y cocer así durante unos 18 minutos. Pasado ese tiempo, retirar el papel y las legumbres y cocer otros 10 minutos o hasta que la masa esté dorada.

7. Sacar del horno y dejar enfriar.

 

Bavarois de vainilla

 

133gr leche entera

una vaina de vainilla

2 yemas de huevo

33gr azúcar

2 hojas de gelatina

133gr nata (35% mat grasa)

 

1. Poner la leche y los granos de la vaina de vainilla en un cazo y calentar a fuego medio hasta que hierva. Mojar las hojas de gelatina en agua fría.

2. Batir las yemas de huevo con el azúcar.

3. Cuando la leche esté hirviendo echar poco a poco en la mezcla de las yemas, batiendo todo el rato para evitar que se cuaje. Pasar a un bol sobre un cazo con agua hirviendo y calentar, removiendo, hasta alcanzar los 84ºC. En este momento se añaden las hojas de gelatina, se remueve bien y se retira del fuego.

4. Batir la nata hasta que forme picos, incorporar a la mezcla cuando se haya enfriado hasta unos 30ºC, verter sobre el molde (un anillo o un molde circular) y refrigerar durante, al menos, 12 horas.

 

 

Caramelo

 

100gr azúcar

100gr nata

sal (al gusto)

70gr mantequilla en dados

 

1. Calentar el azúcar hasta obtener un caramelo oscuro.

2. Calentar la nata.

3. Verter la nata sobre el caramelo removiendo bien para que no se solidifique por el cambio de temperaturas.

4. Añadir la mantequilla fria con el batidor de varillas y la sal.

5. Dejar enfriar.

 

 

 

 

Montaje de la tarta

 

Colocar sobre la base unos 80gr de nueces tostadas anteriormente. Verter el caramelo hasta que quede a un nivel ligeramente inferior al de las paredes laterales de la base. Finalmente colocar el disco de bavarois encima y unas nueces encima para decorar.

 

 

 

 

 

 

 

 

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