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HOMENAJE A JUAN ALARCÓN, POR FÉLIX MURIEL

 

 

Cuando me dijo Paco Velazquez que hiciera una primera intervención, después de la suya, para romper el silencio liminal de todo inicio de acto, recordé que después de terminar Periodismo, y andando en búsqueda de posibles salidas ‘profesionales’ (a pesar de ser ya en aquellos momentos TAC, y trabajar a las órdenes de mi querido Jorge Souto en la esquina de Marqués de Valdeiglesias), un amigo, paisano y compañero de estudios de Filosofía y Letras, que con el tiempo ha llegado a ser un autor de renombre como novelista, Juan Madrid, que estaba a la sazón haciendo sus primeros pinitos periodísticos en el Grupo 16 como reportero free lance de sucesos, crónicas policiales y decesos, me propuso colaborar con él redactando obituarios. Nunca me gustaron las necrológicas; siempre me parecieron como un cheque en blanco para la hipérbole huera y forzada de las virtudes del finado en cuestión. En fin, un acto de cierto cinismo cultural y literario, salvándose las distancias a que hubiera lugar, que siempre habrá sin duda.

Pero en este caso, todo es diferente. Estamos aquí para celebrar un acto de homenaje a Juan Alarcón, con ocasión de su fallecimiento. Recalco que es una celebración porque celebrar es alabar o elogiar en público a alguien que lo merece, pero también es alegrarse, congratularse, complacerse. Festejar, en definitiva. En los rituales católicos de la muerte, el fallecimiento es un acto de alegría porque es el acto limial que nos pone en trance hacia la verdadera vida. No en valde, Cristo se presenta ante los hombres diciéndoles que Él es el camino, la verdad y la vida. También en los rituales paganos, se celebra la muerte con actos de alegría porque el finado por el acto de “dar” su espíritu pasa de ser algo corpóreo a convertirse en recuerdo, en memoria, de ahí que lo celebremos porque celebrar es también conmemoración, memorar con, recordar en común.

Por eso, los humanos somos los únicos animales que enterramos a nuestros muertos, que celebramos la muerte, que recordamos a nuestros muertos [bueno, no quiero aparecer como un poco au-dessus de la mêlée, porque he leído hace un tiempo que también los elefantes entierran a sus crías fallecidas, y algunos otros animales, muy pocos; aunque son solo conjeturas que no desacreditan lo que digo]. En ese sentido podemos decir que la muerte se constituye en uno de los rasgos fundantes de nuestro ser como tales humanos. Y lo celebramos a todos los niveles, personales, grupales o colectivos y en todos los sentidos, religiosos, laicos, institucionales… De ahí que sea un gesto de dignidad, de ‘humanidad’ que la Academia nos haya reunido hoy aquí para homenajear y honrar la memoria de uno de los académicos fundadores y miembro de las primeras directivas de la misma.

Nacimiento y muerte son así como los dos polos que limitan nuestra vida, el alfa y el omega de los clásicos, como cantaba Jorge Manrique en las “Coplas por la muerte de su padre”, “partimos cuando nascemos,/ andamos mientra vivimos,/ e llegamos al tiempo que feneçemos;/ assí que cuando morimos, descansamos”. Y lo decía Cervantes, en el último capítulo de su obra inmortal: “Como las cosas humanas no sean eternas, yendo siempre en declinación de sus principios hasta llegar a su último fin, especialmente las vidas de los hombres, y como la de don Quijote no tuviese privilegio del cielo para detener el curso de la suya, llegó su fin y acabamiento cuando él menos lo pensaba; porque, o ya fuese de la melancolía que le causaba el verse vencido, o ya por la disposición del cielo, que así lo ordenaba, se le arraigó una calentura que le tuvo seis días en la cama (…) [hasta que] dio su espíritu: quiero decir que se murió”. Es, pues, una irrefutable certeza que todos morimos. El abuelo Dionisio, el alaricano socarrón, solía repetir que “novos morren moitos, mais vellos non queda ningún” (“jóvenes mueren muchos, pero viejos no queda ninguno”). Porque, en definitiva, acudiendo de nuevo a Jorge Manrique: “nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar,/ qu'es el morir”. Y eso es inexorable.

Si eso es así, si los hombres somos mortales por naturaleza, deberíamos ser los primeros interesados en aprender a convivir con la ‘sombra’ de la muerte pegada a nosotros, deberíamos ser los más preparados para la transición final, incluso que fuéramos mejor preparados para la muerte que para la vida, como le escribía en sus famosas ‘Epístolas’ Lucio Anneo Séneca a su amigo Lucillo, con ocasión de la muerte del hijo de éste, intentando consolarlo: “Hagamos que sea alegre el recuerdo de nuestros difuntos. Nadie vuelve con agrado a aquello en lo que no puede sin sufrimiento; igual que es preciso que también suceda esto: el nombre de los seres que hemos perdido y amábamos vendrá acompañado de una punzada, pero esta punzada tiene también un lado placentero.(…) Así pues, mi querido Lucilo actúa como conviene a tu equidad, deja de interpretar mal el obsequio de la fortuna: te lo ha arrebatado, pero te lo dio”. Por eso el maestro estoico del “vivere secundum naturae” termina aconsejando a Lucillo que “disfrute[mos] ávidamente de los amigos, puesto que es incierto cuanto tiempo podremos hacerlo”.

En esa misma línea le recomendaba yo a Alejandra, en una de las conversaciones que en los últimos días hemos tenido, que leyera un librito tierno y reconfortante de una rabina francesa, Delphine Horvilleur, “Vivir con nuestros muertos”, que aconseja adoptar una actitud asertiva, positiva ante la muerte, procurando convertirla en una lección de vida.

¿Qué lección de vida nos deja nuestro amigo Juan? No voy a hacer un panegírico de los cargos y logros profesionales de Juan, que ya otros se han encargado de poner en valor, y que él mismo ha relatado con minuciosidad en su “A modo de Memorias”, publicado en fascículos periódicos en la página web de administracidigital.com (AEINAPE) durante los últimos años, y que el propio Paco acaba de sintetizar en la introducción a este acto. No. Voy a fijarme en su faceta personal, en sus valores humanos, en aquellos que van a ser más recordados por su familia y por sus amigos y de los que su partida nos ha dejado más huérfanos. Bien lo sabía Manuel Garrido, cuando tuvo que despedir a un amigo que falleció en el Rocío y compuso para Los Amigos de Gines, la ‘famosa sevillana del adiós’: “Algo se muere en el alma / cuando un amigo se va / y va dejando una huella / que no se puede borrar“. Desde luego, esa huella no son los logros materiales o profesionales sino las cualidades humanas que rellenaron la convivencia de Juan con su familia, con sus amigos, con sus compañeros…, y que tras su adiós ha dejado una oquedad que pretendemos llenar con el recuerdo, porque es en el recuerdo donde habitan realmente nuestros queridos difuntos.

Lo primero que resaltaba de Juan era su cercanía. Era una persona cercana, de ahí que se le conociera como Juanito, porque más allá de que sea una costumbre más o menos extendida en las regiones mediterráneas, el uso del diminutivo denota amabilidad y transmite cariño. Esa cercanía era la que se escondía detrás de su corpulenta campechanía y de su facilidad para las relaciones personales.

Juanito era afectivo, entrañable, familiar. Sintió mucho la muerte de su hermano Antonio, dos años menor que él, y cuando falleció este en agosto de 2017, dijo de él que “era una persona honesta, trabajadora, valiente, simpática, generosa, participativa socialmente (…), no tenía enemigos y sus amigos lo eran de forma entrañable”. En esa breve descripción estaban retratándose los valores que el propio Juan encarnaba.

Juanito era mediterráneo, y como verdadero sureño, estoico y epicúreo a partes iguales, o en la combinación particular en la que cada cual conforma su personalidad (que los porcentajes tampoco son tan determinantes). Como estoico procuraba vivir según la naturaleza, a caballo de la naturaleza, o mejor traqueteado en la carriolé, cantando a lo Luis Mariano, ‘qué bien se siente al estar sacudido y golpeado, en el carro qué bien nos va, arriba y abajo, a pesar de los baches’, en la que se hacían los viajes desde la pedanía de El Palmar (de apenas seis o siete quilómetros) a Murcia o en la burra que les compró su padre para ir a diario a los Maristas.

Con ese mismo estoicismo aceptaba su relación con los estudios, que siempre fue consciente que eran tensas y desiguales, pero que al final sabía sacar pecho a pesar de los magros resultados de algunas ocasiones. Así cuando aprobó el ingreso en el Alfonso X, reconoció “que no sabía cómo”, y cuando inició los estudios de derecho se llenó de buenos propósitos, reconociendo que era “consciente de la irregularidad de sus estudios” y al terminar un buen primer curso de universidad, reconoció que “el resultado fue espléndido y con esos resultados di[ó] por superados mis complejos de inferioridad en materia de educación”. Pero cuando su padre no aceptó los fervorosos propósitos para estudiar en Madrid, “perdí[ó] el interés por dedicarme[se] exclusivamente al estudio”.

Y decidió pasar al activismo. Había descubierto su verdadera naturaleza. Juan ha sido un hombre de acción, en el fondo y en la forma. En la forma porque era directo, tan directo que a veces no contaba ni tres para decir o actuar. Hay una anécdota que lo retrata bien: cuando era Director del PMM, subió una vez al famoso ascensor circular movido por poleas y de puertas abiertas que funcionaba con un letrero que decía: “No hay peligro de accidente”, pero que, debido al clima de conflictividad laboral que se vivía en aquellos momento en la empresa, alguien debió manipular borrando el ‘no’ inicial para dejarlo en “Hay peligro de accidente” poco antes de que Juan se subiera al elevador. Al ver el letrero, ni corto ni perezoso se lanzó fuera del mismo en plena marcha lesionándose un tobillo. O en aquella otra ocasión, después de aprobar la oposición de TAC, que tanto esfuerzo le había costado y de la que se sentía tan orgulloso, haciendo el Cuso de perfeccionamiento, entre clase y clase, se le ocurrió fabricar una pelota de papel y ponerse a jugar en el amplio pasillo del primer piso del claustro alcalaíno con unos compañeros que estuvo a punto de provocar un incidente de mayores y graves consecuencias. Así de directo era Juan.

Pero su activismo era ontológico. Por eso, cuando aprobó la oposición a la quinta intentona lo saludó como un “éxito colosal”, consciente de que había encontrado su camino. Resolvió el dilema que le inquietaba en el fondo: o tesis y docencia universitaria con el catedrático Rodrigo Fernández-Carvajal o gestión administrativa. Eligió la gestión pública, declinando los cantos de sirena de la docencia con los que le apremiaba el profesor al que contestó que: “se lo agradecía pero que dado que se me había abierto la puerta de la Administración, iba a seguir esta vía, donde creía que podía aportar más para la transición que se avecinaba, que encerrándome de nuevo en la preparación de la tesis. Ahí acabaron mis contactos con el maestro”.

Pero aun así y todo, me vais a permitir que os diga que a pesar de estar como pez en el agua en la gestión pública, la verdadera vocación de Juanito (no sé si me equivoco, Alejandra, tú me dirás, que tú sí que lo conocías a fondo), su verdadera vocación era la de activista social, activista cultural, lo que podríamos llamar hoy ‘emprendedor social’. Así hay que entender su dedicación a USTAC-USO, su actividad en la Asociación Profesional de los TAC, su actuación impulsando las actividades de AEINAPE, su magnífica actividad al frente de la ACPAMAN -en la que por cierto formaba un eficiente y arrollador tándem contigo- , la vinculación con esta Academia, o su última empresa sociocultural, ya retirado, de las Tertulias de la Asomada de El Palmar.

Pero dije antes que como mediterráneo era bastante epicúreo, era en el amplio sentido de la palabra un disfrutón de la vida. Le gustaba comer bien, y lo hacía en abundancia. No conozco Autobiografía o Memoria, y confieso que he leído algunas, en que el autor incluya dos capítulos para hablar de “Mis restaurantes preferidos”. Juanito lo hizo en sus Memorias. Y, como anécdota, haré mención de las comidas periódicas que un grupo de amigos, algunos aquí presente, los llamados “Pitufos”, venimos celebrando desde hace varias décadas, en las que el mesero ponía un impresionante postre mixto al que denominábamos ‘un Alarcón’, que no todos podíamos con él por lo que había la opción de tomar un ‘medio Alarcón’ (para el que también se precisaba tener buen saque para abordarlo).

Incansable conversador, no regateaba tiempo para estar con los amigos y compañeros. Esta potencial y vitalista persona es la que acabamos de perder. Nos consuela saber que como cantaba su admirado Joan Manuel Serrat, será más fácil que desde La Zenia, donde la parca ha ido a buscarlo será más fácil que se pueda “empuja[r]d al mar mi barca con un levante otoñal y deja[r]d que el temporal desguace sus alas blancas y a mí enterradme sin duelo entre la playa y el cielo”.

No sé, amigo Juanito, si entre las innumerables piezas de la colección de tu querido MAN habrá algún psicopompo en forma de Hermes o de Mercurio alado, o de Anubis con cabeza de chacal (seguro que en la vasta colección de arte egipcio habrá alguno escondido que tu conocieras de sobra), que te acompañe, que te guie en tu viaje terminal; o incluso es posible que tu querido y admirado Viejo Profesor, Enrique Tierno, desde la paz del más allá se preste a ser tu psicopompo para guiarte a tu morada final en el mundo sin límite del que habla el poeta chileno José Donoso e incluso -en un rasgo de generosidad celestial- te ceda el epitafio que él deseó como epítome de su propia vida, como le confesó al cuerdo Jesús Quintero, el Loco de la Colina, en una celebrada entrevista cuando era Alcalde de Madrid: “AQUÍ YACE UN HOMBRE QUE HIZO CUANTO PUDO POR SER HONRADO”.

Quiero terminar con la última palabra del Quijote: querido amigo Juanito, vale. Que te vaya bien.

(Discurso leído por Félix Muriel Rodríguez en la Academia Española de Administración Pública. Madrid 26 de febrero de 2026)

 

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